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¿Enfrenta hoy la globalización un cruce de caminos? El
optimismo inicial sobre los efectos de la integración económica y el desarrollo
y difusión de la tecnología ha cedido paso, a comienzos del siglo XXI, a un
intenso debate sobre las consecuencias y los desafíos que plantea el proceso
globalizador. La historia de la globalización, la visión del Banco Mundial y del
Movimiento Mundial de Ciudadanos,
la situación de la
Argentina, en tanto que fracaso de un alumno ejemplar, los Foros de Davos y Porto Alegre y las propuestas para hacer frente
a la agenda global discurren entre estas líneas.
Durante la primera mitad de los años 90 la expansión
global del comercio, las finanzas y las comunicaciones creó grandes
expectativas como proceso capaz de extender, incluso de llevar indistintamente
a todas las regiones del mundo, el desarrollo económico, la prosperidad y la
democracia. El fuerte crecimiento económico del
Sudeste Asiático, de una rapidez sin precedentes en la historia, había sido
logrado mediante la integración a la economía global, mejorando las
condiciones de vida en algunos de los países más poblados del mundo.
Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación estaban difundiendo
como nunca antes el conocimiento científico. También permitían tomar
decisiones estratégicas en tiempo real a escala mundial. Las empresas
transnacionales podían localizar sus inversiones en el país que les ofreciera
las mayores ventajas para cada etapa de su cadena de valor agregado. Este
proceso aumentaba la integración productiva y transfería tecnología a las
naciones en desarrollo. El mercado global de capitales generó un incremento
incesante de las transacciones financieras, multiplicando las posibilidades de
inversión.
El siglo XXI se inicia, sin embargo, con un intenso debate acerca de las
consecuencias y las perspectivas del proceso globalizador. La segunda mitad de
los noventa asistió a las sucesivas crisis financieras en países emergentes
-incluyendo los asiáticos. La nueva amenaza del terrorismo global, el deterioro del medio
ambiente, la desigual distribución de la riqueza, la diseminación de
enfermedades como el SIDA, mostraron los aspectos negativos de la integración
mundial. Emergió entonces la corriente de opinión conocida como movimiento antiglobalización,
aunque cabe aclarar que algunos de sus miembros rechazan esa etiqueta y hablan
de globalización alternativa u otros conceptos
similares.
¿Se encuentra la globalización en un cruce de caminos? ¿Continuará
profundizándose la integración económica mundial o se verá detenida o
revertida por un retorno a políticas proteccionistas? ¿Aumentarán la pobreza,
la desigualdad y el conflicto social, o podrá el crecimiento económico
distribuir sus beneficios entre una proporción cada vez mayor de la población
mundial? ¿Cómo enfrentarán los países la acción creciente del terrorismo?
Estos son algunos de los grandes desafíos que son actualmente objeto de debate
y que deberá enfrentar la humanidad en los próximos años.
El
Mundo en Cifras
Desde una perspectiva social, y según los Informes de Naciones Unidas,
el planeta tiene 6.000
millones de seres humanos, de los cuales:
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3.000 millones sobreviven con
menos de 2 dólares diarios. |
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El número de
personas que viven en la miseria absoluta (con menos de un dólar al año) se
estima en 1.200 millones de personas. |
Por contra:
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Las 475 personas más ricas del mundo poseen tanto dinero como
la mitad del mundo. |
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51 de las 100 entidades económicas más poderosas del planeta son
corporaciones multinacionales. Las 49 restantes son Estados. |
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El país con mayor número de millonarios es Estados Unidos, con un 31%
del total. Le siguen Europa (un 26% incluyendo a Suiza) y Asia
(sin incluir a Japón) con un 16%. |
A su vez, la FAO estima que:
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En 1999, más de 30 millones de personas murieron por inanición.
Sin embargo, según esta misma agencia de la ONU, el planeta Tierra podría alimentar
al doble de la población actual. |
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En 1996, África pagó 2.500 millones de dólares más, en concepto de
deuda externa, de los que recibió como préstamos y créditos. |
Los datos ponen de manifiesto la inmoralidad de los hechos, para
una sociedad que pretendemos avanzada..
