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Los
cátaros, conocidos también como
albigenses -por la ciudad occitana de Albi
que llegó a congregar un número importante-
perseguían la observación literal de los preceptos de
Cristo y, especialmente, del Sermón de la Montaña.
Caracterizados por el rechazo total de la violencia, de la mentira y del
juramento, predicaban un cristianismo sin cruz
ni eucaristía. En la primavera de 1208, y después
del asesinato de su legado por orden del conde de Tolosa,
Inocencio III comenzaba la cruzada contra los Cátaros.
Simón de Montfort
la capitaneó hasta su muerte en el asedio de Tolosa. Dice la leyenda
que, al caer Montsegur, dos cátaros lograron huir por un subterráneo y salvar
el Grial, traído de Tierra Santa y que había permanecido en Montségur hasta su rendición.
El
hombre de la Edad Media occidental, que reza, que lucha, que trabaja, según el
reparto en tres órdenes de la sociedad, percibe el arte, la política, lo social,
la vida, la muerte ... en una palabra, el mundo que le rodea, en términos
específicamente religiosos. La casi totalidad de sus referencias son cristianas.
Su universo mental no puede salir de allí. Concibe su propia existencia como
resultado de una creación (no pondrá en cuestión esta concepción hasta finales
del siglo XVIII). Toda su vida social y privada se centra en su salvación y gira
en torno a un tema recurrente: Dios.
Alrededor
del año 1000, es decir a partir del momento en qué aparecen los primeros
documentos escritos, cuando el clero regular católico se encierra en
prestigiosas Abadías con gran proyección intelectual y filosófica, y el clero
secular ( los clérigos del campo y de los burgos ) vive sumergido en la
incultura general, los aires de reforma envuelven al pueblo cristiano, en busca
de un regreso a los ideales evangélicos de pobreza (si quieres ser
perfecto, ve, vende todo lo que tienes, cédelo a los pobres y tendrás un tesoro
guardado en el cielo. Después regresa y sígueme), de pureza en las
costumbres y de predicación de la palabra de Dios.
La
Reforma Gregoriana, entre los siglos XI y XII,
se convertirá en una primera tentativa de respuesta por parte de la Iglesia
católica, a los nuevos problemas planteados por un cristianismo instalado en una
Europa en paz.
Clérigos y laicos
salen a la calle, para predicar el Evangelio, sin preocuparles obtener ni la
autorización de Roma, ni el derecho a traducir las Escrituras del latín. Algunas
iniciativas no prosperan; otras son reconocidas por la Iglesia de Roma
(Francisco de Asís y la orden de los hermanos menores,
Domingo de Guzmán y la orden de los hermanos
predicadores...). Otros se constituyen en movimientos divergentes, reformistas
en lo que se refiere al dogma pero sobretodo, en lo relacionado con las
costumbres católicas.
El catarismo se
inscribe en el contexto de fervor espiritual que acabamos de definir y dentro
del cual surgían las iniciativas de los clérigos más entusiastas, pero también
de laicos, siempre animados por el deseo de seguir al Cristo en toda su pobreza
evangélica y por alimentarse de la palabra de Dios. Esta doctrina tuvo una gran
difusión en Occitania, donde un nivel cultural más elevado facilitaba el
desarrollo del espíritu crítico en los estamentos más doctos.
Su ideal de
justicia provocó la adhesión popular, y su ataque al poder temporal de la
Iglesia suscitó las simpatías de la nobleza.
Precisamente, por
la extensión y la importancia que tuvo en Occitania, los cátaros son conocidos
también con el nombre de albigenses (de la ciudad occitana de Albi que llegó a
congregar un importante número de cátaros ), a pesar de qué los principales
centros fueron Tolosa de Languedoc, Narbona, Carcassona, Besiers y Foix.
El nombre de cátaros (del griego puro) lo recibieron de los católicos. Ellos
mismos se llamaban cristianos o buenos hombres.
El catarismo fue
un evangelismo. Uno de los puntos centrales del propósito de vida cátara es la
observación literal de los preceptos del Cristo y, especialmente, del Sermón de
la Montaña. Caracterizados por el rechazo total de la violencia, de la mentira
y del juramento, los cátaros se mostraron a las poblaciones cristianas como unos
predicadores (itinerantes y pobres individualmente) de la Palabra de Dios.
Los esfuerzos del
Papa para llevar a los cátaros a la ortodoxia católica se malograron. Ni
cistercienses ni dominicos lo consiguieron. El asesinato en 1208 de
Pedro de Castelnou, legado pontificio, decidió al Papa
Inocencio III a cambiar de táctica y utilizar la
violencia. Se inició así la cruzada contra los cátaros. Esta cruzada fue una
gran ocasión que se le brindó a la monarquía francesa del Norte para ocupar las
tierras del Sur, más rico y civilizado. Esta violencia contra los cátaros
continuará años más tarde con los procedimientos empleados por la Inquisición y
las posteriores hogueras colectivas ordenadas por los distintos brazos
temporales de la Iglesia de Roma.
