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Una vez, en una
época remota, había una ciudad que estaba
habitada solo por ciegos. Entre las leyendas de la
comunidad, se hablaba de un extraño animal del que nada sabían ni podían
describir. Tan solo conocían de su nombre, el Elefante, y todos los buscadores
lo perseguían para descubrirlo.
Sucedió un día que un rey y su cortejo,
venidos de lejanas tierras, acamparon cerca del lugar trayendo entre su
comitiva, como animales de carga, unos elefantes. Al poco tiempo el rumor se
extendió por la ciudad de los ciegos y, de inmediato, los miembros más
aventureros decidieron ir a conocerlo.
Llegados a donde
estaba el rey, les hicieron partícipes de sus deseos y, este, amablemente cedió
a sus intenciones.
Ordenó entonces a sus
servidores que trajeran un elefante, mostrándoselo a los
aventurados ciegos
para que lo palparan con sus propias manos.
Poco a poco,
marcharon satisfechos para la ciudad con sus impresiones. formando impacientes
grupos de conciudadanos que se apiñaban ansiosos por conocer la verdad. Llegó el
momento de exponer, por la expectación creada, la forma y el aspecto del
elefante, de manera que el pueblo entero supiera de aquellos estudiosos la
verdadera naturaleza del elefante.
Y cada cual
empezó a narrar su aventura. ¡Oh!
el elefante es un pilar, dijo el primer hombre que
tocó su pierna.
¡Oh, no! es como una cuerda,
dijo el segundo hombre que tocó la cola.
¡Oh, no! es como un
tronco grueso de un árbol, dijo el
hombre que tocó su pata.
Es como
un abanico grande de la mano,
dijo discrepante el hombre que tocó la
oreja.
Es como
una pared enorme, dijo, por contra,
quién tocó el vientre.
Más no,
es como una lanza grande y sólida, dijo
finalmente el hombre que tocó su
colmillo.
Comenzaron a discutir sobre el
elefante y cada uno de ellos insistió que tenía razón,
intentando imponer su interpretación e incluso jurando por el honor de su
estirpe. Como sea que fuera, ante tanto desacuerdo, un
hombre sabio pasaba cerca y observó el entuerto.
Intentando
calmar el griterío de los presentes, explicó tranquilamente: todos ustedes
tiene razón, pero ninguno la verdad,
porque cada uno de ustedes reparó en un aspecto distinto del elefante.
Dicho lo cual, pidió a la concurrencia que fueran tolerantes con las opiniones
de los demás, pues el conocimiento de lo real no se revela a los ciegos de
corazón. |

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