La
Historia de la Globalización
Durante la era moderna pueden distinguirse en el proceso de globalización tres
etapas históricas, según un reciente informe de investigación del Banco
Mundial, titulado Globalización, Crecimiento y Pobreza.
La primera ola tuvo lugar desde 1870 hasta 1914. Los avances en los
transportes y las reducciones de barreras comerciales permitieron a algunos
países utilizar sus abundantes tierras de un modo más productivo. Los flujos
de manufacturas, capitales y mano de obra experimentaron un fuerte incremento.
El ingreso per cápita global creció como no lo había hecho hasta ese momento,
pero no lo bastante rápido para evitar el aumento de la cantidad de pobres.
Entre los países globalizados se produjo una convergencia en el ingreso per
cápita, obtenido fundamentalmente por los grandes movimientos migratorios que
caracterizaron el periodo. Sin embargo, la evidencia indica que había una
brecha cada vez mayor entre los países globalizados y los que no lo eran, lo
que conducía al aumento de la desigualdad mundial.
La Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial se
distinguieron por una disminución del comercio mundial que, a fines de los
años 40, había retrocedido a los niveles de 1870.
Desde 1950 hasta 1980 hubo una segunda ola de globalización, que se focalizó
en la integración entre los países ricos. Europa, Estados Unidos y Japón se
concentraron en restablecer relaciones comerciales a través de un proceso
multilateral de liberalización comercial, bajo el auspicio del Acuerdo General
sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT). El crecimiento en los países en
desarrollo también se recuperó, pero con menos fuerza. Por esta razón, la
brecha entre los países ricos y los pobres se siguió ampliando. El número de
pobres continuó incrementándose, a pesar de que hubo mejoras en la expectativa
de vida.
La más reciente ola de globalización, que comenzó a principios de los 80 y se
extiende hasta nuestros días, se caracteriza por el avance tecnológico en los
transportes y las comunicaciones y por la decisión de algunos países en
desarrollo, principalmente los de mayor población, de mejorar sus climas de
inversión y abrirse al comercio exterior.
Se entiende
entonces por globalización
económica el proceso económico por el cual el comercio se internacionaliza. Para
ello se suprimen muchos de los aranceles, tasas e impuestos nacionales,
tendentes a proteger la producción nacional. Los Estados pierden poderes ante la
irrupción del capital privado, que adquiere mayores y mejores condiciones para
moverse geográficamente. La globalización económica supone la puesta en práctica
de las doctrinas neoliberales de pensadores como
Friedrich Von Hayek o
Milton Friedman, y comienza a gestarse con la ascensión al poder de
Ronald Reagan en Estados Unidos y de Margaret Thatcher en Gran
Bretaña,. En esencia, el neoliberalismo cree que un
mercado libre de intervenciones por parte del Estado tiende naturalmente al
equilibrio.
De acuerdo con el Banco Mundial, 24 países en desarrollo,
que suman 3.000 millones de personas, duplicaron la proporción
comercio/ingreso en las últimas dos décadas. Las manufacturas se convirtieron
por primera vez en su principal rubro de exportación. Su ingreso per cápita
creció a un ritmo sustancialmente superior al de los países ricos. Este grupo
de países incluye a China, India, Brasil y México, entre otros. Sin embargo,
el resto del mundo en desarrollo, que representa alrededor de 2.000 millones
de personas, ha quedado cada vez más marginado del proceso de integración
económica mundial y su crecimiento económico fue negativo durante los años 90.
Muchos de estos países pertenecen al África y a la ex Unión Soviética.
La globalización está articulada por
los
principales órganos defensores, a escala internacional, de la teoría neoliberal.
El
Fondo Monetario Internacional (FMI) y el
Banco Mundial
tienen como principal misión la redistribución de la riqueza mediante créditos a
las naciones en vías de desarrollo. Sin embargo, estos préstamos tienen un
elevado interés, y no sólo monetario. El FMI sólo concede los préstamos a cambio de la
adopción de medidas económicas ultraliberales, la mayoría de las cuales vienen
dictadas por el Primer Mundo. Sin embargo, un organismo superior dicta las
reglas del juego. La
Organización Mundial del Comercio (OMC) nace como una extensión del
GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) en 1995. De
ideario ultraliberal, la OMC es seguramente la organización internacional más
poderosa del mundo, y su política de aranceles garantiza el cumplimiento, por
parte de todas las naciones, de un comercio claramente favorable a los intereses
del Norte industrializado.