Esta forma de
vivir la religión fue prácticamente exterminada durante la segunda mitad del
siglo XIII, a pesar de qué todavía se mantuvieron algunos reductos en Occitania
hasta el siglo XIV, y en Italia y Albania hasta el siglo XV, dejando, más allá
de una larga obliteración, un mensaje vivo que da a quien quiere leerlos, la
memoria de los documentos medievales: cristianismo sin condena eterna y sin
cruz, rechazo del mal y de la violencia y total confianza en la bondad
fundamental de la naturaleza humana.
RELIGIÓN DUALISTA
El catarismo fue
una religión cristiana fundamentada en la interpretación dualista de las
Escrituras. La Biblia cátara, el libro sagrado que los predicadores itinerantes
llevaban siempre consigo y que era la base de sus enseñanzas, era un Nuevo
Testamento completo que incluía los cuatro Evangelios, los Hechos de los
Apóstoles, las Cartas Canónicas y los libros sapienciales del Antiguo
Testamento. Los cátaros rechazaban el Antiguo Testamento, por considerarlo una
crónica de la creación de este bajo mundo, por el falso Dios, en el cual veían
la expresión del principio del mal.
La Biblia cátara
(traducción occitana de un original del latín anterior a la Vulgata de San
Jerónimo), casi no tenía diferencias con la Biblia católica. La diferencia
principal se encontraba en los primeros versos del prólogo del Evangelio según
San Juan.
Este es el texto
de la Vulgata, que todavía hoy es la base de la Biblia actual:
Todo
ha sido hecho por Él, y nada de lo que ha sido hecho no ha sido hecho sin Él
(Jo 1,3) o Tenía en Él la vida, y la vida era luz
(Jo 1,4). Mientras que el
texto de la vieja lengua occitana era el siguiente:
Todo
ha sido hecho por Él, y sin Él nada no ha sido hecho
y Lo que
fue hecho en Él la vida, y la vida era luz ...
Esto quiere
decir, que los cátaros distinguían dos creaciones: la verdadera, la de las cosas
que son realmente, es decir la de Dios (Todo ha sido
hecho por Él); y la ilusoria, la de las cosas que no tienen una verdadera
existencia, este mundo visible asimilado a la nada (Es sin Él que ha sido
hecha la nada), o todas las cosas han sido hechas sin Él. El mundo visible,
este bajo mundo, no es la creación divina. Este mundo visible, en el que nada
es estable, en el que todo aquello que se manifiesta está sometido a la
corrupción y a la muerte, este mundo visible víctima del desorden, del mal, del
sufrimiento, de la violencia, este mundo ha tenido que ser creación de otro
principio, del principio malo, del principio maligno, en una palabra del
diablo.
Efectivamente, el
dualismo no se puede resumir en una constatación moral de la acción del bien y
del mal en este mundo, ni en su antagonismo. Si así fuese, todas las iglesias
cristianas que creen en Dios y en el diablo serían dualistas. El verdadero
dualismo supone la independencia absoluta de una raíz del bien y de una raíz del
mal, relacionadas la una con la otra. Hay dos
mundos: uno es visible y el otro es invisible. Cada uno tiene su propio dios. El
invisible tiene al Dios bueno, el que salva las almas. El otro, el visible,
tiene al Dios malo, el culpable de las cosas transitorias.
Así pues, los
cátaros creían en dos creaciones que surgen de los dos principios, según la
lógica, cuyos indicios se intuyen ya en el prólogo del Libro
de los Dos Principios (fragmentario resumen de un tratado escrito por doctores cátaros,
que consta de una introducción y distintos capítulos como la creación,
refutación del libre albedrío...): Un buen árbol no
puede dar malos frutos, ni un mal árbol puede darlos buenos; se intuye la
lógica conclusión, que el mundo visible sometido a la corrupción, a la muerte y
a la maldad, no podía ser la creación del Dios de amor enseñado por Cristo:
Mi
realeza no es cosa de este mundo ...
UN MENSAJE DE REVELACIÓN Y DE SALVACIÓN
La situación que
plantea el catarismo podría parecer como bloqueada: por un lado, el principio
del bien y del Ser fuera del tiempo, fuera del mundo visible, en el mundo
luminoso e infinito de los espíritus buenos, en la eternidad; por el otro, el
mundo visible y temporal, del que el principio maligno es el príncipe ordenador,
donde las almas de los hombres, de encarnación en encarnación, duermen en la
materia corruptible indefinidamente renovada y en el olvido de su origen
divino.
Pero Dios en su amor infinito, no permanece inmóvil en su
mundo de luz. Tiene piedad de su pueblo e interviene en un mundo que no
es el suyo mediante el advenimiento de
su hijo Jesucristo. Dios hizo transmitir a su pueblo en el exilio el mensaje
de la revelación y de la salvación destinado a liberarlo del mal. Y el Cristo,
enviado por Dios, apareció en este mundo y predicó el reino de su Padre,
recordando a las almas adormecidas su patria celestial.
