Autodenominado
seguidor de las tradiciones de los indios yaqui, extiende una
espesa capa de misterio sobre su
vida. Nacido en la Navidad del año 1925 en Sao Paulo (Brasil) o en
Cajamarca (Perú), según las distintas
interpretaciones, en sus escasísimas apariciones en público,
impedía que nadie registrara su voz ni fotografiara su
imagen. Afirmaba que un chamán
nunca miraba su pasado, dado que
estos sistemas para congelar la imagen de una persona frenan la
evolución interior. Todo comienza con la preparación del
trabajo final de doctorado en
antropología por la Universidad de Los Ángeles.
Hizo lo que tantos estudiantes: escogió un tema, un lugar
y una etnia sobre la que realizar su investigación.
Un viaje que le llevará al
desierto de Arizona, en México. En una ciudad fronteriza,
en la misma parada de autobuses de la compañía Greyhound, comenzó el cambio que
le llevaría a transformarse como persona. Sin
buscarlo, se encontró con un anciano indio de la etnia
yaqui, supuestamente llamado Juan Matus, Don Juan, que decía provenir de Sonora,
México. Un chamán que le introduciría en el mundo de las
plantas enteógenas y en la sabiduría oculta que
sobrevivía desde hacía más de 2000 años.
Es
difícil escribir algo nuevo sobre el universal Carlos César Castaneda Arana, sin
que resulte una simple invención, una interpretación personal del articulista o
sin que sea una crítica o una mitificación, de las que oscurecen cualquier
realidad. Vamos a tratar, pues, de realizar un pequeño recorrido por su
biografía reciente hasta donde los hechos verificados lo permitan. A partir de
ahí, cada cual haga sus libres interpretaciones de lo que se le presente.
Algunos de los datos que siguen han sido tomados de las investigaciones que
Edith Stanley, Patrick Kerkstra y Scott Glover, investigadores del periódico
norteamericano Los Ángeles Times, han realizado sobre la reciente muerte
de Castaneda.
Su Vida
El universal autor conocido bajo el nombre de Carlos Castaneda, autodenominado
brujo seguidor de las tradiciones chamánicas de los indios yaqui,
norteamericanos, murió el 27 de abril de 1999 en Westwood, EEUU, según comunicó
su abogada Deborah Drooz, la cual se presenta como amiga del escritor y
ejecutora de su testamento. A pesar de la espesa neblina y misterio
-voluntariamente esparcidos- que envuelven la vida de Carlos Castaneda, se sabe
que emigró a los EEUU en el año 1951, y se dice que había nacido el día de
Navidad del año 1925 en Sao Paulo (Brasil) o en Cajamarca (Perú), dependiendo de
los relatos autobiográficos que se quieran creer. Es muy probable que se tratara
del hijo de alguna familia sudamericana que emigró a los EEUU a estudiar.
En este sentido algunas voces, a
mi juicio bastante autorizadas, afirman que su núcleo familiar tenía origen
catalán y que su apellido real era Castañeda, apelativo bastante difundido en
algunas comarcas catalanas que viene a significar bosque de castaños,
pero que al emigrar de Sudamérica a los EEUU, y ante la ausencia del sonido y la
grafía ñ en inglés, perdió su Castañeda familiar en favor de su
nuevo Castaneda.
Por su parte, nuestro autor era
un mentiroso y un tramposo sin límites y nunca arrepentido de ello, de ahí que
la comunidad científica jamás le haya prestado una seria atención, a pesar de
que en muchos momentos afirmó y reiteró que lo que relataba era cierto y que no
había fantasía en ello. No obstante, y a pesar de que se diera crédito a sus
narraciones, lo cierto es que los detalles de su biografía -tan rebuscados por
investigadores detractores como por mitómanos seguidores- son una suma de puras
hipótesis oscurecidas con toda meticulosidad.
Nada está claro, empezando por la
fecha de su fecha de nacimiento o por el lugar donde aconteció. Incluso hay
serias dudas sobre la veracidad oficial de su nombre. Uno podría pensar que se
trata justamente de la estrategia del brujo, que tantas veces él mismo había
repetido en sus libros, para escapar al anquilosamiento de un pasado que va
formando una costra encima de uno y cada vez le impide más vivir como un
guerrero. También se podría pensar que una persona como Castaneda se muestra
elusivo ante la prensa y ayuda a forjar su propio mito haciendo desaparecer sus
huellas del pasado hasta en los más mínimos detalles, pero que en algún nivel de
su intimidad apareciera un Carlos desenmascarado.