Los partidarios del ideario neoliberal y, por tanto, de la globalización
económica, defienden la absoluta libertad para que las corporaciones y
multinacionales realicen sus actividades fuera de todo tipo de control
gubernamental. En este sentido, el AMI (Acuerdo
Multilateral de Inversiones) supuso una fallida pero clarísima declaración
de intenciones. Se trata de un proyecto, abortado por la presión popular, para
un nuevo acuerdo vinculante, creado en el marco de la OCDE (Organización
de Cooperación y Desarrollo Económicos). Concebido como parte de la Ronda
Uruguay del desaparecido GATT, el proyecto quedó paralizado por la fortísima
oposición de los países del Sur. Desde 1995, pasó a
negociarse en secreto, bajo la tutela de los Estados Unidos. El AMI proponía
que los Estados no tuvieran voz ni voto en la entrada, desarrollo o salida de
inversiones extranjeras dentro de sus fronteras. De haberse aprobado, habría
comportado la virtual desaparición del Estado de derecho, que hubiera cedido
todo su poder a las empresas y conglomerados transnacionales.
Las
consecuencias de la última ola globalizadora
Sobre el final del siglo XX, los efectos de la tercera ola globalizadora eran
puestos en cuestión. Ya en 1985 se había realizado en Londres una acción
contra el Grupo de los 7 países más industrializados. Le siguieron otras: de
agricultores en la India, de los sin tierra en Brasil, de los
sindicatos coreanos…
Sin embargo, en 1998, hicieron frente a
los sibilinos acuerdos multilaterales que se estaban acordando en secreto. Diversos
organismos (entre ellos,
Amnistía
Internacional de Australia y
Public
Citizen Global Trade Watch) denunciaron la existencia y términos del AMI a
través de un artículo en
Le
Monde Diplomatique, lo que puso punto y final a su existencia, al menos de
manera oficial.
Pero no sería hasta noviembre de 1999, en la ciudad de Seattle, donde más de 50.000 personas consiguieron abortar la cumbre de la
Organización Mundial del Comercio, cuando el movimiento conocido como antiglobalización adquirió
notoriedad para la opinión pública mundial. Le siguieron masivas
demostraciones en Bangkok, Washington y Praga en 2000; Porto Alegre, Gottemburgo,
Barcelona y Salzburgo en 2001. Finalmente, en enero de 2002 se realizó el
segundo Foro Social Mundial en Porto Alegre y, en mayo, la contracumbre
de Madrid en respuesta a la II Cumbre de la Unión Europea, América Latina y el
Caribe.
En un artículo recientemente publicado por Foreign Affairs, Susan George,
una de las principales pensadoras del movimiento, afirmaba que calificar a esa
corriente con la etiqueta de antiglobalización es, en el
mejor de los casos, una contradicción, y en el peor, una calumnia. Los grupos
que han adquirido notoriedad desde las manifestaciones de Seattle en 1999 -y
que la autora reúne bajo la denominación de Movimiento Global de Ciudadanos-
están, sostiene, en contra de la desigualdad, la pobreza, la injusticia, y a
favor de la solidaridad, el medio ambiente y la democracia.
La corriente incluye grupos de todo el mundo: sindicatos,
intelectuales de izquierda, ecologistas, indigenistas y organizaciones no
gubernamentales de la más variada gama, como las vinculadas a las minorías. Su
objetivo común es una globalización con una distribución más equitativa de la
riqueza, lo que a su entender implica el control de las empresas multinacionales
y la democratización o reemplazo de las organizaciones económicas
internacionales, en especial el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional.
Entre sus exigencias se encuentra la condonación de la deuda externa de los
países pobres, de la cual responsabilizan al Banco Mundial y al FMI. El
movimiento no es homogéneo y en él se encuentran corrientes más duras -que
impulsan la eliminación de las instituciones monetarias de Bretton Woods- y
otras más moderadas.