Para los cátaros,
no fue para redimir el pecado original mediante su sacrificio y su muerte en la
cruz, que el hijo de Dios había venido a este mundo. Jesús habría venido para
enseñar a los hombres, después de haberles recordado que su reino no era de este
mundo, los gestos libertadores que les podían volver a la eternidad y librarles
del mal y del tiempo.
Este gesto
salvador que el Cristo había venido a transmitir a sus apóstoles y a los que
había pedido que lo hicieran con las enseñanzas que Él les había dado, era el
sacramento del bautismo por imposición de manos y del espíritu, el bautismo por
el fuego y no por el agua,
el consolamentum de los Buenos Hombres occitanos.
La iglesia
católica había construido su dogmatismo, alrededor de Cristo, el redentor, y
alrededor de su cuerpo martirizado. Este sacrificio se repite incansablemente
durante la eucaristía y al finalizar la misa: en el misterio de
la trans-sustanciación el
pan se convierte en cuerpo, el vino se convierte en sangre: sufrimiento, muerte
y vida. Para los cátaros, el pan no se convirtió
nunca en carne, el vino no representó nunca el papel, horripilante, de la sangre
vertida: no será con la perpetuación del sufrimiento y de la muerte que se podrá
suprimir, acabar con el mal, sino multiplicando el Espíritu en este mundo. Entonces les
imponían las manos y recibían el Espíritu Santo (Fets 8,17).
Cristianismo sin
cruz, cristianismo sin eucaristía... la religión cátara es pues, ampliamente
doceta: Hijo de Dios, emanación de Dios, Ángel de Dios, fue bajo la apariencia
de hombre y no en la realidad de su carne, que el Cristo fue enviado a este
mundo maligno, solamente fue en apariencia que murió en la cruz. Ninguna gota de
su sangre, ni humana ni divina, fue derramada, ninguna carne fue dañada ni
conducida a la muerte. El Hijo de Dios no podía morir -ya que el principio
maligno es el príncipe de la muerte-, pero lo que sí podía hacer era sufrir.
LA ESTRUCTURA DE LA IGLESIA CATARA
La Iglesia de los
Buenos Cristianos, asamblea o comunidad de fieles, que alcanzaba su salvación
siguiendo una regla y siguiendo al pie de la letra los preceptos del Evangelio,
tenía una ordenación interna, relacionada con la propia eclesiología, y estaba
estructurada con la intención de cumplir eficazmente con su vocación
universalista: difundir la Palabra de Cristo y el
Consolamentum (su
sacramento salvador del bautismo espiritual).
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Esta
Iglesia estaba dividida en tres niveles: Creyentes, Consolados y
Buenos Cristianos.
a) El
Creyente
es el oyente, él que viene a escuchar la práctica cátara.
b) El grado de
Consolado
es más difícil de definir. Hay el simple consolado, es decir,
el enfermo que ha recibido el sacramento de los moribundos y después ha
sobrevivido, motivo por el cual, podría estar en espera de ser realmente
bautizado. El simple perfecto o perfecta, es el bautizado durante los períodos
de paz y solamente tenía la potestad de decir la Plegaria, de bendecir el pan y
de dar el consolamentum a los moribundos.
c) El papel
realmente sacerdotal, de la predicación solemne y del oficio del bautismo del
espíritu, que se otorgaba al neófito o iniciado que llevaba mucho tiempo
preparándose, y que estaba destinado a entrar en los órdenes cátaros, parece
haber sido reservado únicamente, a una jerarquía de Buenos
Cristianos o Perfectos llamados Ancianos, Diáconos
u Obispos.
Claro
está, que muy pronto, a partir de la época de las persecuciones, la diferencia
entre simple perfecto, consolado o miembro de la jerarquía desapareció
completamente. Entonces, el más humilde de los perfectos clandestinos, la más
aislada de las perfectas de los bosques, representaban en si mismos a toda la
Iglesia, y reunían en ellos todas las funciones pastorales y sacerdotales de los
buenos cristianos, protegidos por un pueblo de creyentes encasillados por la
burocracia inquisitorial.
La
Iglesia cátara, fue en realidad la suma de un determinado número de iglesias
autónomas, que en general mantenían lazos de buena amistad entre ellas. Cuando
una comunidad local llegaba a ser suficientemente numerosa e
influyente, ésta se organizaba como Iglesia, es decir, escogía un obispo gestor,
y se otorgaba un cierto número de diáconos destinados a asegurar la predicación
y la vida religiosa de las agrupaciones de los cristianos de base:
las Casas Cátaras.
Las
casas cátaras y su funcionamiento interno no puede ser comparado con un
monasterio o con un convento católico de su época. Ignoraban toda clausura,
estaban abiertas al mundo y a la sociedad y tenían trazos de hostal y de taller.
