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Identificado
dentro de la iconografía cristiana con la imagen del cáliz, el Santo Grial es
la copa que contiene la sangre de Cristo. Idea doblemente reforzada si tenemos
en cuenta que se empleó
primero como cáliz en la
última cena, pero poco después también como recipiente en el que José de
Arimatea recogiera la sangre del Cristo crucificado.
Por otra parte, como matriz de la vida, el Grial
simboliza el receptáculo donde
tiene lugar la
transfiguración personal. La tradición relata su venida
a Europa, dando lugar en el medievo a ciclos literario sobre el rey Arturo y
la caballería andante, y ubicándolo en el legendario
Muntsalvach, asociada a veces con Avalon -transposición
mitológica del mismo
Glastonbury- y otras con la
fortaleza cátara de Montségur, en Languedoc, o bien
incluso
con Montserrat, en España.
La tradición
judeocristiana, como remanente del legado crístico, se inserta dentro de la
cultura esotérica de occidente, completando los componentes helenístico y
herméticos que la precedieron. En paralelo a la iglesia creada por el apóstol
Pedro, y definida poco después por Pablo, surge otra derivación, la del grial,
con tintes más legendarios e imprecisos. No se constituye como cuerpo de fe de
ninguna confesión religiosa, ni se legitima por su veracidad histórica
tampoco. Aunque degenera en mitología, su importancia estriba justamente en
eso, en la potencia del mito. Su simbolismo nos transporta a otros mundos, o a
otros planos de conciencia, despertando nuestros arquetipos colectivos más
profundos.
Lo Eterno,
una vez despertada la necesidad espiritual, se convierte en la meta de todo
Iniciado que se plantea su lugar en el mundo. El Grial simboliza esa
aspiración a la plenitud interior, a la autorrealización personal en la unión
con lo divino, y su Búsqueda, como biografía del alma misma, ilustra el
laberinto de ese tránsito. De esa escapada hacia delante que sobreviene al
héroe o iniciado y en la que se ve irremisiblemente envuelto. Este pensamiento
surge en un momento en que el ideal caballeresco se emancipa del ascetismo
clerical, pero no sin dejar de apropiarse de cierto tipo de misticismo
latente.
El héroe, lanzado hacia lo desconocido, rompe continuamente con su
pasado. Su aventura sin embargo no debe concebirse como una cadena casual de
fenómenos extraños, sino como algo vital y reconocible en su experiencia más
íntima. Como una prueba diferida en el tiempo, gradual y selectiva, a través
de la cual se perfecciona. Es un
camino de salvación
en definitiva que culmina con su transfiguración personal, pues el héroe está
conminado -una vez que ha
sido llamado y pese a sus errores-
a cumplirla.
Esta búsqueda
es el tema dominante de gran parte de los relatos medievales sobre la
caballería andante. Adopta sin embargo los elementos básicos de la mitología
universal, puesto que lo encontramos como símbolo recurrente en distintos
ámbitos culturales. Para los griegos por ejemplo, dentro de los misterios
órficos, existía una vasija en la que se cocinaba el alma del mundo, de tal
manera que cuando se bebía de ella, el alma se veía arrastrada hacia un nuevo
cuerpo. Entre los celtas, el
Caldero de la Abundancia
reportaba similares propiedades. En su infierno, el Annwn, existía un
recipiente en el que los difuntos sumergían la cabeza para recuperar la vida.
Como podrá observarse, la idea que subyace es la de paso, la de tránsito.
De
hecho, en los misterios de Eleusis, nuevamente en Grecia, era incorporado como
una fase del proceso de iniciación. El recipiente contenía la bebida sagrada
y, al tomarla, se entraba en trance, es decir, el neófito pasaba a otro mundo.
Desde un plano de existencia en que el alma se encontraba separada de su
esencia, hacia otra esfera superior -considerada
entonces edénica- en la que
encontraba su plenitud. Comportaba así la búsqueda del conocimiento y de la
verdad, pero también y especialmente en un contexto cristiano, la búsqueda del
Paraíso.