Susan George sostiene que es ingenuo y peligroso aceptar la palabra
globalización con su valor superficial, y suponer que se trata de un proceso que
beneficiará a todos los habitantes de la tierra, aunque deban esperar mucho,
mucho tiempo… Durante los últimos veinte años las desigualdades se han
incrementado drásticamente, tanto en el interior de los países como entre éstos. Cita los estudios realizados por el Programa de las Naciones Unidas para
el Desarrollo (PNUD), la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y
Desarrollo (UNCTAD) y diversos centros de investigación de Washington, que
muestran que el 20% de la población mundial concentra más del 80% de la riqueza,
mientras que otro 20% posee apenas un poco más del 1%.
La
autora afirma que alguien o algo debe ser responsable de una evolución tan
marcada, que ya no puede negarse. El movimiento de los ciudadanos cree que ese
algo es la globalización… Al contrario de lo que aseguran los neoliberales,
los participantes de este movimiento tampoco creen que los beneficios económicos
de la globalización puedan alcanzar a todos.
Como es lógico, el Banco Mundial tiene una visión distinta de los efectos de la
globalización: Hay una preocupación extendida de que la creciente integración
(económica) está elevando las desigualdades dentro de los países. Usualmente
este no es el caso. La mayoría de los países en desarrollo globalizados han
visto sólo pequeños cambios en la desigualdad de los hogares, y la desigualdad
ha declinado en países como Filipinas y Malasia. Sin embargo, hay algunos
importantes ejemplos que van en el otro sentido. En América Latina, debido a
anteriores desigualdades extremas en los logros educacionales, la integración
global ha ampliado las desigualdades salariales. Para el Banco Mundial, el
potencial de la globalización para reducir la pobreza está bien ilustrado por
los casos de China, India, Uganda y Vietnam.
Un
dato revelador: cada año se destinan cerca de 57.000 millones de dólares como
ayuda oficial para el desarrollo. Estudios recientes del Banco Mundial y del
Fondo Monetario Internacional indican que las barreras arancelarias y no
arancelarias impuestas por los países más ricos y los subsidios concedidos a sus
productores agrícolas representan para los países en desarrollo un costo muy
superior a esos 57.000 millones de dólares.
Otra particularidad de la actual ola globalizadora es que mientras muchos países
en desarrollo han abierto sus economías, siguen enfrentando el proteccionismo de
los países ricos. Si bien éstos poseen aranceles promedio comparativamente
bajos, mantienen barreras en las áreas en que los países en desarrollo tienen
ventajas comparativas, como es el caso de la agricultura y de las manufacturas
intensivas en mano de obra. Además, las
sucesivas crisis de países emergentes que comenzaron con México en 1995,
o más próximas como la de Argentina, advierten sobre la alta volatilidad y el riesgo implícito en el funcionamiento
de los mercados financieros internacionales.
Pero los desafíos que plantea la globalización no están
limitados a la esfera económica. Se extienden a la amenaza del terrorismo
mundial -que emergió con el atentado a las Torres Gemelas del 11 de septiembre
de 2001-, el deterioro del medio ambiente, la propagación de enfermedades como
el Sida y la preocupación por la suerte de las culturas locales frente a la
cultura global.
La Argentina,
la caída del alumno estrella
Durante la década de los 90 varios países de América Latina -y, en especial,
la Argentina- adoptaron políticas claramente orientadas a la integración
en la
economía mundial. Las reformas de mercado conocidas como Consenso de
Washington -y cuyos críticos llaman neoliberales- consistían en un conjunto
de medidas de disciplina fiscal, apertura comercial, desregulación y
liberalización de la inversión extranjera directa, entre otras. Quizás ningún
país se adhirió tan fervorosamente como la Argentina, durante la presidencia de
Carlos Menem, a este conjunto de políticas. Calificado como alumno estrella
del FMI, Argentina parecía destinado a convertirse en
uno de los grandes protagonistas emergentes de la era global.
