Si hay un
punto de acuerdo sobre el 11 de septiembre, es que a partir de ese día el mundo
cambió. Pero, qué forma está adquiriendo.
¿Estamos asistiendo realmente a un choque de civilizaciones? ¿Cómo puede
buscarse el diálogo intercultural? Entre las diversas respuestas
que se dan,
en lugar de entrar en la dialéctica de confrontación que
denota el choque de civilizaciones de Samuel Huntington,
resulta más legítimo optar por la defensa de la
civilización en singular. Y entre cuyos cimientos
estén los derechos humanos de todos y el derecho
internacional aplicado a todos por igual.
INTRODUCCION
El pensador
Samuel P.
Huntington, nacido el 1927 en los EEUU, es uno politólogo internacional
que hoy ejerce de profesor de Ciencias Políticas en la Universitat de
Harvard. En 1970 fundó la revista Foreing Policy
(Política Exterior), en 1977 entró a formar parte del
Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca. Su primera obra importante es
de 1968: El Orden Político en
las Sociedades en Cambio. En
1991 publicó La Tercera Ola. La
Democratización Finales del Siglo XX; pero la obra que ha puesto
Huntington en la lista de los investigadores actuales más influyentes es El
choque de Civilizaciones y la Reconfiguración
del Orden Mundial
(The clash of civilitzations and the remarking of world order), de
1996. Veamos el núcleo de la argumentación de
Huntington.
La Obra
Durante las
décadas de la guerra fría, expone Huntington, los conflictos mundiales tenían
raíces de orden ideológico y económico; inicialmente el planeta estaba
configurado en dos bloques, el occidental o capitalista y el bloque comunista;
posteriormente, se formó un tercer bloque, el de los países no alineados. Con
la caída del bloque comunista se esperaba que el otro bloque, el occidental,
se impusiese plenamente, pero no ha sido del todo así sino que,
contrariamente, ha emergido un mundo plural, un mundo de civilizaciones. No se
ha instaurado, como muchos profetizaban, la victoria final de Occidente sino
que se ha dado un resurgimiento o una reafirmación de viejas civilizaciones.
Resurgimiento y reafirmación que han comportado un alejamiento y un rechazo de
todo aquello que proviene de Occidente, que han supuesto un retorno a los más
autóctonos orígenes culturales: unos orígenes que son fundamentalmente
religiosos. Así, pues, emergen unas viejas civilizaciones que tienen en una
religión su más profunda identidad.
¿Cuáles son
estas civilizaciones emergentes? Huntington constata (1996) el resurgir
islámico (muchos países que en las décadas de la guerra fría asumían el
marxismo-leninismo o que formaban parte de los países no alineados,
actualmente encuentran su identidad y esperanza en el Islam), la civilización
china (la milenaria China recupera el Confucionismo, la
concepción de la vida del maestro Confucio, del siglo VI antes de Cristo), la
civilización japonesa (formada a partir de la china pero con tradiciones
propias), la civilización hindú (que tiene un núcleo cultural de más de tres
mil quinientos años), la civilización ortodoxa (emparentada con la Occidental
pero que remarca las diferencias), también la civilización budista y, con
futuro impreciso, la civilización africana y la latinoamericana.
Este nuevo
orden mundial tiene sus riesgos. Las civilizaciones emergentes se consideran
superiores a la de Occidente, con valores morales más auténticos. Huntington
prevé que, por vía del desafío demográfico (el 2025 más del 25% poblacional
mundial será musulmana) o por vía del crecimiento económico (el 2025 Asia
incluirá siete de las economías más fuertes del planeta) o por vía de la
militancia creando inestabilidad, el poder y los controles de la civilización
occidental se desplazarán hacia las civilizaciones no occidentales. Así, un
choque de civilizaciones, de estas civilización arraigadas a religiones,
dominará la política a escalera mundial: en las fronteras entre civilizaciones
se producirán las batallas del futuro. Una de estas fronteras o líneas de
fractura pasa precisamente por la ex-Yugoslavia dividiendo sus pueblos.