Al margen de
sus antecedentes, sus influencias son múltiples. En el simbolismo del grial
podemos encontrar fácilmente restos de otras tradiciones. Un marcado acento
que proviene de la mitología celta, ligado especialmente al ciclo artúrico,
salta a primera vista, pero también muestra elementos alquímicos y árabes o,
mejor dicho, sufíes entre otros. Identificado dentro de la iconografía
cristiana con la imagen del cáliz, el Santo Grial es la copa que contiene la
sangre de Cristo. Idea doblemente reforzada si tenemos en cuenta que sirvió
primero como cáliz de la última cena, pero poco después también como
recipiente en el que José de Arimatea recogiera la sangre del Cristo
crucificado.
La
Plasmación del Mito
Así lo
contempla el texto, redactado a finales del siglo XII, que refiere por primera
vez los hechos. En la inacabada obra de Chrétien de Troyes,
El Cuento del Grial,
aparecen los elementos propios de lo que hemos calificado ya como mitología
cristiana. En el episodio que describe el cortejo del grial, Perceval,
recibido en el castillo del Rey Pescador, es el primero de los caballeros que
contempla este singular y misterioso ritual.
Precedida por unos pajes que portaban una lanza y dos candelabros encendidos y
seguida por otra joven dama con una bandeja de plata, aparece una hermosa
doncella que sostenía el grial de oro entre sus manos. Con él se ilumina
completamente la estancia. En posteriores versiones, junto a la joven
doncella, aparecerá también la presencia de un enfermo y anciano Rey, como
fiel reflejo del estado desolador en que se encuentra su reino. La escena es
muy simple y breve, pero se convierte en el núcleo de toda la peregrinación
iluminística.
El
protagonismo que cobra aquí la mujer tiene mucho que ver con la preponderancia
que le otorga la mitología septentrional. En la cultura celta, sus apariciones
en el bosque, especialmente entre pozos y lagunas, evocan al caballero la
memoria de un paraíso perdido. A veces como seres elementales, ya se trate de
ninfas, hadas... o bien como divinidades femeninas, representan la voz de la
Tierra. El mito de la Caída y de la pérdida del paraíso se insinúa entre sus
susurros y presencias. Son el alma de la tierra y de alguna manera están
invocando al monarca la consagración del reino cuando legitima su comunión con
ellas.
En la
literatura caballeresca, el amor de la mujer estimula e inspira el valor del
héroe, impulsándole en su evolución personal. Como primera plasmación del amor
universal, el caballero se verá envuelto en una deriva sentimental. Entre la
seducción amorosa de la mujer, por un lado, y la gloria y la inspiración
divina por otro. Pero lo más interesante aquí es poner de manifiesto que la
feminidad representa el lado emocional y la vía del conocimiento directo e
intuitivo. La dama del cortejo que hemos referido estaría en esta línea
interpretativa.
Pese a todo, en un contexto cristiano como el que se
desarrolla en occidente, lo femenino sigue teniendo un papel inusual. Relegada
del misterio de la misa, en la Iglesia por ejemplo, la mujer no desempeña una
función significativa. Bien es cierto que en este caso puede tomarse como una
representación angelical o incluso asociarse con el culto mariano, cobrando
así cierto protagonismo, pero para ello tenemos que recurrir a fuentes más
bien heterodoxas. El auténtico misterio de la Virgen María no se encuentra
entonces en su virginidad propiamente dicha, sino en su gestación y en su
parto simbólicos. De alguna manera, debemos obrar con la misma pureza que
ella para que en nuestros corazones nazca el Cristo.
Es decir, tanto ella como
nosotros mismos tomando su ejemplo, e indisolublemente ligado al significado
último del Grial, somos el receptáculo creador y dador de vida. Como matriz de
la vida, invirtiendo los términos y arrastrando esa asociación femenina, el
Grial es el receptáculo donde tiene lugar el ciclo constante de la muerte y
del renacimiento, es el lugar de la transfiguración personal. Después de todo,
tampoco tenemos por que irnos tan lejos. Esa preeminencia femenina la
encontramos ya en los mismos Evangelios. No podemos dejar pasar por alto que,
tras su resurrección, los primeros discípulos a quienes se mostró Jesucristo
fueron precisamente femeninos.
