|
|
Del mismo modo
que Nasrudin, Idries Shah enseñó a través del arte de las narraciones.
Involucrado
en gran número de empresas de corte humanitario,
académico, científico y comercial, destacando su participación
en la fundación del Club de Roma, del que emanó el famoso Informe
sobre los Limites del Crecimiento. Su
enseñanza fue su contar, y su vivir fue su encarnar la tradición sufi en toda su
expresión. Los sufis han dicho que les tomó 800 años de trabajos preparatorios
conseguir que el Islam los aceptara. A Shah le tocó vestir al sufismo con
atuendos occidentales, demostrando que el alma del sufismo puede cubrirse
legítimamente con los ropajes de cualquier cultura.
Existe un alma espiritual profunda en Oriente, lo hemos
reconocido. Pero la vinculamos más con las tradiciones nacidas en China y la
India que al mundo musulmán, al que asociamos el sufismo. Esta dificultad para
aceptar dicha tradición milenaria como una de las grandes fuentes espirituales
de la humanidad obedece a nuestra atávica dependencia de los arquetipos
colectivos inconscientes. Por ello seguimos temiendo y rechazando al sarraceno
que tiene en ascuas a nuestro mundo occidental..
Pero Idries Shah supo vencer esta barrera al vestir al sufismo con atuendos
occidentales, y demostrando que el alma del sufismo puede cubrirse legítimamente
con los ropajes de cualquier cultura.
Idries Shah, sabio y escritor, considerado el principal maestro del sufi
contemporáneo, produjo más de 35 libros que han vendido hasta la fecha más de 15
millones de ejemplares. Estuvo involucrado en un gran número de empresas de
corte humanitario, académico, científico y comercial, destacando entre ellas su
participación como socio fundador del Club de Roma, del que emanó el famoso
Informe sobre los Limites del Crecimiento, concepto que a poco andar se lo
tragó el frenesí posmodernista. También fue asesor de numerosos monarcas y jefes
de estado; pero, sobre todo, fue narrador de cuentos, un maestro que ocupó
lo mejor de su tradición para hacer llegar a Occidente el mensaje de esta
tradición espiritual milenaria.
No fue difícil -argumenta Shah, a pesar de todas
las dificultades que debió enfrentar- presentar a
Occidente los muchos aspectos y la presente importancia del sufismo, dados dos
requisitos previos: libertad de publicación, y una creciente insatisfacción, en
muchas culturas, con autoridades obtusas e ignorantes.
Si osáramos afirmar que la vida de Idries Shah es una gran fábula, inventada de
principio a fin por Mulla Nasrudin, ¿acaso estaríamos falseando la verdad? ¿O
nos situaríamos, por el contrario, en el centro de la tradición sufi,
permitiendo -en el mismo acto, por un momento- que
nuestros queridos lectores no
supieran cuál es el real valor de verdad de aquella realidad que tomamos como
verdadera?
Sin embargo, Idries Shah es real. Tan real y tan contemporáneo que sólo en el
reciente 23 de noviembre de 1996 el mundo llorór su muerte. ¿Y quién es
Nasrudin? El es una ficción sufi. Un personaje legendario que habría sido
inventado por los derviches, si bien nadie se resigna a creerlo definitivamente.
Su nombre completo es Mulla Nasrudin, aunque también le llaman Mulaj Nassr
Eddin. Desconocido para Occidente, Idries Shah nos lo presentó en sus libros,
dándose con ello a conocer a sí mismo. Por medio de ambos, el sufismo se ha ido
expandiendo en este lado del planeta.
Los relatos sobre Nasrudin se cuentan por cientos, y narrados en las
tertulias de las caravanas, en los hogares y aún en programas radiales a lo largo y ancho de todo el Asia. Quien
los narra entretiene efectivamente a su auditorio porque, en un nivel
superficial, las historias tienen siempre un carácter humorístico; pero también
contiene un segundo nivel de lectura más profundo, que tiende un puente, como
dice el mismo Idries Shah en su libro Los Sufis,
entre la vida mundana y una
transmutación de la conciencia, de una forma que ninguna literatura ha sido
capaz de alcanzar.
Del mismo modo que Nasrudin, Idries Shah enseñó a través del arte de las
narraciones. Su enseñanza fue su contar, y su vivir fue su encarnar la tradición
sufi en toda su expresión. Shah introdujo el sufismo en el Occidente
contemporáneo, aportando con ello las esperanzas de renacimiento de nuestra
época la sabiduría de esta milenaria tradición espiritual.