Eran sobretodo el lugar donde los ritos de la Iglesia se mantenían, y donde todo
creyente sabía que podía ir a escuchar hablar de Dios y volver a sus raíces,
mediante prácticas piadosas.
Hemos explicado,
que la jerarquía estaba compuesta por Obispos, que contaban con dos coadjutores
o ayudantes: un Hijo Mayor destinado a sucederle algún día, y un
Hijo Menor
llamado a convertirse en hijo mayor (el prestigioso
Guilhabert de Castres,
había sido hijo mayor del obispo Gaucelm).
Para hacer honor
a la verdad, no hemos de imaginarnos al obispo cátaro como a los prelados
católicos, residiendo en un palacio episcopal en su ciudad catedralicia. El
obispo cátaro continúa siendo pobre e itinerante como todo Buen Cristiano. Se le
solicita para las ceremonias y las ocasiones solemnes y, sin duda, mantiene
hasta el final la función de gestor temporal y financiero de la
Iglesia-comunidad. El socius, compañero de vida y de camino del obispo, era
generalmente un joven diácono formado por él.
Los Diáconos, presidían prédicas
e incluso ritos en la vida de las comunidades
locales agrupadas en casas. Sin ninguna duda eran ellos
los que iban a celebrar el
Service o Aparelhament en
cada casa cátara, organizaban las misiones de predicación y la vida itinerante
de los Buenos Hombres, vinculadas a su trabajo y a la comercialización de su
producción artesanal.
RITUALES CATAROS
Los cátaros
básicamente se dividían en Perfectos (Buenos Hombres) y creyentes. Los
principios estrictos eran sobre todo para los primeros, mientras que los
segundos, normalmente solamente recibían el consolamentum antes de morir. Este
rito suponía, entre otras cosas, la admisión al grado de Perfectos.
A continuación, intentaremos ampliar el significado del rito del
Consolamentum, y también otros como el
Melhorament,
el
Service o
Aparelhament y la
Endura.
Consolamentum
Sacramento
de liberación del mal, es el bautismo espiritual de Jesucristo, y desarrolla un
triple papel: evidentemente el bautismo, pero también la ordenación y la
extremaunción.
Suponía
consagración y compromiso. El futuro cristiano recibía en primer lugar la
Plegaria dominical, es decir, la facultad de dirigirse a Dios en primera
persona, reconocido como uno de sus hijos, y solicitándole ser salvado del mal.
A continuación su renuncia al mundo maligno, era sacralizada por la imposición
de manos de los Buenos Hombres, que gritando invocaban sobre él al Espíritu
Santo. Una vez bautizado, el postulante ya era cristiano o Buen cristiano. La
Inquisición les llamará perfectos o perfectas, en el sentido de ser ya un
completo hereje (perfectus = acabado, concluido, completo.).
En el momento
de realizar esta ceremonia, profesaban una serie de votos de esencia monástica:
en primer lugar, el de vivir a partir de aquel momento en comunidad (o al
menos con un socius, un compañero o una compañera), también el de
recitar plegarias rituales durante las horas
indicadas, de día y de noche, y en ocasiones concretas, y
finalmente el de una doble ascesis, la de los votos de abstinencia y continencia
(vida de castidad absoluta y además de los períodos de cuaresma y de ayuno
ritual de pan y agua, cumplían una abstinencia total de cualquier alimento de
origen animal -con la excepción de la carne de pescado).
El perfecto o
la perfecta, se comprometían a no cometer ninguno de los pecados que el
Evangelio oponía a la ley de vida de Cristo, ya que la mínima falta estaba
considerada pecado irreparable. Su máxima era: el más mínimo mal se convertía en
el mal entero. Este era el motivo por el cual los cristianos bautizados con el
Espíritu, concentraban toda su atención en no poner en peligro el sacramento
salvador que les había salvado del mal.
La muerte en
estado de perfección -la muerte consolado- era, en el sentido propio de
los cátaros, el mejor final hacia el que se inclinaba el alma encarnada, con
toda su voluntad de bien.
Melhorament (mejoría,
mejoramiento)
Cuando un
creyente cátaro encontraba a unos perfectos, les saludaba de una manera muy
particular: practicando el melhorament, acto que le servía para mejorar, es
decir, le hacía progresar en el camino hacia el bien. Se inclinaba profundamente
tres veces delante de ellos, y las dos primeras veces pedía: Buen
Cristiano (o Buena Dama), la bendición de Dios y la vuestra. La tercera vez
añadía:
Señor (o Buen Cristiano o Buena Dama), rogad a Dios para que este pecador que
yo soy, sea guiado hacia un buen final.
Service o
Aparelhament
Es la
práctica de una clase de penitencia pública y colectiva, en un acto de
arrepentimiento de las faltas -necesariamente muy leves-, de las que se acusa
una comunidad cátara o su propio anciano, delante de un representante de la
jerarquía de la Iglesia.