El retorno a las culturas autóctonas o indigenización
dificulta hablar de principios éticos y valores universales. Para muchos
chinos y para muchos musulmanes la democracia y la misma Declaración Universal
de Derechos Humanos son creaciones occidentales, no universales. En esta
situación, si se quiere evitar peligrosos enfrentamientos, es urgente buscar
los atributos comunes en todas las civilizaciones, es decir, tenemos que
perseguir, aceptando la diversidad, la moralidad mínima que se deriva de la
común condición humana.
Textos escogidos de
El Choque de Civilizaciones
Estamos asistiendo al final de una era de progreso dominada por las
ideologías occidentales, y estamos entrando en una era en la que
civilizaciones múltiples y diversas interaccionarán, competirán, convivirán y
se acomodarán unas a otros. Este proceso planetario de indigenización se
manifiesta ampliamente en el resurgir de la religión que está teniendo lugar
en tantas partes del mundo, y más concretamente en el resurgimiento cultural
en países asiáticos e islámicos, generado en parte por su dinamismo económico
y demográfico
La sociedad humana es universal porque es humana, particular porque es
sociedad. A veces caminamos con otros; la mayor parte del tiempo caminamos
solos. Sin embargo, de la común condición humana se deriva una moralidad
mínima tenue, y las disposiciones universales se encuentran en todas las
culturas. En vez de promover las características supuestamente universales de
una civilización, los requisitos de la convivencia cultural exigen investigar
lo que es común a la mayoría de civilizaciones. En un mundo de múltiples
civilizaciones, la vía constructiva es renunciar al universalismo, aceptar la
diversidad y buscar atributos comunes.
¿CHOQUE
DE CIVILIZACIONES?*
Tras el atentado del 11 de septiembre contra el World
Trade Center, el mundo político y académico se pregunta si no estamos
asistiendo al choque de las civilizaciones anunciado por Samuel P. Huntington
en su ya famoso artículo publicado por Foreign Affairs en 1993. Escribía
Huntington en esa oportunidad:
Es mi hipótesis que la fuente fundamental de conflicto en este nuevo mundo
no será primariamente ideológica o primariamente económica. Tanto las grandes
divisiones de la humanidad como la fuente dominante de conflicto serán
culturales. Los Estados-nación seguirán siendo los actores más poderosos en
los asuntos mundiales, pero los principales conflictos políticos
internacionales ocurrirán entre naciones y grupos de diferentes
civilizaciones. El choque de las civilizaciones dominará la política mundial.
Las líneas de fractura entre civilizaciones serán las líneas de batalla del
futuro.
En el mismo escrito, Huntington indicaba que hay conflicto en la línea de
ruptura que separa la civilización occidental de la islámica desde hace 1300
años, que esta interacción militar podría hacerse más virulenta y
que en ambos lados se ve como un choque de civilizaciones. Puntualizaba
al final que aquí no se trata de hacer una defensa de los conflictos entre
las civilizaciones, sino de presentar hipótesis descriptivas de cómo podría
ser el futuro. Y si éstas son hipótesis aceptables, es necesario considerar
qué consecuencias tendrían para la política occidental.
En el libro en el que posteriormente amplió sus ideas, El choque de
Civilizaciones, Huntington
analizaba las causas del resurgimiento islámico, la inesperada aparición y
ascenso de los movimientos islamistas a partir de los años setenta. Decía que
el problema subyacente para Occidente no es el fundamentalismo islámico. Es
el Islam, una civilización diferente cuya gente está convencida de la
superioridad de su cultura y está obsesionada con la inferioridad de su poder.
Las reacciones iniciales
No sorprende, entonces, que la expresión choque de civilizaciones haya
sido desempolvada al día siguiente del ataque terrorista. Las imágenes
televisivas de manifestantes palestinos celebrando el atentado, las agresiones
sufridas en EEUU por miembros de la comunidad musulmana, contribuyeron a
reforzar la sensación de un conflicto entre culturas.