Esto hace que
tales elementos, la influencia céltica por un lado y el cristianismo de cuño
esotérico por otro, estén presentes e influyan el pasaje que acabamos de
esbozar. La joven dama, en tanto que portadora del Grial, posee y muestra
generosamente los misterios. Dentro de nuestra estructura psicológica o
mental, o tomando un plano alegórico si se prefiere, la imagen resulta
perfectamente identificable. La dama, como también lo hará el Rey Pescador,
representa el conocimiento luciferino -de luz caída-
de nuestra conciencia.
Perceval, el
primero de los caballeros que asiste al misterio, permanece absorto
en la representación pero
manteniendo una actitud más bien abúlica. Quizás por timidez, quizás por
educación o por modales mal entendidos no pregunta a su anfitrión, el
Rey Pescador. Como si no mostrase interés por penetrar en el misterio, muestra
un acomodamiento a la situación que le pierde. Cuando la revelación
sobreviene exige la máxima transparencia en la respuesta, pues de lo contrario
nos abandona. No entiende de protocolos, ni de códigos sociales, en los que
probablemente se encuentra sumido...
Al faltarle
el ímpetu necesario para preguntar al Rey Pescador por el sentido del ritual,
deja pasar la oportunidad. Tanta prudencia, ante una situación como ésta,
supone más bien una tibieza de espíritu inexcusable. De haberlo hecho, la
escena, de mero drama ritualístico, se hubiera convertido en un pasaje
iluminístico. La toma de consciencia le hubiera resuelto la búsqueda al darle
sentido al momento. De realizar la pregunta que la curiosidad le estuvo
suscitando, el Rey hubiera sanado y, con él, su Reino.
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El Rey
Pescador es el guardián del Grial. Se le llama así porque su predecesor, Bron,
alimentó a sus seguidores con un solo pescado que sacó del Grial,
emulando el milagro de Cristo. El mismo Jesús llamaba a sus apóstoles
pescadores de hombres, y es costumbre representarlo como pez -en tanto que
avatar de la entonces nueva era de Piscis por otra parte, si nos atenemos al
cristianismo primitivo- o bien como pescador, si lo que pretendemos es
destacar, y jugar metafóricamente, con la extracción social y profesional de
parte de su discipulado.
La asociación
por lo tanto es evidente, pero llegado este momento es necesario matizar.
La figura del monarca está desdoblada, pues junto al Rey Pescador, que ejerce
de anfitrión de Perceval, hay otro, en este caso El Rey Herido, que aparece
junto a la doncella en el cortejo del grial. Indudablemente se trata del mismo
personaje, producto del proceso analítico que el mito quiere mostrar, siendo
sobre este último sobre el que recae la culpa de nuestra desolación. El
Rey, habiendo sufrido una herida incurable, se mantiene en estado de latencia
y la tierra que rodea su castillo, reforzando alegóricamente su sentido, queda
yerma... estéril.
Se pone de
manifiesto aquí la influencia céltica, una constante que liga la búsqueda del
grial con la soberanía del poder. Puede hablarse, sin duda, de una relación
causal entre el bienestar y la salud del rey y la fertilidad de su reino. Para
los celtas, un rey tullido es un rey incapacitado para gobernar. Su
impotencia, su lesión, sería la causa indisoluble de la esterilidad de la
tierra o de su reino. La herida adivina así nuevamente a la de Cristo, que le
fuera infligida por la lanza de Longinos, el soldado romano que le atravesara
el costado. Su sentido sin embargo difiere. La enfermedad del Rey viene dada
aquí de alguna manera por
algún tipo de quebranto, por la pérdida de fe o por el olvido de algún tipo de
alianza.