En 1995 el presidente norteamericano Bill Clinton proponía a los empresarios
de su país luchar juntos para abrirse paso en los grandes mercados
emergentes y aumentar sus exportaciones. Entre los 10 grandes mercados emergentes
mencionaba a la Argentina, junto con la Región Económica China (China, Hong
Kong y Taiwán), India, Corea del Sur, México, Brasil, Sudáfrica, Polonia,
Turquía y los países del Sudeste Asiático. Estos -decía el entonces
Secretario de Comercio, Ron Brown- son los mercados del mañana. En cada uno de
ellos hay un claro compromiso con el crecimiento económico, con mantener lazos
con el resto del mundo y continuar con las reformas económicas.
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De acuerdo con algunas opiniones, la Argentina debía integrarse a la economía
mundial apoyándose en sus ventajas comparativas para la producción
agroganadera, que se verían potenciadas por la globalización. Quien fuera un
influyente asesor del gobierno de Menem, Jorge Castro, sostenía en 1997 que los procesos de acumulación que no se basan en las ventajas comparativas
están ahora en crisis. No resisten la exigencia prácticamente excluyente del
aumento incesante de la productividad. Es probable que este sea el trasfondo
de la crisis (de 1997) de los países asiáticos. También la razón de la fuerza
de la Argentina. Ante todo, del vigor de su industria agroalimentaria como
fuente de acumulación a escala mundial.
La Argentina creció a un ritmo sólo inferior al de China durante la primera
mitad de los 90. Pero en 1995 se produjo la crisis del peso mexicano, conocida
como efecto tequila, que afectó seriamente a Argentina por medio de una
fuerte fuga de capitales. Desde entonces la Argentina no pudo recuperar una
senda firme de crecimiento. Los volátiles mercados financieros internacionales
generaron las crisis del Sudeste Asiático, Rusia y Brasil. La Argentina entró
en profunda recesión y, finalmente, a fines de 2001, sufrió el mayor default
de su historia.
La caída del alumno estrella, fue uno de los titulares más resonantes de la
prensa internacional. Aunque el análisis de las causas del derrumbe argentino
es y seguirá siendo por mucho tiempo motivo de debate -en especial por la
influencia del sistema cambiario casi único que fue la Convertibilidad-, es
indudable que las visiones más optimistas sobre la globalización han sufrido
un golpe, del mismo modo que se han puesto en cuestión o revisión las
políticas del Consenso de Washington y el rol del Fondo Monetario
Internacional.
Entre los shocks externos que influyeron en el colapso económico de la
Argentina se encuentra, además de las crisis financieras, la caída en el
precio de los commodities o
materias primas. En el informe 2001 de competitividad mundial
del Foro Económico Mundial ya se señalaba como causa fundamental de
la
crisis la falta de sofisticación tecnológica y de capacidad de innovación
científica de la economía argentina, que la obligaba a competir en el mercado
internacional en base a precios, pero con el agravante de un tipo de cambio
sobrevaluado.
De modo parecido, el Banco Mundial enfatizaba en su estudio sobre
Globalización, Crecimiento y Pobreza que las dificultades de algunos países
africanos y de la ex URSS para integrarse ventajosamente a la economía mundial
residían en que sus exportaciones están usualmente confinadas a una estrecha
franja de commodities primarios, situación que hacía a esas economías muy
propensas a sufrir shocks comerciales.
Los
Foros de Davos y Porto Alegre
Entre el 31 de enero y el 5 de febrero la crisis argentina compartió la
atención de los medios de comunicación de todo el mundo con el debate sobre
las dos visiones de la globalización que tenían lugar en Nueva York y Porto
Alegre. En el hotel Waldorf Astoria de la Gran Manzana -en la ciudad elegida
como un gesto de solidaridad con las víctimas del 11 de septiembre, después de
tres décadas de reunión en la ciudad suiza de Davos-, el Foro Económico
Mundial convocó a líderes mundiales y a más de 3.000 políticos y empresarios
para discutir sobre el liderazgo en tiempos de fragilidad o, como describió Klaus Schwab,
sobre nuestra impotencia ante hechos incontrolados de
terrorismo, pero también eventos como la caída de la Argentina o de empresas
como Enron o Swissair.