El 13 de septiembre, en un artículo publicado en Financial Times, Dominique
Moise, del Institut Francais des Relations Internationales, decía que la
oscura predicción de Huntington suena repentinamente menos extrema,
menos abstracta y más plausible. Los terroristas habían logrado que
Occidente recuperara el sentido de solidaridad debilitado después de la Guerra
Fría. El mejor ejemplo era la afirmación Todos somos Americanos que
había elegido como titular de su primera plana el diario Le Monde, una
publicación, señalaba Moise, bien conocida en los 50 por sus puntos de
vista neutrales y, más recientemente, por sus posiciones a menudo
antiamericanas.
Los líderes políticos en EEUU y Europa intentaron calmar los ánimos y enfocar
el problema en el fenómeno del terrorismo global. El político más popular de
Alemania, Joschka Fischer, del partido Verde, pidió un fortalecimiento del
diálogo intercultural. Haríamos bien en no dejarnos imponer esta estrategia
del choque de las civilizaciones, buscada por los autores del ataque, sostuvo.
El propio Huntington, entrevistado por el semanario alemán Die Zeit, calificó
el atentado como un ataque contra la sociedad civilizada de todo el mundo,
contra la civilización como tal. El periodista le preguntó frontalmente si
el mundo estaba asistiendo a un choque de civilizaciones. No -respondió
Huntington- el mundo islámico está escindido. Que se
impida la auténtica colisión depende de si los países islámicos colaboran o no
con Estados Unidos en la lucha contra este terror.
Pero poco después el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, cometió un
aparente exabrupto. Durante una visita a Berlín aseguró que no podemos
poner en el mismo plano a todas las civilizaciones. Hay que ser conscientes de
nuestra supremacía, de la superioridad de la civilización occidental.
Las réplicas llegaron de todas partes. El presidente de la Comisión Europea,
el italiano Romano Prodi, dijo que no compartimos el punto de vista del
señor Berlusconi y que no caeremos en ningún caso en una guerra de
civilizaciones. El secretario general de la Liga Árabe, Amr Moussa, opinó
que Berlusconi había cruzado los límites de la razón.
El
premier de Italia ofreció sus disculpas. El semanario on line egipcio Al-Ahram
reflexionó si Berlusconi no había expresado acaso lo que muchos pensaban pero
no podían decir, ejercitando los viejos instintos populistas que le dieron
tanto éxito en el pasado.
Orientalismo
El palestino Edward Said es profesor de literatura comparada en la Universidad
de Columbia, también conocido por sus agudos comentarios políticos publicados
regularmente en el diario británico The Guardian y en El País de España. Su
principal trabajo, que data de 1978, es Orientalismo, una crítica de la
investigación académica francesa, inglesa y norteamericana sobre las
sociedades árabes del Medio Oriente y el norte de África. Said sostiene en
su libro que el Oriente es una representación, un discurso particular
construido por Occidente, que nunca existió sino en la mente de los
occidentales.
Una semana después del atentado contra el World Trade
Center, Said advertía en una de sus columnas que las pasiones colectivas
están siendo canalizadas hacia una campaña a favor de la guerra que se parece
extraordinariamente a la persecución de Moby Dick por el Capitán Ahab.
Argüía que el Islam y Occidente son banderas inadecuadas para seguirlas
ciegamente y que no hay un solo Islam: hay varios Islam, igual que hay
varios Estados Unidos.
Su réplica directa al concepto de choque de civilizaciones
llegaría un mes después, con un artículo que el diario El País publicó bajo el
título de El choque de Ignorancias:
allí lamentaba que el espantoso atentado suicida cometido
por un pequeño grupo de militantes trastornados y llenos de motivaciones
patológicas se ha utilizado como prueba de la tesis de Huntington.