En
definitiva, uno y otro no hacen más que representar los dos aspectos de
nuestra naturaleza. El Rey Pescador al igual que la doncella del grial, en
tanto que detentadores de
los misterios, no son sino un doble de nuestra conciencia y sabiduría
interior, mientras que el Rey Tullido representa ese otro aspecto primitivo
producto del olvido de nuestra naturaleza divina.
Los elementos
ya están presentes en el cortejo, la lanza, la copa y poco después, en
versiones posteriores como la
Segunda Continuación
y la de Manessier (no olvidemos que la obra de Chrétien queda
inacabada), aparecerá también la espada rota portada por un varón. La lanza,
la espada... pese a todo, resultan extraños para la iconografía cristiana.
Aunque se les suele equiparar con la lanza de Longinos y con la espada que
decapitara a Juan El Bautista, la comparación resulta demasiado forzada.
Se interpretan mejor en relación con el contexto histórico en que se
desarrolla la narración, como parte del instrumental bélico del caballero. La
lanza representa entonces la intuición y la clarividencia, pues con ella,
lanzada de forma certera, se alcanza el centro de las cosas. La espada por su
parte supone el gesto, la fortaleza de voluntad y de poder, con la que se
rasga el velo de la ignorancia.
Pero, pese a todo, estos símbolos mantienen aquí un sentido muy
negativo, pues la lanza produce la tara del Rey, incapacitándolo, mientras que
la espada partida pone de manifiesto la pérdida de su soberanía. Solo se
regenerarán como símbolos místicos una vez que, asociados al Grial, éste obre
sus efectos. Robert de Borron será quién en este sentido realice la
transformación del mito. Si en este momento, el objetivo de la búsqueda estaba
centrado en devolver la salud al Rey Herido y recuperar la Tierra Desolada, De
Borron desvió la atención para situarla ahora en la figura de Cristo.
La
Cristianización de la Leyenda
Con Robert de
Borron se perfila definitivamente la historia. Deja de ser ese concepto
confuso e incierto, surgido de la amalgama ecléctica que domina el medievo,
para adquirir un significado puramente cristiano. Su obra
José de Arimatea,
aparecida hacia 1190, e inspirada según todos los indicios en
El Evangelio apócrifo de Nicodemo
y en las
Actas de Pilato,
salva el lapsus histórico de la leyenda enlazando el tema con las Escrituras.
Con ella se aporta el legado que recrea los antecedentes del mito y lo vincula
con la tradición cristiana.
Tras la
muerte de Jesús, José de Arimatea, uno de sus discípulos que podemos calificar
de secreto, pues no aparece referido en los Evangelios sino hasta este
momento, solicita el permiso de Pilatos para recuperar el cuerpo crucificado
de Jesús y darle sepultura. Momento éste en el que se le entrega el cáliz de
la Ultima Cena y del que se servirá para recoger la sangre que emana de sus
heridas.
Pero con la
desaparición del cuerpo, se le acusa de haberlo robado. Encerrado en prisión,
se le aparece entonces Cristo quien le confía el cáliz y le instruye en el
misterio de la eucaristía. Por lo demás, es gracias a éste sacramento que José
se mantendrá con vida durante su estancia en la misma. Una paloma entrará en
su celda y le depositará cada día una hostia en el cáliz.
Con motivo de
la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70, José es sacado de la
cárcel por los emperadores Tito y Vespasiano. Este último, convertido a la
nueva fe, le proporciona un barco con el que marchará al exilio acompañado por
miembros de la incipiente comunidad cristiana. Entre ellos figura su hermana
Enygeus y el marido de ésta, Bron.
Se constituye
de esta manera la Primera Mesa del Grial, en representación de la Mesa
de la Ultima Cena. A ella se sientan doce personas, si bien con una
peculiaridad. Hay un decimotercer asiento, el denominado
Sitio Peligroso,
que permanece siempre vacío. Es el lugar reservado, por una parte, para los
Iniciados, pues solo puede ser ocupado por José y, más tarde, por el hijo de
Bron, siguiendo cierta línea de sucesión dinástica....