Pero resulta que no, que incluso alguien tan próximo a
nuestro autor como el psicólogo Richard Yensen me comentó, cuando estuvimos
juntos hace unas semanas, que Castaneda era un mentiroso permanente, que uno
nunca podía fiarse de lo que decía.
Gran parte de la mística
castanediana se basa en el hecho de que, ni tan sólo sus más íntimos amigos
están seguros de quien es, escribió su ex-esposa Margaret Runyan Castaneda,
en un memorial que se publicó en el año 1997 a pesar de que el propio Castaneda
trató de impedir que se editara. Así pues, nadie puede esperar que la academia
de científicos, preocupados por la verdad objetiva, mostrara la menor
disposición a creer o a verificar algo salido de la pluma de un supremo
mentiroso de los únicos aspectos comprobables de su propia vida.
Con independencia de quien fuera
ese hombre, de su nombre de pila y lugar y fecha de nacimiento, lo cierto es que
nuestro autor consiguió galvanizar y catalizar la atención mundial hace unos
treinta años. Ya es ampliamente sabido que como trabajo final para obtener el
título de doctor en antropología en la Universidad de Los Ángeles, Castaneda
hizo lo que tantos estudiantes de antropología al acabar la carrera: escogió un
tema, un lugar y una etnia sobre la que realizar la investigación necesaria para
la Academia, pero lo que salió fue el rememorado viaje al desierto de Arizona,
en México.
Su intención inicial -si hemos de
creernos su relato- se centraba en buscar y estudiar los efectos de determinadas
plantas medicinales de uso tradicional entre los pueblos que habitan este árido
y ancho rincón de mundo. Pero el destino nunca perdona: se paró en una ciudad
fronteriza con el desierto de Arizona y allí, en la misma parada de autobuses de
la compañía Greyhound, la más popular de los EEUU, comenzó el cambio que le
llevaría a transformarse como persona, a él y a una buena parte de la juventud
occidental.
Una vez situado y sin saber lo
que le deparaban los hados, en esta terminal de autobuses se encontró con un
anciano indio de la etnia yaqui, supuestamente llamado Juan Matus, Don Juan, que
decía provenir de Sonora, México. Si hemos de seguir creyendo la historia
narrada por Castaneda, este anciano resultó ser un chamán que consumía plantas
enteógenas, y las que usó para iniciar a su alumno y adentrarlo en un mundo
oculto que sobrevivía desde hacía más de 2 000 años.
Bajo la dura, firme y sabia
tutela del entrañable Don Juan, que duró a lo largo de bastantes años, nuestro
autor experimentó los efectos del peyote, de diversas semillas enteógenas y de
hongos probablemente psilocíbicos, conociendo vivencias y momentos de éxtasis
supremo pero también de dolorosos y oscuros infiernos de pánico. Todo ello en un
intento por conocer y vivir lo que denominó estados no ordinarios de realidad.
Vagando por el desierto junto a su guía y maestro psicológico y etnobotánico
(justo en las catalogaciones botánicas, lo único que se puede observar desde
fuera, es donde Castaneda falla más), el antropólogo declaró haber visto
insectos gigantescos, haber aprendido a volar con su nuevo pico, haberse
transformado en cuervo y que finalmente, había triunfado en el propósito de
alcanzar un nivel superior y más refinado de consciencia, en ser un hombre de
conocimiento como lo era Don Juan.
Su tesis, publicada el año 1968
por la Universidad de California, se convirtió pronto en un éxito literario
internacional. En ella tocaba la fibra adecuada y en el momento justo de la
cresta de la ola de la joven cultura norteamericana de los años 1960,
consumidora de substancias psicodélicas y románticamente enamorada de sus puros
y sabios indígenas. El estilo de la obra inicial de Castaneda, estilo que ya
nunca dejaría, era una curiosa y sugerente mezcla de alegorías universales,
antropología, parapsicología, alquimia y filosofía budista, y -probablemente-
una buena dosis de ficción. En mi opinión también hay una buena dosis de las
enseñanzas que a principios de siglo difundiera G Gurdjieff y su propio
discípulo aventajado Ouspenski. Así fue como su primer libro, Las enseñanzas
de Don Juan. Una vía yaki hacia el conocimiento, convirtió al anciano
personaje de Don Juan en un nombre más que reverenciado entre los jóvenes y a
Castaneda en un auténtico símbolo cultural.