Endura (martirio directo)
Algunos
creyentes cátaros, ante la angustia de ver a su Iglesia bajo la amenaza de la
persecución, y obsesionados por acelerar la liberación del alma, tendían a
asimilar la muerte en manos de un perfecto, con un bautismo en la Iglesia de
Cristo.
Esta fue la
causa que hizo que se multiplicaran, a finales del siglo XIII y principios del
XIV, las prácticas que habrían motivado el origen de la leyenda, de este
suicidio ritual mediante una huelga de hambre.
LA CRUZADA ALBIGENSE
El papa
Inocencio III,
constatando que en tierras occitanas, ninguna de las medidas de predicación ni
de intimidación coercitiva, había logrado un resultado que fuese positivo, y que
la herejía continuaba dando más y más argumentos al
anticlericalismo endémico y activo de los señores occitanos (los derechos de la
Iglesia eran humillados, violados, expoliados, los diezmos eclesiásticos ya no
llegaban a las arcas de Roma...) y, sobretodo, que esta herejía pretendía
implantarse y organizarse como una contraiglesia, en la que sus predicadores
conocían el Evangelio mejor que sus propios clérigos, decidió cambiar de táctica
y utilizar la violencia haciendo que se proclamara una cruzada contra los
albigenses.
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La primavera
de 1208, y después del asesinato de su legado,
Pedro de Caltelnou
en San Gèli, según se dijo, por orden del conde de Tolosa, Inocencio III
pronunció un anatema solemne contra
Ramón VI, y
declaró sus tierras entregadas como presa. Esto era una llamada directa a la
cruzada, dirigida a
Felipe II Augusto,
rey de Francia, así como a todos los condes, barones y caballeros de su reino.
Al cabo de unos años, esta cruzada se convertirá en el pretexto que necesitaba
la monarquía francesa del Norte, para poder ocupar las tierras del Sur, mucho
más ricas y civilizadas. De esta manera, la cruzada se inscribe en el proceso de
expansión territorial de la monarquía francesa y, en concreto, en el intento de
Felipe II Augusto de reunificar el antiguo reino de los francos.
Un año más
tarde, durante la primavera de 1209, el gran ejército de la cruzada, bajo el
mando del legado pontificio
Arnaud Amaury,
abad de Citeaux, se puso en marcha hacia tierras occitanas.
En dos meses,
julio y agosto, Béziers (donde los cruzados aniquilaron la práctica totalidad de
la población, sin distinguir entre cátaros y no cátaros) y Carcassona (que
también tuvo un terrible saqueo), caerán en manos de los cruzados. Los
habitantes de Carcassona se verán obligados a abandonar sus bienes y su joven
vizconde
Ramon Roger Trencavell,
al que también habían arrebatado sus títulos, desaparecerá misteriosamente.
Entretanto Simón de Monfort aprovechará la ocasión para hacerse atribuir el
vizcondado de Béziers y Narbona, y para acrecentar sus bienes. Muy pronto, el
titulo vacante de vizconde de Carcassona, también se otorgará a
Simón de Montfort,
el cual a partir de ese momento se convertirá en el jefe militar de la cruzada,
cargo que desempeñará hasta su muerte en el asedio de Tolosa.
Esta situación
representó un grave problema para el Rey de la Corona de Aragón
Pedro el Católico.
Por un lado, se veía obligado a defender a sus súbditos occitanos y a reaccionar
ante una situación que ponía en peligro toda la política occitana de la Casa de
Barcelona. Él mismo estaba casado con María de Montpellier. Pero en este caso,
optar por la defensa de sus súbditos significaba la excomunión y la extensión de
la cruzada a los dominios peninsulares de la Corona de Aragón. Por ello, Pedro el
Católico puso en juego todos los recursos posibles para conseguir una solución
pacífica del problema, pero fue en vano. Finalmente, decidió oponerse a la
cruzada, en cumplimiento de sus deberes feudales.
A pesar de que
a principios de 1213, los condes de Tolosa, Foix y Bearn habían jurado fidelidad
a Pedro el Católico, y que finalmente se convertía en Señor de toda Occitania,
haciendo realidad el proyecto político catalán de la Casa de Barcelona, el 12 de
septiembre de 1213, fue derrotado y muerto en Muret por los cruzados de Simón de
Montfort. Esta derrota significó el hundimiento de la política de expansión de
la Corona de Aragón en Occitania y la pérdida de estos territorios que poco
después pasaron a depender de la monarquía francesa.
Salvado el
obstáculo que representaba la Corona de Aragón y hasta el año 1244, momento de
la capitulación de Montsegur, las diferentes acciones de guerra llevadas a cabo
por el ejército cruzado en diferentes etapas, traerán consigo que una detrás de
otra, las ciudades y los castillos del Lenguadoc (Montreal, Fanjaus, Laurac,
Saissac, Castres, Menerba, Termes, Cabares, Lavaur, Tolosa,...), vayan cayendo
víctimas de duros asedios y los cátaros que residen en dichos lugares y que no
han podido escapar, sean quemados vivos, en diversas hogueras colectivas.