Viene a representar
aquí el
lugar de Jesucristo, pero también puede tomarse como el asiento de Judas, con
efectos perversos en este caso, de ahí su ambigüedad. Aquellos que lo ocupan
sin estar a la altura de su dignidad perecen, acaban siendo engullidos por la
tierra. El Sitio Peligroso puede tomarse así como una bendición o como
una maldición, en definitiva como una prueba. Símbolo dual y ambivalente
por tanto, pues
nos permite descubrir al traidor o al valedor de la palabra de Dios.
Llegado este
momento, la leyenda se difumina... Según algunas versiones, José se embarca
para Gran Bretaña, fundando la primera iglesia cristiana en Glastonbury. En
una lectura paralela, sería Bron quien, llegando al continente, se
establecería en Avalon (el Más Allá de la mitología celta). Pese a todo,
Avalon tiende a identificarse, en una transposición mitológica, con el mismo
Glastonbury. En otros casos, se habla de Muntsalvach (asociada a la fortaleza
cátara de Montségur, en Languedoc, o con Montserrat, en España) e incluso de
Sarras, tomada ésta a veces como una corrupción lingüística de la primera o
bien, con entidad propia, como la ciudad celestial de oriente donde según
otras versiones se fundaría la Orden de los Caballeros del Grial.
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Entramos ya
en una nueva fase de la leyenda, la forjada alrededor de la Segunda Mesa
del Grial. Es el período al que pertenece el relato de Chrétien de Troyes
y que ya hemos referido al principio. Al custodio del Grial se le denomina el
Rey Pescador y a la región que rodea al castillo, la Tierra Desolada.
El
Entramado de la Búsqueda
El tercer
momento, en la evolución del mito, lo encontramos en los tiempos de la
caballería andante. La Tercera Mesa, también denominada Tabla Redonda,
es característica del ciclo artúrico. Fundada por Merlín, el mago consejero de la corte,
reúne en torno suya una Orden de caballeros.
La Muerte de Arturo de sir Thomas Malory,
editada hacia el 1485 por Willian Caxton, con la que se cierra el ciclo
artúrico y por ende del grial, sintetiza toda la literatura habida al
respecto hasta entonces. La leyenda sobre el grial viene recogida entre sus
libros XIII a XVII, sin embargo no aporta nada significativo. Dos obras de
interés le preceden: Parzival,
de Wolfram von Eschenbach, en 1207, que introduce elementos orientales,
especialmente incorpora al Preste Juan como último guardián del grial, y
Perlesvaus,
también conocido como El Alto
Libro del Grial,
que fuera publicado anónimamente hacia 1225.
Pero nos interesa especialmente
la recopilación conocida como La Búsqueda del Santo
Grial,
también anónima aunque supuestamente
terminada hacia 1210 por los monjes cistercienses. Perteneciente al denominado Ciclo de la Vulgata,
nos traduce alegóricamente la leyenda del grial, recreándola
ahora como un símbolo netamente
cristiano.
Todo comienza
un día de Pentecostés en Camelot, la corte del rey Arturo. Pentecostés es una
fecha muy socorrida, en las leyendas artúricas, para el emplazamiento de
sucesos fantásticos. Dentro de la tradición judeocristiana, conmemora la ley
mosaica o la venida del espíritu santo, celebrándose cincuenta días después de
la Pascua, con la que judíos y cristianos rememoran respectivamente la salida
de Egipto o la Resurrección de Cristo.
Suponía el
final de un ciclo y aquí, en una transposición alegórica, tiene un sentido
parecido. Se había conseguido la paz y la unidad de todos los reinos, pero con
el tiempo sus caballeros, nacidos para la acción e inspirados por los más
nobles sentimientos, empezaban a perderse en los ociosos hábitos de una vida
cortesana.
Es decir, los
grandes ideales por sí mismos no bastaban para transformar el mundo si no se
hacían acompañar de un cambio interior más profundo. Era necesario por tanto
la transformación del hombre mismo. De esta manera, se plantea un giro en las
consideraciones transformativas, tanto al nivel de lo individual como de lo
social: lo ideológico se ve sustituido por lo gnoseológico o iluminístico. No
olvidemos que la visión del Santo Grial se va a equiparar, en este relato, a
la gracia del Espíritu Santo. La fraternidad en ideales de la Tabla Redonda
cede paso así a la fraternidad de los Caballeros del Grial, entendida ésta
como vía mística y de conocimiento interior.