En uno de los pocos artículos
escritos sobre él y en el que Castaneda cooperó, publicado por la revista
Time en 1973, se decía que: para las decenas de miles de lectores (de
Castaneda), jóvenes y ancianos, el primer encuentro de Castaneda con Juan Matus...
es un hecho literario mejor conocido que el encuentro entre Dante y Beatriz a
las orillas del Arno... Efectivamente, así es. Después de tal impresionante
debut literario, nuestro autor continuó produciendo éxitos de ventas tales como
Una realidad aparte, Viaje a Itxlan y Relatos de poder.
A raíz de ello, y dado el
carácter entre pueril e impetuoso que caracteriza a nuestros vecinos del otro
lado del Atlántico, una multitud jóvenes y de no tan jóvenes se precipitó hacia
México esperando convertirse en nuevos alumnos echados a los sabios pies de Don
Juan, los periodistas se pusieron a investigar la vida de este brujo y de su ya
afamado discípulo... pero el anciano indio yaki no aparecía por ningún lado -al
revés de lo que había sucedido con la chamana María Sabina. Ello dio origen a
especulaciones sobre la realidad de lo narrado en los libros de Castaneda, no
faltando quien lo acusara de ser el autor de un ingenioso y bien elaborado
camelo que no respondía a la realidad étnica y tradicional que se anunciaba.
La crítica escéptica tuvo un buen
representante en Joyce Carol Oates, reputado autor, quien dio la vuelta a los
argumentos de veracidad, preguntándose en 1972: ¿Hay
alguna posibilidad de que estos libros no sean de ficción? Todo el mundo los
acepta como estudios antropológicos pero a mi me parecen unas remarcables obras
artísticas, al estilo de Hesse cuando escribía sobre la iniciación del joven en
otro tipo de realidad. Están bellamente construidos, el diálogo es impecable, el
personaje de Don Juan es inolvidable y todo disfruta de un gran ritmo
novelístico. No puede ser realidad.
Por su parte, el prestigioso
antropólogo C Geertz, dijo también que: por ahora sus libros carecen de
presencia alguna en el campo de la antropología, en el sentido de que, a
pesar de la gran popularidad obtenida, ningún profesor universitario y serio de
antropología recomendaría esos textos a sus estudiantes. No obstante, ni la
tendencia de Castaneda por mentir ni la más que cuestionable existencia real de
Don Juan han hecho disminuir en ningún momento el entusiasmo de sus admiradores.
En este sentido, Joshua Gilder, redactor de la Saturday Review, afirmó
que no es necesario creer y tener fe para sentirse arrastrado por la narrativa
de Castaneda, se trata de la reelaboración de mitos universales: obran un efecto
extraño y maravilloso que está más allá del reino de las creencias. Es algo que
solo un genio puede producir.
A pesar de tanta crítica -o justo
debido a ella- en los últimos días de su vida, Castaneda insistió firmemente en
que los hechos por él narrados en sus libros no tan solo eran reales sino que
estaban meticulosamente documentados. También lo repitió ante las 400 personas
que asistieron a un seminario impartido por él mismo en Anaheim, en el año 1995:
ahí afirmó y reiteró que él no había inventado nada, que no estaba loco.
A mi juicio, y después de los
años que he dedicado a la investigación de los enteógenos, a sus efectos y a la
importancia que tienen en toda cultura humana, creo no equivocarme al afirmar
que en estos campos del quehacer humano es muy, muy arriesgado decir que algo es
real o que no lo es. Los efectos que producen las substancias psicoactivas
tienen muchos matices de gris. En este sentido, hace años tuve la sensación -y
con el tiempo se ha ido afirmando en mi interior- de que la gran trampa de
Castaneda, su gran mentira, no es lo que narra sino cómo lo relata: cuando se
autoexperimenta con plantas enteógenas, uno ve mundos no ordinarios, pero
también es cierto que no conozco a nadie en su sano juicio que afirme que tales
mundos están realmente fuera del propio sujeto.