El
centro de su crítica es que Huntington, igual que Bernard Lewis (ver más abajo),
insisten con imprudencia en la personificación de unas entidades inmensas
llamadas Occidente e Islam, como si unas cuestiones tan complicadas como la
identidad y la cultura existieran en un mundo de dibujos animados en el que
Popeye y Brutus se golpean sin piedad (...) Ni Huntington ni Lewis dedican mucho
tiempo a la dinámica interna y la pluralidad de cada civilización.
En realidad -agregaba-, Huntington es un ideólogo, alguien que pretende
convertir las civilizaciones y las identidades en lo que no son, entidades
cerradas y aisladas de las que se han eliminado las mil corrientes y
contracorrientes que animan la historia humana y que, a lo largo de los siglos,
han permitido que la historia hable no sólo de guerras de religión y conquistas
imperiales, sino también de intercambios, fecundación cruzada y aspectos comunes.
En
El choque de Ignorancias Said decía que Huntington
se había basado en sus ideas sobre el conflicto entre el Islam y Occidente en un
artículo escrito en 1990 por Bernard Lewis (para algunos el principal
historiador occidental sobre el mundo árabe): Las Raíces
de la Ira Musulmana.
En
ese trabajo, Lewis hablaba en efecto de un choque de civilizaciones, la
reacción quizás irracional pero seguramente histórica de un antiguo rival contra
nuestra herencia judeo-cristiana, nuestro presente secular y la expansión
mundial de ambos. Remarcaba sin embargo que era crucialmente importante
no responder con una reacción igualmente histórica pero también irracional
contra ese rival. Además, sostenía que el movimiento hoy llamado
fundamentalista no es la única tradición islámica. Hay otras, más tolerantes,
más abiertas (...) y podemos tener esperanzas de que esas otras tradiciones
prevalecerán con el tiempo. Mientras tanto debemos tener gran cuidado en todos
lados para evitar el peligro de una nueva era de guerras religiosas.
Lewis busca la causa de esa ira musulmana y comienza por observar que,
mientras en el cristianismo hay una separación de la religión y la política
(a César lo que es de César...), en el Islam la
lucha del bien y el mal adquirió muy pronto dimensiones políticas e incluso
militares. La humanidad quedaba dividida en fieles e infieles, a quienes los
musulmanes debían traer al Islam. La Cristiandad fue reconocida pronto como un
genuino rival y la pugna entre los dos sistemas dura ya catorce siglos. Pero en
los últimos trescientos años el Islam estuvo a la defensiva. Los avances de
Occidente y de Rusia, la invasión de ideas y estilos de vida foráneos e incluso
los desafíos dentro de su propia sociedad, por parte de mujeres emancipadas y
chicos rebeldes, desataron la ira que debía dirigirse primariamente
contra el enemigo milenario y extraer su fuerza de antiguas creencias y
lealtades.
Lewis piensa que el sentimiento antiamericano de muchos musulmanes no puede
explicarse principalmente por el apoyo estadounidense a Israel o a regímenes
árabes tiránicos y corruptos, o por el imperialismo o la explotación. Se
pregunta porqué, si no, la hostilidad hacia Occidente es mucho mayor que la
dirigida hacia Rusia, que todavía gobierna, y no con mano blanda, sobre
muchos millones de musulmanes renuentes. Sostiene que los grandes cambios
sociales, intelectuales y económicos que han transformado al mundo islámico, y
en particular el consumismo y el secularismo, llegaron de Occidente y no de la
Unión Soviética.
Es el capitalismo occidental y la democracia la que provee una alternativa
auténtica y atractiva a los modos tradicionales de pensar y vivir. Los líderes
fundamentalistas no se confunden al ver en la civilización occidental el más
grande desafío al modo de vida que ellos desean retener o restaurar para su
pueblo, concluía Lewis.
Pluralismo
vs multiculturalismo
Debido a la constante inmigración de musulmanes a Europa y Estados Unidos, las
relaciones de éstos con el mundo islámico ya no están limitadas a los vínculos
entre países. En su último libro, La Sociedad
Multiétnica, el politólogo Giovanni Sartori
sostiene la polémica tesis de que los inmigrantes de otras culturas que no
están dispuestos a integrarse a la sociedad que los recibe no deberían acceder
fácilmente a los derechos de ciudadanía.