LA CRUZADA CONTRA LOS CATAROS
La
institución de una Inquisición aparece por primera vez en la historia en
territorio germánico el año 1231, y va dirigida contra los cátaros de Renania,
la eliminación de los cuales, es confiada por el papa a Conrad de Marburg. El
año 1233, en Occitania, el Inquisitio heretice pravitatis (función de
investigación sobre la depravación herética), es instaurada oficialmente y
Gregorio IX, inviste del poder de este Santo
Oficio a dominicos y franciscanos.
La palabra
Inquisición significa propiamente investigación. El procedimiento será dirigido
por un verdadero tribunal, con un juez que instruye cada caso, interrogando
bajo juramento a los testimonios aportados, con la intención de obligarles a
decir toda la verdad, tanto si se trata de ellos mismos como de otras personas.
La Inquisición pues, como procedimiento de investigación, exigía testigos,
reclamaba listas de nombres y se basaba en el sistema de la delación. Su
principal objetivo fue el exterminio de la religión cátara, mediante la
eliminación de sus pastores y el desmantelamiento de las redes de solidaridad
que les apoyaban.
La Inquisición
era odiada por sus métodos. Los inquisidores llegaban en los furgones del
ejército de ocupación, y rápidamente se dirigían a registrar el terreno, hasta el
punto, que hacía de cada habitante un sospechoso en potencia y de la Iglesia de
los Buenos Cristianos, una Iglesia del desierto. Funcionó y se fue organizando
lentamente, cada vez de forma más burocrática y sistemática.
El objetivo de
sus investigaciones era muy simple: identificar todos los perfectos y las
perfectas clandestinos, todos los ministros y pastores de la religión disidente,
sacando conclusiones a partir de los testimonios y las declaraciones de los
testigos. Los registros de los interrogatorios o de las deposiciones,
funcionaban en este aspecto como verdaderos ficheros, en los que destacaban
nombres y lugares. Cada perfecto o perfecta identificado y arrestado, era
sistemáticamente entregado al brazo secular, es decir, condenado a la
hoguera si rehusaba abjurar. Si abjuraba, incurría en penas menores: la condena
a las cuatro paredes, la prisión, perpetua o no, estricta o no (la prisión
estricta equivalía a una condena a muerte disimulada). Si abjuraba y aceptaba
ser colaborador de la Inquisición, recobraba la libertad, quedando bajo la
protección y el control del tribunal.
Sin ninguna
duda la inmensa mayoría de perfectos no abjuraron, y fue de esta manera como la
continuada represión selectiva, el terror generalizado y la delación erigida en
sistema debido al miedo y la codicia, llevadas a cabo por la Inquisición desde
1234 a 1325, logró la total desaparición de la Iglesia cátara en Occitania.
Algunos de sus miembros se refugiaron en Lombardía y Cataluña, y el resto, uno
tras otro, fueron siendo eliminados por medio del fuego.
De entre las muchas leyendas que han
rodeado a los cátaros, está la de que escondían un tesoro en los bosques.
Conociendo el desprecio que tenían por lo material, son muchos quienes suponen
que tal tesoro tuviera un valor místico y espiritual ¿pergaminos que contenían
fórmulas secretas para fortalecer las almas y eliminar de las mismas el temor a
la muerte por el fuego y por otros medios? ¿el secreto de la inmortalidad? ¿una
reliquia mágica, cuya posesión permitía acceder a la visión de otra realidad?
¿El Santo Grial?
Dice la leyenda
que, al caer Montsegur, dos cátaros lograron huir por un subterráneo y salvar
ese tesoro. Algunos afirman que se trataba del Grial, traído de Tierra Santa, y
que había permanecido en Montségur hasta su rendición.
Se especula que el cáliz que Cristo
utilizó en la Última Cena, no podía ser una joya de metal precioso.
Conocida la pobreza que predicaba el Maestro,
algunos sostienen que el Grial era un vaso de apariencia simple, o tal vez un
libro en el que se contenían revelaciones de gran trascendencia.
CATAROS EN OCCITANIA
Las rutas que
siguen las ideas para penetrar en una determinada zona, son pocas veces
misteriosas, en cambio, las condiciones de su implantación, son en general menos
evidentes. Los documentos y el mismo desenlace de la Historia demuestran de
forma indudable, que el catarismo se propagó a través de Europa durante el
período histórico de reapertura de las grandes rutas comerciales, después de las
invasiones y del establecimiento tanto de nuevos centros de intercambios
comerciales -las Ferias-, como de nuevas técnicas financieras,
por no decir bancarias. La letra de cambio, el antepasado directo del
cheque y de la tarjeta de crédito, fue inventada en Tolosa durante el siglo XII.