Unos se
pierden en el laberinto de la vida, otros tan solo se aproximan, pero en todo
caso todos están volcados sobre la nueva consigna de los tiempos, la Búsqueda
del Grial. Lanzarote, por ejemplo, está a punto de conseguirlo, pero es cegado
por su adulterio con Ginebra, la esposa de Arturo. En su amor cortés, se
idealiza a la mujer como medio para alcanzar la perfección espiritual, pero no
deja de ser un afecto distinto al de la caballería, propio de los trovadores,
juglares y poetas de la época.
El caballero de la Búsqueda se plantea de
alguna manera otro tipo de sabiduría al que, en el marco de una experiencia
espiritual, aflora un estado de gracia especial. Gauvain, por otra parte,
llega también hasta el Castillo, pero fracasa en este caso por su altivez y su
apego al mundo. Tan sólo tres de entre todos ellos consiguen encontrar el
Grial: Boores, en tanto que representación fiel del hombre humilde, Perceval,
el más ingenuo de todos, y Galahad, en tanto que ideal del caballero noble por
excelencia.
Perceval,
después de su primer fracaso y tras vagar durante años, encuentra de nuevo el
camino al Castillo del Rey Pescador, a quien consigue finalmente curar tras
plantearle la pregunta del ritual: ¿A
quién sirve el Cáliz?. La respuesta revelada, Al Rey mismo, pone de
manifiesto su sentido. El Rey, curado por el cáliz, replica sus efectos a la
Tierra Desolada haciéndola florecer. Galahad, Perceval y Boores continúan sin
embargo su viaje hasta la ciudad ideal de Sarras, coronando la Búsqueda.
Allí
participan en una misa en la que se les manifiesta Cristo, primero como
celebrante de la misma, luego como un niño resplandeciente y, por último, en
la Hostia, como un crucificado. El misterio y, por ende, la búsqueda ha
concluido. Galahad, el único al que se le permite contemplar el Grial, es
elevado en éxtasis místico. Perceval, por su parte, vuelve al Castillo del Rey
Pescador para ocupar su puesto como guardián del Grial, y Boores regresará a
Camelot con el relato de los hechos.
El
Grial en Nuestra Época
El Dios del
monoteísmo cristiano ya no pide el sacrificio del cordero místico, sino el de
la misma personalidad o, dicho de otro modo, la atenuación del ego en su
aspecto más disociativo. Hay por tanto una progresión en cuanto al sacrificio
ritualístico, de la que el
Grial es símbolo cumbre de la transfiguración. Inicialmente, Abel y Caín,
antes bien el primero, ofrecían en sacrificio lo mejor de su patrimonio o de
su medio de vida, en este caso, lo mejor de su cosecha
y ganadería. En esta línea interpretativa estaría
también el cordero de la pascua judía.
A Abraham,
sin embargo, se le pidió lo más valioso de su vida, incidiendo en aquellos
aspectos que podían desequilibrarle emocional o psicológicamente, afectando a
su propia felicidad, en definitiva a su hijo, su
primogénito, el continuador de su estirpe. A
Cristo se le pidió su vida misma.
Hoy por hoy al
hombre se le pide una muerte mística, la reconversión de su ego a fin
de que renazca en él un ser nuevo. Se tiende así hacia una progresión
introspectiva que incide especialmente sobre los apegos. Desde lo más material
y expúreo en principio, su patrimonio, pasando después sobre lo emocional y la
vida psíquica, los afectos, para acabar con lo egóico, en su aspecto más
disociativo como decíamos, que nuclea el comportamiento de nuestra
personalidad. El Grial ostenta ahora esa mutación sutil, que permite la
transformación de la muerte en resurrección mística. Como símbolo de la
pasión de Cristo, abarca todo el sacrificio humano que debe soportarse
-o superarse-
para alcanzar la perfección.