Sartori defiende una sociedad pluralista, basada en la tolerancia, el consenso
y la integración dentro de la diversidad, pero se opone al multiculturalismo,
pues entiende que éste defiende una sociedad en la que las culturas
minoritarias coexisten sin interrelacionarse: cuando esas subculturas rechazan
el pluralismo, la sociedad abierta se pone en riesgo a sí misma.
El libro de Sartori fue presentado en España en abril. En una entrevista
concedida al diario El País, no tuvo empacho en decir que el Islam, que
pasa ahora por un fuerte renacimiento, es, yo diría hoy que absolutamente, al
cien por cien, incompatible con la sociedad pluralista y abierta de Occidente.
Los principios de las dos culturas son antagónicos -añadía- y son
ellos los que nos consideran a nosotros los infieles aunque estén aquí, no
nosotros a ellos. Decía creer que los inmigrantes musulmanes que llegan al
sur de España e Italia no tienen ningún deseo de integrarse salvo
excepciones. Para el politólogo italiano, si entras en un país que no
es el tuyo y te beneficias de ello (...) debes atenerte a los valores básicos
de la sociedad que te acoge. Si no lo aceptas, no es que yo te vaya a echar,
pero no te hago ciudadano con los mismos derechos de un país cuyas reglas no
aceptas.
Las bases sociales del Islamismo
Gilles Kepel es considerado uno de los principales expertos en el movimiento
islamista. El autor de La revancha de Dios,
dirige el programa de doctorado sobre el mundo musulmán del Instituto de
Estudios Políticos de París. En su último libro, La Yihad. Expansión y
Declive del Islamismo, Kepel
sostiene que el movimiento se ha fracturado, ha perdido su atractivo y, como
afirma el mismo título del trabajo, entró ya en una fase de retroceso.
Kepel piensa que los investigadores han puesto demasiado énfasis en la
ideología del islamismo y que es necesario examinar las fuerzas sociales que
participan en él. Este análisis le permite explicar porqué el islamismo
triunfó en Irán y fracasó, por ejemplo, en Egipto y Argelia, así como
diagnosticar su actual debilitamiento y disgregación.
Para Kepel los movimientos islamistas han sido siempre socialmente ambiguos.
Estaban compuestos, de un lado, por la juventud urbana pobre, producto de la
explosión demográfica y el éxodo rural, y que tuvo acceso por primera vez a la
alfabetización. El otro grupo era la burguesía y la clase media religiosa,
heredera de los comerciantes del bazar y marginada del poder tras la
descolonización. Dentro de este sector había profesionales que fueron a
trabajar a los países árabes productores de petróleo.
Tanto los jóvenes urbanos pobres como la burguesía del bazar se identificaron
con la ideología islamista, que prometía restablecer la sociedad justa de los
primeros tiempos del Islam y se oponía a gobiernos ya muy desgastados.
Khomeini triunfó en Irán porque supo atraer y unificar a los dos grupos
sociales. En Egipto y Argelia, sin embargo, el discurso islámico no fue
producido por el clero, sino por jóvenes intelectuales que terminaron
ahuyentando a la clase media. Además, los regímenes en el poder procuraron
todo el tiempo escindir a los dos componentes del movimiento.
En su libro, Kepel sostiene que las nuevas élites que han llegado al poder en
algunos países musulmanes tienen la oportunidad de aprovechar el declive del
islamismo para promover un tipo de democracia musulmana.
En una entrevista concedida un mes antes del atentado al World Trade Center,
Kepel afirmaba que en los setenta el islamismo era una utopía. Pero ha
dejado de serlo. Ha estado en el poder y ha tenido corrupción, fracaso,
injusticia, sexo, y ya no tiene carácter prometedor.