Los principados
occitanos, que formaron el marco general del desarrollo del catarismo albigense,
son muy a menudo estas zonas europeas avivadas por las nuevas corrientes de
intercambios comerciales y trastornadas por la misma economía monetaria. Se
caracterizan igualmente por un progreso de la vida urbana, unida a la expansión
económica y a la aparición de una clase burguesa de mercaderes, y también por
una estructuración de las ciudades que adquieren libertades, franquicias y
consulados, en detrimento de los señores feudales de Tolosa,
Carcassona y Béziers.
Se trata de
lugares, donde el clima sociocultural y económico, favoreció la implantación del
cristianismo cátaro, ya que éste se inscribirá sin dificultad aparente, en el
conjunto de las clases sociales, y de una manera francamente progresista, es
decir en el sentido de la corriente económica innovadora y apostadora de futuro.
Al mismo tiempo, se desarrolla un relativo despertar de la clase burguesa en
relación con el sistema feudal, que es la que toma el poder en las ciudades, al
menos en las zonas meridionales. Las ciudades tendrán como característica
general, el hecho de ser lugares de paso y de intercambio del nuevo gran
comercio internacional, a la vez que punto de proyección de una nueva cultura
literaria profana, el trovar.
Una burguesía
que a finales del siglo XII, y en Occitania esencialmente,
estaba en pleno apogeo político a causa de los consulados urbanos y en
pleno apogeo económico al sesgo de un gran comercio internacional apoyado en las
nuevas técnicas bancarias. Una clase burguesa que,
entre otras razones, debía sentirse atraída, por una Iglesia que no tenía
ninguna razón de orden metafísico ni práctico, para cubrir de oprobio el
préstamo con intereses, ni asimilarlo con la usura, y que
no excomulgaba de ninguna manera a los que lo practicaban (si que lo hacía la
Iglesia romana, desde un decreto del 1r. Concilio de Letrán, el año 1097).
Además, el
rechazo por parte de la Iglesia cátara de cualquier clase de violencia
institucionalizada, guerra o pena de muerte, su desprecio
por cualquier jerarquía temporal y su negación de un derecho de justicia laico,
no parecieron estorbar la eficacia de las prédicas cátaras entre la nobleza. No
lo pareció más que la teórica igualdad en el aspecto social que fluía
de los destinos de la reencarnación de un cuerpo adinerado a un cuerpo
oprimido: la incitación tácita de los Buenos Hombres a los señores, que
necesitaban que el diezmo eclesiástico no fuese restituido, era un argumento que
comportaba que realmente no pudiesen perjudicar estos idealismos evangélicos. Y,
de hecho, las relaciones que se establecieron entre la Iglesia de los Buenos
Cristianos y la pequeña nobleza occitana no fueron casi nunca relaciones de
interés, sino unos sólidos y fieles vínculos de fervor y de corazón.
La clase burguesa
mercantil, en teoría, tenía mejores razones para adherirse al cristianismo
cátaro que no las que tenía la nobleza. Para empezar, y contrariamente al clero
de la Iglesia dominante, que subsistía de sus
imposiciones sobre las poblaciones de sus fieles, los Buenos Hombres
participaban en el mundo laboral. Su regla de vida evangélica, les obligaba a
trabajar para vivir, siguiendo el ejemplo de los apóstoles, los cuales, ejercían
todos algún oficio.
Convertidos en
Buenos Cristianos, los antiguos caballeros ya no temen para nada rebajarse.
Caballeros que aprenden a tejer o a coser, damas importantes (como la hermana
del conde de Foix), que estaban obligadas a trabajar con la rueca para poder
vivir, predicadores itinerantes que se convierten en mercaderes y siguen las
rutas comerciales por los burgos y las ferias. Es innegable que la sociedad
religiosa cátara se abría hacia el mundo de la burguesía mercantil de manera muy
natural.
Las casas
cátaras, las casas de hombres y mujeres perfectas, en las ciudades y en los
burgos, hacían la función de talleres, y al mismo tiempo
de centros de predicación y de plegaria. Eran talleres donde se trabajaba en la
elaboración de tejidos, de costura y de fabricación de diversos objetos
artesanales de la vida cotidiana, desde la escudilla de
madera hasta los peines de cuerno. En cuanto a los perfectos itinerantes,
siempre de dos en dos, para llevar a cabo su misión de la predicación y su
sacerdocio del consolamentum, ejercerán diversos oficios, pero siempre móviles, como médicos, carpinteros..., aunque algunas veces podían
contratarse como obreros agrícolas en tierras laicas, desempeñaban
razonablemente de forma privilegiada unos oficios compatibles con su situación
de caminantes. De manera natural, eran encaminados a hacerse portadores,
de plaza en plaza, tanto de la Palabra del bien como de los productos
procedentes de sus talleres. Contribuían así ampliamente a la financiación de su
Iglesia, a la cual naturalmente también alimentaban diferentes donaciones, y
sobretodo legados entregados con motivo de los consolamentums dispensados a
los moribundos.