Son mundos interiores a pesar de
que, muy a menudo, tengan algún tipo de reverberación o empatía con el entorno.
Es así como, para referirse a estas dimensiones de nuestro universo psíquico, es
necesario e imprescindible usar metáforas lingüísticas. No en vano todas,
absolutamente todas, las religiones anuncian sus verdades y descubrimientos en
forma metafórica: el Tao de los budistas es innominable, lo mismo que el Uno de
los cristianos, y para referirse a estas existencias trascendentes no queda más
remedio que usar imágenes metafóricas.
Creo que Castaneda hacía trampa
cuando ponía las metáforas en boca del inefable Don Juan pero no anunciaba que
la forma de explicar sus experiencias era también una metáfora. A menudo, en mis
experiencias con ayahuasca, san pedro u otros enteógenos uso esas mismas formas
expresivas (he volado por, he visto,
he sentido la inmensidad, he muerto,
mi cuerpo se transforma...) y si no anunciara que se trata del efecto de un
enteógenos sobre mi propia mente, es probable que unos me tomaran por un demente
y otros por un profeta, como a Castaneda.
Su Muerte
A pesar de todo lo anterior, nuestro autor merece que se le aplique con todos
los honores la máxima castellana de genio y figura... ya que su
misteriosa vida de brujo se refleja también en su muerte.
La causa declarada de su silenciosa y anónima muerte fue un cáncer de hígado.
Como mínimo externamente, murió en consecuencia a su vida de las últimas décadas
y al contenido de sus enseñanzas: apartado del mundanal ruido, sin publicidad ni
cámaras, en el más escrupuloso, libre y perfecto anonimato.
De él no se tienen fotografías de
menos de cuarenta años de antigüedad ni grabaciones de ningún tipo, ya que
cuidaba muy mucho de que, en sus escasísimas apariciones en público, nadie
registrara su voz ni fotografiara su imagen: de aquí la sorprendente foto que
apareció en los periódicos de finales de junio para anunciar su muerte, retrato
tomado el año 1951 en el que se ve un hombre de cara redonda, peinado de
posguerra y todo ello de una calidad técnica ínfima. Un brujo, afirmaba
Castaneda, nunca mira su pasado y estos sistemas para congelar la imagen de una
persona frenan la evolución interior del guerrero.
Tampoco -según parece- se realizó
funeral alguno. Su cuerpo fue incinerado en los EEUU y luego se esparcieron sus
cenizas en México, de acuerdo a lo que figura en los registros de la morgue de
la ciudad norteamericana de Culver. No obstante, tampoco estos datos tienen nada
de fiable ya que ni tan solo su certificado oficial de defunción está libre de
ambigüedades y falta de información. En él, y según el periódico Los Ángeles
Times, se dice que su ocupación laboral era la de profesor en la escuela del
distrito de Berverly Hills (Beverly Hills School District), pero ninguna
escuela de este distrito tiene registrado ni archivo alguno de que Castaneda
enseñara ahí.
También se ha dicho que nuestro
autor carecía de familia, pero en el certificado de defunción aparece el nombre
de una sobrina, Talia Bey, que resulta que es la presidente de la compañía
Cleargreen Inc., la empresa que organizaba los seminarios de Castaneda sobre
tensegridad, una moderna y algo deshilachada versión de las supuestas
prácticas chamánicas para obtener energía, de las que una parte proviene
claramente del yoga, otra de las artes marciales y aun otra parte de ejercicios
ergonómicos. A pesar de ello, no ha sido posible localizar a T Bey para que
añadiera más información sobre el tema.
