01. |
Vengo, maestro, porque me siento tan
poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que
no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué
puedo hacer para que me valoren más?
El maestro sin mirarlo, le, dijo:
Cuánto
lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio
problema. Quizás después... -y haciendo una pausa agregó- si quisieras
ayudarme tú a mi, yo podría resolver este problema con más rapidez y
después tal vez te pueda ayudar.
Encantado,
maestro -titubeó el joven, pero sintió que otra
vez era desvalorizado, y sus necesidades postergadas.
Bien,
asintió el anciano. Se quitó un anillo que llevaba en
el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó:
toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender
este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por
él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y
regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban
con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el
anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros
le daban la vuelta y sólo un viejito fue tan
amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era
muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.
En afán de
ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero
el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y
rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda
persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido
por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener
él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado él mismo
al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo
y ayuda. Entró en la habitación.
Maestro,
dijo, lo siento, no se puede
conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de
plata, pero no creo que pueda convencer a nadie respecto del verdadero
valor del anillo.
Qué importante lo que dijiste, joven
amigo, contestó sonriente el maestro. Debemos saber primero el verdadero
valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él
para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te
da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar. El joyero
examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le
dijo: Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender
ya, no puedo ofrecerle más de 50 monedas de oro por
el anillo.
¡50 monedas!
exclamó el joven. Sí,
replicó el joyero. Con más tiempo podríamos obtener por él
cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente.
El joven corrió
emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
Siéntate,
dijo el maestro después de
escucharlo. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y
como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por
la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y
diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño. Todos somos
como esta joya, valiosos y únicos, pero andamos por los mercados de la
vida arrojándonos al regazo de los demás y pretendiendo que
sean ellos, antes que nosotros mismos,
quienes nos valoren.
IMAGENES
01: El anillo del
Maestro. |