No obstante ser
una Iglesia rica (rica por el trabajo de toda la comunidad), por las donaciones
y los legados piadosos como cualquier Iglesia, y a pesar de la vida de pobreza
de cada uno de sus miembros, la Iglesia cátara necesitaba dinero. Sus bienes
no estuvieron nunca congelados en forma de grandes haciendas, sino que se
quedaron en el mercado económico. El mundo de los negocios fue acostumbrándose a
trabajar con ellos (les confiaba sumas en depósito porque de todos era conocida
su integridad), y la Iglesia administró estos depósitos conjuntamente con sus
propios fondos y, probablemente, sin dudar en hacerlos
fructificar. Lo hicieron eso sí, de manera escrupulosa, teniendo extremo cuidado
siempre en devolver los depósitos, incluso en los periodos de grave peligro, ya
que el fraude en los préstamos y en las gestiones parece que figuraban en la
categoría de los pecados. De esta manera la Iglesia proporcionó unos
importantes servicios, tanto a los pequeños artesanos locales como a la clase
burguesa comerciante en conjunto, y se inserto de manera generalizada dentro de
la economía monetaria de la época.
CATAROS EN
CATALUÑA
El
catarismo tuvo una importante repercusión en la sociedad catalana, sobretodo a
partir de la segunda mitad del siglo XII (el primer documento que habla de una
comunidad cátara catalana en el Valle de Aran, está fechado en 1167), y hasta
finales del siglo XIII. Presentaba muy pocas variantes doctrinales respecto al
catarismo occitano, debido principalmente, a la rigurosa jerarquización de la
iglesia cátara.
Fue introducido desde Occitania siguiendo el
procedimiento habitual de los cátaros, a través, sobretodo, del comercio y de la
industria, principalmente la textil (que durante el siglo XIII dependía, en gran
parte, de comerciantes occitanos), y se incrementó con la llegada de nobles
occitanos cátaros, motivada por la represión religiosa en Occitania y favorecida
por la corona catalanas, por la importante entrada de capital que comportaba,
por los intereses derivados de la guerra contra los sarracenos y por la
repoblación de los territorios conquistados.
Por otro lado, la amplitud de su difusión se
explica, en parte, por las crisis sociales que implicaron en Cataluña el
nacimiento de la burguesía. Los grandes señores feudales, interesados por
afianzar, delante de la feudalidad eclesiástica, las posiciones logradas, eran
propensos a la adopción de una doctrina que comportaba la supresión del poder
temporal de la Iglesia. A pesar de ello, fue con el nacimiento y la expansión de
la burguesía, cuando el catarismo consiguió una mejor adecuación a los intereses
de clase, y de esta manera, en la medida que era una doctrina que no solamente
no condenaba las actividades mercantiles, sino que incluso las favorecía, y que
en su concepción dualista encajaba con la valoración burguesa de las dos grandes
realidades sociales del momento: el mundo agrario y feudal, basado en el sentido
sagrado del linaje y de la propiedad territorial, considerado por aquella como
un estorbo y una representación del mal, y el mundo artesano y comerciante, que
encarnaba el bien.
Las zonas más influidas por la nueva doctrina
fueron el Rosellón y los valles pirenaicos, donde las grandes familias tenían
importantes lazos familiares, culturales, militares y económicos con Occitania. La
zona catalana pirenaica occidental llegó a ser también, refugio y centro de
actividades cátaras, destacan: Andorra, la Tor de Querol, Berga, Josa, Gósol y
Castellbó... y un destacado grupo de los señores de estos territorios se
convertirán en decididos protectores de la herejía. El catarismo se extendió
hasta Barcelona, Lérida, Prades, Siurana, Arbolí, Cornudella, región de Morella
y por las nuevas tierras conquistadas a los musulmanes.
La cruzada albigense, que supuso la represión por
la fuerza del catarismo occitano, tuvo una gran repercusión para Cataluña:
representó el final de la expansión catalana en tierras occitanas, y pasarán a
formar parte del reino de Francia, a partir de la derrota sufrida por el rey
Pedro I en Muret (1213), y también será el
comienzo de una importante emigración que contribuirá a la conquista de tierras
musulmanas y beneficiaran la expansión catalana por Italia, gracias a la imagen
tolerante de Cataluña, transmitida por los cátaros refugiados principalmente en
Lombardía.
En la
corona catalana-aragonesa la represión de la herejía, que interesaba sobretodo a
la Iglesia, estaba condicionada por sus repercusiones en la política occitana de
los reyes. Alfonso el Casto y Pedro I la condenaron varias veces, seguramente
para proteger a los nobles de una represión más dura; pero al final
Jaime I terminará cediendo a las presiones
papales que pedían con urgencia la extinción del catarismo. A mediados del siglo
XIII fue establecida definitivamente la Inquisición como institución, y bajo el
control de los dominicos.
Las
últimas reminiscencias del catarismo en el Reino de Aragón fue la comunidad de
San Mateo en el Maestrazgo, dirigida por
Guilhem Belibasta, que en su
prolongado exilio occitano, se estableció (1315) durante seis años en Morella.
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