La tradición sufi ha envuelto siempre en el misterio a Nasrudin, manteniéndolo
en el limbo entre origen histórico y uno ficticio. Los eruditos de todos los
tiempos -contra cuya pedantería este personaje siempre afila sus dardos- se han
devanado los sesos tratando, infructuosamente, de descifrar las trazas de su
origen.
Relata Idries Shah que un intelectual contemporáneo visitó a un derviche para
solicitarle alguna pista que le permitiera demostrar finalmente la condición de
personaje histórico de Nasrudin, a lo que recibió esta respuesta: Podría usted
soltar una araña sobre un charco de tinta, y observar las marcas que va dejando
al salir. Esto quizás le daría una fecha exacta o algún otro indicio. Pero eso,
sobre todo, la gente del pueblo la que se ha encargado de darle vida a este
personaje, llegando a crearle una biografía, y aún a consignarle un lugar a la
tumba donde reposarían sus restos.
La verdadera vida de Shah
Para conocer los datos ciertos de la vida de Shah no se hace necesario recurrir
a las patas entintadas de una araña; basta con digitar su nombre en la pantalla
y bajar una pagina de Internet, para establecer su nacimiento en Simla, India,
el 16 de junio de 1924.
Y si seguimos recorriendo con la mirada la pantalla de nuestro computador, en
esta verdadera locura de coexistencia de mil tiempos distintos que nos trae este
principio de siglo, descubriremos cómo la tecnología más moderna pone ante nuestros
ojos la imagen de un maestro arraigado a las fuentes más ancestrales de la vida.
Nacido en el seno de una familia hashemita, su árbol genealógico y títulos
-confirmados y acreditados en 1970 por doctores de la ley del Islam- lo
vinculan, y nos remontan, al propio profeta Mahoma.
Y los cruces continúan, pues su madre era occidental: escocesa, aunque ya hemos
aprendido a no asombrarnos de esta confluencia entre la India e Inglaterra, que
se ha hecho patente en las vidas de tantos maestros espirituales contemporáneos
que hemos leído en estas paginas. En Gran Bretaña conoció al padre de Idries
Shah, el escritor y respetado pensador Sirdar Ikbal Ali Shah, quien a la sazón
estudiaba medicina en Edimburgo. Este especial matrimonio se fue a vivir a las
tierras altas de Afganistán, en Pagham, residencia tradicional de la familia
paterna, lugar donde nació Idries.
Tal como su padre antes, se sintió en casa tanto en Oriente como en Occidente.
Fue educado por tutores privados europeos y del Oriente medio, y también se
formó en extensas travesías y múltiples encuentros con personas de enseñanza, lo
que caracteriza el método sufi de educación y desarrollo. Vivió gran parte de su
vida en Inglaterra, cerca de Tumbridge Wells. Cursó estudios durante una breve
temporada en el Saint Catherine's College, de Oxford, y asumió las maneras de un
típico británico. Se casó con Cynthia (Kashfi) Kabraji en 1958, a sus 34 años, y
de este matrimonio nacieron un hijo y dos hijas.
Paciencia de Sufi
Los sufis han dicho que les tomó 800 años de trabajos preparatorios
conseguir que el Islam los aceptara. Esto pone de manifiesto, como mínimo, que
poseen una mirada de largo plazo sobre los procesos del desarrollo de la
espiritualidad humana.
Paradójicamente, al final de este proceso, es el islamismo el que proclama al
sufismo como algo de su propiedad, refiriéndose a él como una secta islámica
mística. Los sufis no se dedican a polemizar sobre este tipo de afirmaciones,
pero, ¿puede sostenerse una interpretación como esa cuando el sufismo
-aún con
mayor paciencia- se ofrece a Occidente sin revestirse al Islamismo?
Surge entonces la validez de la postura sufi, y con ello la interpretación de
los hechos que consigna que en ciertas épocas las escuelas espirituales ofrecen
su sabiduría a las culturas o religiones que estén dispuestas a escucharlas, o
bien aportan el material que da finalmente nacimiento a una nueva religión.
Shah dice que cualquier reaparición del sufismo ocurre siempre con los ropajes
de las culturas en donde busca sembrar; en su forma nunca será algo exótico o
extravagante para ese mundo, para evitar así el rechazo, y favorecer así a que
las personas lleguen a su esencia.
A esta penetración ha contribuido desde siempre Nasrudin. Tanto impacta
la sabiduría popular llena de ironía de este personaje, que diversas culturas lo
han acogido sin saber que dejan entrar un verdadero caballo de Troya de una
propuesta mística espiritual. Como ejemplos pintorescos de esta penetración, la
Sociedad Británica para la Promoción del Conocimiento Cristiano publicó un libro
con varios de sus relatos, y el gobierno ruso realizó una película llamada las
aventuras de Nasrudin, incluso los griegos, que son reacios a incorporar
elementos de la civilización árabe, aceptan a Nasrudin como parte de su herencia
cultural.