En el mundo islámico soplan los vientos de la explosión informativa (de lo
que es un ejemplo el fenómeno de la cadena de televisión Al-Jazeera), que
representa un desafío tanto para los regímenes en el poder como para los
islamistas.
En cuanto al movimiento afgano, Kepel indicaba que, a diferencia de lo que
hacían los ideólogos islamistas de los setenta (leer libros y hacer política),
en Afganistán se fue desarrollando una escolástica oscura que llevó a una
nueva generación de jóvenes a considerar que la violencia es la única llave
del éxito. Así como habían expulsado a los rusos del país, pensaron que
podían derrocar a los regímenes de los otros países musulmanes. Se
equivocaron, por supuesto, porque se olvidaron que para eso hay que hacer
política, sentenciaba el estudioso francés.
Pronósticos del siglo XXI
La
caída del muro de Berlín en 1989 marcó, desde un punto de vista histórico, el
final del siglo XX. Con la terminación de la guerra fría, el modelo occidental
de democracia capitalista aspiraba a convertirse en universal. A través de los
fenómenos simultáneos de la globalización y la regionalización, el mundo parecía
encaminarse a un sistema de multipolarismo económico con una única superpotencia
militar.
Las
reformas de mercado y el libre flujo de capitales e ideas llevarían el
desarrollo y la democracia a todas partes. En algunas de esas concepciones el
mundo quedaba dividido en tres grandes bloques económicos: EEUU, el Este de Asia
y Europa.
Muy
pronto Huntington vino a contradecir la idea del fin de la historia.
Planteó que el mundo del siglo XXI sería mucho más multipolar de lo que algunos
pensaban. Otras civilizaciones no sólo habían dejado de sentirse inferiores a
Occidente. Con su creciente poder económico, militar y demográfico, empezaban a
sentirse seguras de la superioridad de su cultura. En particular, surgía China
como la civilización capaz de desplazar a EEUU, en el lapso de algunas décadas,
como la potencia hegemónica.
Decía Huntington en El choque de civilizaciones: Si el desarrollo económico
chino continúa durante otra década, cosa que parece posible, y si China mantiene
su unidad durante el periodo sucesorio, cosa que parece probable, los países del
este asiático y el mundo tendrán que reaccionar ante el papel cada vez más
seguro de sí mismo de este actor, el más grande en la historia humana.
El
atentado contra el World Trade Center obliga a replantear una vez más los
pronósticos sobre el siglo XXI. Al evaluar las consecuencias del ataque
terrorista, Eric Hobsbawn recordó que ya había adelantado que las dos grandes
novedades del siglo XXI serían que EEUU no podría gobernar el mundo por sí solo
y que las guerras no se librarían exclusivamente entre Estados, sino además
entre éstos y poderosas organizaciones no estatales.
Para Hobsbawn el ataque terrorista abre un periodo de inestabilidad similar al
que tuvo lugar en Europa con la serie de atentados contra los reyes a fines del
siglo XIX. La posibilidad de que el proceso termine o no en una guerra depende
de lo que haga EEUU. Considera probable que haya revoluciones y golpes de Estado
en los países de Medio Oriente y, frente al terrorismo, opina que hace falta
una respuesta colectiva, de todos los Estados que se ven amenazados. Esto vale
también para los chinos y los rusos.
El
periodista e historiador británico Timothy Garton Ash -Historia
del Presente- cree que el atentado contra el World
Trade Center cambió el mundo porque transformará la mentalidad del hombre medio
norteamericano, que nunca se preocupó verdaderamente por el mundo exterior y,
desde Vietnam, impidió a sus líderes arriesgar la vida de soldados
estadounidenses. Coincide en que la mejor solución sería una acción
internacional contra el terrorismo, coordinada por Naciones Unidas y que incluya
a China y Rusia.
En lugar del choque de civilizaciones de Samuel
Huntington -afirma- tendríamos la defensa de la civilización en singular.
Y entre los cimientos de la civilización están los derechos humanos de todos y
el derecho internacional aplicado a todos por igual.
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