En este mismo sentido, es
sorprendente que en el documento oficial de defunción, según Los Angeles
Times, Castaneda aparece consignado como Nev Married (Nunca
estuvo Casado), cuando, en cambio, se sabe de su
matrimonio con Margaret Runyan Castaneda, procedente de Charleston (W
Va), que duró entre los años 1960 y 1973, y del que nació un hijo no
reconocido por Castaneda, ni bajo juramento ante un tribunal. Este supuesto hijo
tiene ahora 36 años y vive en Atlanta. No para de reclamar ser el descendiente
del afamado autor y para ello afirma tener un certificado de nacimiento en que
el figura Carlos Castaneda como padre. No obstante, nada de ello está realmente
aclarado a pesar de las investigaciones realizadas por E. Stanley, P. Kerkstra y
S. Glover. La nube se cierra a su alrededor.
Cuando, hace unas semanas se
pidió información sobre la muerte de Castaneda a su presunta ex esposa, M Runyan,
de 76 años, ésta respondió que nadie le había informado, que no sabía nada, pero
que él ya estaba preocupado por su muerte desde años atrás, afirmaba que iba a
ser la mejor experiencia de su vida. En 1995, mientras impartía el seminario en
Anaheim, nuestro autor declaró en público que: todos nos estamos enfrentando
al infinito, tanto si nos gusta como si no ¿Por qué no lo hacemos mientras
estamos débiles, cuando estamos con la salud quebrada o cuando estamos
moribundos? ¿Por qué no cuando nos sentimos fuertes? ¿Por qué no ahora mismo?
En cambio, contrastando con estas
explícitas declaraciones de hace tres años, está su
postura de cuando lo entrevistaron para la revista Time en el año 1973.
Entonces se mostró mucho más sucinto al tratar el tema
del final de la vida, desviando la atención del
periodista hacia un graffiti que había en un muro de Los Ángeles en el que se
decía: La muerte es el subidón más fuerte de todos. Por eso nos lo reservan
para el final.
Nuestro ínclito autor ha dejado
un testamento que debe ser leído y validado a lo largo del mes de julio en Los
Ángeles, y un dudoso certificado de defunción: perfecto final para una vida
impecablemente brumosa. Las pocas personas que podrían salir legalmente
beneficiadas de sus abundantes y jugosos derechos de autor fueron avisadas de la
muerte de Castaneda por su abogada Deborah Drooze, pero nadie lo dijo a la
prensa ni a ningún otro medio de comunicación hasta el día 18 de junio (había
muerto el 27 de abril).
Por su parte, la médico que
atendió Castaneda en sus últimos respiros, Angelica Dueñas, no se sabe que haya
hablado absolutamente con nadie en referencia a este tan secreto paciente.
Incluso aquellas personas que, según parece, tenían a nuestro autor como a uno
de sus buenos amigos no supieron nada acerca de su óbito y, cuando más tarde les
fue comunicado, tampoco gastaron ni un instante para dar
a conocer la muerte de su amigo a nadie. Este fue su tributo a Castaneda y a su
menosprecio por la publicidad, respetándolo y prescindiendo de la dimensión de
realidad en que pueda hallarse el autor.
Michael Korda, autor y editor que
publicó algún libro de Castaneda en la editorial Simon&Schuster declaró que él
mismo había adoptado como práctica habitual en su vida no discutir nunca ni con
nadie relacionado con la industria de los medios de comunicación sobre
Castaneda, y menos aun sobre su defunción. Tampoco Tracy Kramer, agente
literaria de Castaneda en Los Ángeles, ha devuelto ni una sola de las llamadas
recibidas que preguntaban o comentaban algo sobre el mismo tema. En lugar de
ello, se ha limitado a citar los mismos textos de Castaneda: de acuerdo a la
tradición de los chamanes de su linaje, Carlos Castaneda dejó este mundo en
plena consciencia.
Como muy corto resumen de su vida
pues, sólo me atrevo a añadir que Castaneda fue el autor de diez libros
traducidos a diecisiete idiomas, libros que han causado un auténtica revolución
en el pensamiento occidental de la segunda mitad del siglo XX. Algún observador
norteamericano ha afirmado que fue el primer y principal ideólogo de la
denominada Nueva Era, pero en mi opinión, quien ha leído con atención sus libros
probablemente aceptará que en ellos hay la posibilidad de embuste, de fantasías
trenzadas extraordinariamente bien y otras virtudes y cualidades, o bien lo
contrario, pero -por lo menos desde la vieja y ya curtida Europa- se hace
difícil ver en el brioso y masculino Castaneda un abanderado de la algo fofa
Nueva bobEra. No creo que él lo aceptara.
En todo caso, el tema no está en
si es cierto o no, en un sentido físico, el contenido de sus relatos, sino en lo
tremendamente sugerente de sus libros, en lo que obran sobre los lectores y en
el espacio mítico que ocupan en la realidad actual ¿Alguien se preguntaría si
existió un Edipo de carne y hueso para corroborar la veracidad del mito o
metáfora usada, para explicar nuestras dependencias
psicológicas maternas? ¿Verdad que no?