La búsqueda del
Grial es un viaje hacia la iluminación. Simboliza el anhelo de perfección
espiritual que nos transporta del estado de ignorancia natural hasta un estado
de gracia y de purificación. El héroe, en la búsqueda de su Creador, intenta
traer el Cielo a la Tierra, integrando las ideas cristianas de redención y
salvación a través de las alquímicas de renacimiento y transformación del
individuo.
Nada hay de
anacrónico o desfasado en ello. La Sociedad Actual, estructurada piramidalmente,
por una parte, propicia un sistema de poder en todas sus partes fuertemente
coactivo, competitivo y disociador que difícilmente puede favorecer
ideales unitivos tales como el amor o la fraternidad.
El Hombre Contemporáneo, por otro lado, sumido en su razón
histórica, presenta los mismos síntomas de desolación que tuviera en su momento
el caballero andante. Su pensamiento deriva hacia la fragmentación (hacia un
hombre cada vez más desarraigado de su entorno y de su creador, en una palabra,
de sí mismo) y hacia un vacío desolador.
El hombre, tras la muerte de dios, se
concibe libre de ataduras u obligaciones que pudieran coartar sus instintos más
primarios, pero irremediablemente le sobreviene la pregunta:
¿libre para qué? Se
abre entonces un vacío existencial que, como si de un abismo sin fondo se
tratase, le produce vértigo o, fisiológicamente hablando, verdaderos síntomas de
mareo y náuseas.
La expresión no es gratuita, pues tales conceptos están a la
base de las dos líneas de pensamiento negativo -si dejamos al margen
el vitalismo o el personalismo-
que dominan actualmente el panorama intelectual de nuestros días, el
pensamiento débil
y el existencialismo.
Resulta extraño que conceptos tan desalentadores como estos tengan tanta
atracción. Pudiéndose únicamente explicar dentro del marco de una cultura
enajenante, cada vez más frívola, que estimula cierto tipo de cinismo elegante y
esteticista.
Esta es la
situación del páramo, de la Tierra Desolada para mantener la expresión
equivalente, que tenemos que empezar a cambiar. Tampoco olvidemos que en ella,
de igual manera a como el detritus nutre la nueva semilla, se encuentran los
elementos para su transformación. Esta visión comporta una concepción de un
mundo inacabado. La Creación, como un proceso evolutivo y diferido en el tiempo,
y del que -lo más importante- le corresponde al hombre concluir. Después de
todo, como nos diría Schelling, el Hombre no es más que el estadio en la
evolución de la propia Naturaleza, en el que ésta toma consciencia de sí misma.
Es la
Conciencia manifestada a través del hombre la que puede cambiar el mundo y, por
ende, concluir la Creación. La tarea del héroe de nuestros días no difiere por
tanto de la de sus predecesores. La transformación del Grial surte los mismos
efectos. La enfermedad del espíritu manifiesta los mismos síntomas y su curación
presupone los mismos esfuerzos. No hay otra solución que no pase por la
recuperación de la fe perdida. Acostumbrándonos a confiar en nuestra voz
interior y obrando en su acuerdo, para que de esta manera se orienten nuestros
pasos.
IMÁGENES
1: La Dama que
precede en el Cortejo del Grial - 2: La Dama del Lago,
el alma de la
tierra, quienes de alguna
manera invocan al monarca la consagración del reino cuando legitima su comunión
con ellas - 3: Los Caballeros
de la Tabla Redonda - 4: Galahad es guiado
hacia el Grial, único al que se le
permite su contemplación - 5:
Representación de época del Rey Arturo - 6: Glastonbury, el Avalón de los
celtas, en el que presumiblemente se instaló inicialmente José de Arimatea con
el Grial - 7: Recreación de Camelot, la corte del Rey Arturo - 8: La fortaleza
cátara de Montsegur, otro de los lugares que presumiblemente acogió el Grial -
9: José de Arimatea tomando el Cuerpo del Cristo crucificado. |
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