Mientras tanto, en Brasil, participaban del Foro Social Mundial 50.000
personas y 5.000 organizaciones no gubernamentales bajo el eslogan
Otro Mundo
Es Posible, planteando una
crítica y visión alternativa de la globalización que viene proponiendose
en Davos.
El Foro Económico Mundial fue creado en 1971 por iniciativa de Klaus Schwab,
un profesor de Administración de Empresas de la Universidad de Ginebra, con el
fin de definir prácticas globales para los negocios. Comenzó como un espacio
en el que participaban líderes europeos en encuentros informales. Con el
tiempo ha llegado a convocar a un selecto grupo de líderes, especialmente del
Primer Mundo, que se reúnen todos los años en la estación de esquí de Davos,
Suiza, para discutir la agenda global.
Los temas centrales que se trataron en Nueva York fueron la crisis argentina,
la recesión en países del Primer Mundo, el ataque del 11 de septiembre y el
caso Enron. Las cuestiones generales giraron en torno a la necesidad de
recuperar el crecimiento económico sostenido, así como de establecer un
conjunto de valores comunes y normas internacionales de conducta que ayuden a
evitar el choque de culturas. También se debatió el nuevo rol de los gobiernos
y las empresas, la promoción del desarrollo económico para reducir la pobreza
y mejorar la equidad social, y qué medidas adoptar para hacer frente a la
vulnerabilidad ante las nuevas manifestaciones del terrorismo.
Stanley Fischer, ex subdirector del Fondo Monetario
Internacional, sostuvo que los únicos países que crecen y prosperan en el
mundo se han integrado plenamente a las reglas de la economía internacional,
aunque en esta edición del Foro se hizo hincapié en que la globalización
debía
estar acompañada de acciones gubernamentales y sociales.
En las reuniones, en los pasillos del Waldorf Astoria y en
los carteles de los manifestantes antiglobalización, la Argentina fue uno de
los temas dominantes. Dijo Bill Clinton: He llorado por la Argentina. El
secretario del Tesoro de EEUU, Paul O´Neill, dedicó la mayor parte de su
discurso al impacto de la crisis argentina. En uno de los almuerzos del Foro
mostró su habitual dureza al comentar que los carpinteros
y plomeros estadounidenses no pueden pagar por las decisiones erróneas de los
que manejan la economía del país.
Hubo un panel específico para discutir la situación
argentina. Stanley Fischer atribuyó la crisis a la rigidez del sistema cambiario
y la consideró una de las peores de las vistas por la inhabilidad de
los políticos para colaborar entre sí. Juan Llach, en su calidad de director del
Departamento de Economía del IAE-Universidad Austral, destacó la necesidad de
una reforma impositiva que permita a las provincias recaudar sus propios
impuestos y de una reforma estatal para reducir los costos de la política. El
empresario Arturo Acevedo, de Acindar, se mostró optimista sobre el futuro del
país: Hay una nueva generación que traerá de la mano nuevos partidos
políticos y nuevas ideas. Son los jóvenes que hasta hoy no se hubieran imaginado
participando políticamente, pero que van a sacar el país adelante.
Una
visión muy diferente fue la de Porto Alegre, donde la crisis argentina se
utilizó para ilustrar lo que se denominó el fracaso al que condujo el modelo de
liberalización financiera, privatizaciones y reducción de barreras comerciales.
El Movimiento Global de Ciudadanos se ha especializado en la realización de
actos paralelos a las grandes reuniones internacionales de líderes económicos y
políticos. Así nació el Foro Social Mundial, que se realizó por primera vez en
enero de 2001, también en forma paralela a la reunión de Davos. En su versión
2002 logró duplicar la cantidad de asistentes, con delegaciones de Argentina,
Brasil, Francia, Italia, Canadá, Estados Unidos, países asiáticos, africanos y
latinoamericanos. La sede no fue elegida al azar: Porto Alegre es administrada
por un alcalde del Partido de los Trabajadores y cuenta con un sistema por el
cual los ciudadanos participan en el diseño del presupuesto municipal.
El
Foro Social buscó en buena medida desprenderse de la imagen de antiglobalización,
porque, según expresaron reiteradamente sus participantes, buscan otro tipo de mundialización,
centrado en las personas y no en el mercado. El sociólogo
portugués Boaventura de Souza Santos prefirió hablar de globalización
alternativa.
Entre las conclusiones hubo un llamamiento a suprimir los paraísos fiscales y
cancelar la deuda externa de los países pobres. También se exigió la
descentralización y democratización de las autopistas de la información, el fin
de la manipulación genética de los productos agrícolas, el freno a la tala
desmedida de bosques y la imposición de un gravamen a las transacciones
financieras especulativas.
El
lingüista Noam Chomsky argumentó sobre las diferencias entre Porto Alegre y
Davos: Las organizaciones congregadas en Porto Alegre no se oponen a la
globalización en cuanto ésta sea una globalización solidaria, centrada en los
derechos y necesidades de toda la humanidad y no en los designios de los
sibaritas de Davos... A Porto Alegre no vinieron los antiglobalización, al
contrario: los trabajadores y los movimientos de solidaridad buscaron
globalizarse desde siempre. Sí, se oponen a una forma particular de integración
económica internacional que esos amos del universo concibieron en defensa de
sus propios intereses, como si los de la población en su conjunto fueran
accesorios.
El
sindicalista chileno Eulogio Rivera afirmó que el Foro Social Mundial no está
en contra de la globalización, sino que propone una vía alternativa, en la cual
los pueblos, a través de organizaciones democráticas, puedan decidir qué uso se
da a sus recursos.
Globalización versus Alterglobalización
La publicación de los términos del AMI fue el detonante para la creación de
diversas
plataformas y ONGs que están en contra de la globalización económica. Se
trata de un grupo muy heterogéneo de individuos y
organizaciones que recién ahora comienzan a recuperar el terreno en la
batalla ideológica. Gracias a organizaciones especializadas, que actúan como
grupos de presión mediática y política, aquellos que se oponen a la política de
la OMC, el FMI y el Banco Mundial han conseguido hacer llegar el mensaje de que
otro mundo es posible si se opone un control exhaustivo, estatal y/o ciudadano,
a las actividades de las corporaciones multinacionales, así como un intenso
programa de redistribución de la riqueza a escala mundial.
La red de redes, nacida y desarrollada bajo un espíritu libertario que sólo se
comenzó a truncar con la
irrupción masiva de capital a mediados de los años 90, ha sido el vehículo
ideal para canalizar las propuestas de los grupos y asociaciones que se oponen
al modelo neoliberal. Ese espíritu libertario perdura en las webs de
contrainformación y en las plataformas digitales que cada organización posee.
Gracias a ellas, las protestas de Seattle, Gotemburgo o Génova, así como la
cumbre alternativa de Porto Alegre, han podido ser planeadas y ejecutadas a
nivel internacional.
La novedad fundamental del movimiento antiglobalista con respecto a otros
movimientos más o menos contestatarios es su composición heterogénea. ONGs,
sindicatos, grupos
ecologistas, grupos indigenistas y destacados intelectuales cristianos y
progresistas han sustituido a los partidos políticos en cuanto a participación
política ciudadana, lo que causa recelo entre la clase política tradicional.
Algunas de las organizaciones más importantes en la lucha contra la
globalización son ATTAC,
Human Rights Watch,
Amnistía
Internacional,
Greenpeace
o
International Forum of Globalization.
La organización puntera en la
lucha contra el pensamiento neoliberal es ATTAC (Acción
por la Tributación de Transacciones Financieras y Ayuda al Ciudadano). Para
empezar, es en ATTAC donde se encuentran tres de las voces más autorizadas y
destacadas en el tema.
Ignacio Ramonet, director de
Le Monde Diplomatique,
y
Susan George, autora del controvertido y brillante Informe
Lugano, cuyas intervenciones en debates suelen ser demoledoras.
O Vivianne Forrester, autora de El horror económico y
Una extraña dictadura. ATTAC
propone como medida obligatoria la Tasa Tobin,
un impuesto ideado por
el economista
estadounidense
James Tobin,
premio Nobel de economía en 1981,
que gravaría las transacciones financieras especulativas.
De acuerdo con algunas estimaciones, una tasa de 0,1% podría recaudar anualmente
160 mil millones de dólares,
que devendría en ayuda económica a las naciones más desfavorecidas.
Estos fondos, sostienen, se deberían utilizar para preservar y reparar el medio
ambiente e incluir en la economía mundial a los miles de millones de personas
que hoy no participan en ella, proporcionándoles alimentos, agua potable,
vivienda, salud básica y educación. Esta inversión tendría el efecto de
reactivar, por otra parte, la economía mundial.
Otra de las demandas es la abolición o alivio de la deuda de los países del Sur.
Algunos proponen la eliminación del FMI, mientras otros pretenden reformarlo
para que ayude a los países que sufran problemas temporales en su balanza de
pagos e intervenga en el caso de las deudas vencidas mediante mecanismos de
condonación, reducción y procedimientos ordenados de quiebras. También impulsan
la transformación de la Organización Mundial del Comercio.
Desde otra perspectiva, el Banco Mundial promueve el mejoramiento de la
arquitectura internacional para la integración. Por ejemplo, mediante la
eliminación por parte de los países del Norte de las barreras proteccionistas
que impiden el acceso a sus mercados de los productos en los que el Sur tiene
ventajas comparativas. Estos acuerdos de liberalización comercial no deberían
imponer determinados estándares laborales o ambientales a los países en
desarrollo. También considera necesario que estos últimos mejoren sus climas de
inversión a través del control de la corrupción, el buen funcionamiento de la
burocracia, la protección de los derechos de propiedad y una adecuada
infraestructura de transporte y telecomunicaciones. Los países requieren buenas
instituciones y políticas financieras para que su integración a los mercados
globales de capitales no los dejen expuestos a los shocks causados por los
ciclos irracionales de euforia y pánico.
También impulsaría el mejoramiento de los servicios de educación y salud; la
implementación de mecanismos de protección social en conjunción con un mercado
laboral dinámico propio de una economía abierta; un aumento de la ayuda
internacional para llenar el retraso con el que habitualmente llega la inversión
privada cuando un país de ingreso bajo mejora su clima de inversión; el alivio
de la deuda externa y una efectiva cooperación global para hacer frente a los
problemas ambientales.
De
acuerdo con el Banco Mundial, nuestra agenda se superpone en parte con la de
aquellos que protestan contra la globalización, pero es diametralmente opuesta
al nacionalismo, proteccionismo y romanticismo anti-industrial.
El
premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz muestra que la globalización tiene
tanto aspectos positivos -por ejemplo, el mejoramiento de la salud y el comienzo
de una sociedad civil global- como un lado oscuro, relacionado
especialmente con los efectos adversos de la liberalización de los mercados de
capitales, que son altamente volátiles. Esa volatilidad impide el crecimiento
y aumenta la pobreza. Para Stiglitz, el FMI ha cumplido un rol negativo al hablar sobre la
importancia de la disciplina proporcionada por los mercados de capitales.
Hoy, en gran parte del mundo en desarrollo -observa-,
la globalización está siendo cuestionada. En América Latina La gente se
está preguntando: ¿Ha fallado la reforma o ha fallado la globalización? La
distinción es quizás artificial, pues la globalización estaba en el centro de
las reformas. El presente muestra algunos signos positivos, como un mayor
reconocimiento de las desigualdades en la arquitectura económica global, que se
ha traducido también en un cambio en la retórica de las instituciones económicas
internacionales. Ahora hacen falta, señala Stiglitz, reformas serias referidas a
quiénes toman las decisiones y a cómo se implementan, que deben encararse por
medio de una alianza mundial para reducir la pobreza, crear una sociedad global
y mejorar el medio ambiente.
Entre
estas últimas, ya para finalizar, puramente económicas también hay otras de
carácter ecologista, como la progresiva desaparición de
armas
y plantas nucleares, una moratoria a la deforestación masiva en Sudamérica o el
establecimiento de santuarios ecológicos.
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