Y más aún, se dio la paradoja de que el Ministerio de Información de Turquía
publicó una selección de chistes de este supuesto predicador musulmán arquetipo
del místico sufi, al mismo tiempo que por ley disolvía las ordenes de derviches,
los iniciados de la corriente esotérica que creó a Nasrudin.
Con ropaje occidental
Siguiendo sus preceptos, Shah revestiría sus enseñanzas, pero sobre todo su
vida, con el ropaje de Occidente. Y qué más adecuado para la obtención del
permiso que le permitiría propagar ideas en nuestro mundo que convertirse en
escritor. Así, escribió más de 35 libros y más de 100 monografías académicas.
Sus libros, principalmente dedicados a difundir la enseñanza del sufismo,
tuvieron tiradas de venta que envidiarían los best-sellers, llegando a superar
los 15 millones de ejemplares vendidos, en 12 idiomas.
|
 |
|
|
Junto con el oficio de escritor, asumió, pasados los treinta años de edad, como
Director de Estudios del Instituto para la Investigación Cultural, una fundación
educacional que investigaba y publicaba temas de cultura comparada respecto del
pensamiento y la conducta humana. Cuando actuaba en dicho cargo, fue invitado a
dictar conferencias en varios lugares, incluidas la Universidad de Stanford, en
EEUU., y la Universidad de Génova, en la que era profesor visitante.
Finalmente, y nada se podría como más adecuado, incursionó en el mundo
empresarial. A partir de esta última experiencia, y por conocimiento de la
lógica comercial de Occidente, sabía que la circulación de libros estaría
siempre gobernada, como todo lo que es comunicación masiva, por los rankings de
venta. Ello lo llevó a fundar una editorial, la Octagon Press, con el fin de
mantener en circulación sus libros cuando las casas editoriales lo retiraran de
sus listas. Además de este propósito, estaba el de crear una línea de
publicaciones que estableciera un contexto histórico y cultural amplio sobre el
pensamiento y la acción sufis. Tuvo, además, un tercer objeto en esta empresa,
referido a generar información sobre Afganistán, previendo la importancia de
esta labor como una tarea de registro y preservación cultural, en vísperas de la
trágica devastación de ese país.
Del mismo modo que Shah buscó asemejarse a las occidentales, desarrolló desde
adentro los elementos para establecer lo que lo diferenciaba. Soy de
ustedes pero no soy igual que ustedes, sería un mensaje táctico que le podríamos
atribuir.
En su vida cultivó relaciones con personas de todas las clases sociales y todos
los estamentos, desarrollando, además, una personalidad multifacética, que
combinaba un sentido de alta autoexigencia y logros personales con una acción de
servicio y de educación a los demás. También fue poseedor de una actitud liviana
y llena de humor ante la vida. Además de ser un incomparable narrador de cuentos
e historias, fue también un excelente cocinero. Los afortunados invitados a
alguna de sus cenas viajaban desde distintos puntos del mundo para no
perdérselas.
También era usual verlo deambulando en ferias de antigüedades -aún en sus
últimos meses de vida- buscando piezas exclusivas, tanto de Oriente como en
Occidente, para lo cual había desarrollado una especial habilidad. Muchas
personas han dado testimonio de cómo las enseñanzas que les brindó este sabio
maestro espiritual producía un beneficio directo para su desarrollo profesional
en los más variados campos.
Cuenta Doris Lessing, la afamada escritora británica, que los jóvenes
científicos se acercaban a Shah para preguntarle: ¿Qué es lo que usted posee,
aparte de su tradición y que los modernos investigadores podamos utilizar, que
podamos haber pasado por alto, o quizá ni siquiera sospechar que existía? Un
musicólogo testimonió que Shah lo ayudo a descifrar canciones antiguas del
Egipto, que no habían sido tocadas o cantadas durante más de 3500 años y que
fueron posteriormente transmitidas por la radio BBC de Londres. Un científico
que fue honrado durante la Segunda Guerra Mundial por sus inventos en radares
para la Marina, asegura que muchos años ante Shah lo ayudó en la investigación y
el desarrollo de sus patentes pioneras en ionización. Un destacado arquitecto
ingles también le reconoce gran influencia en la dirección que tomaron sus
propuestas sobre urbanismo. Por todo ello, Doris Lessing afirma: He observado
lo que sucedía: una simple pregunta abría todo un nuevo campo. Y todo un nuevo
mundo, nos atreveríamos a agregar.
Shah y los eruditos
Se cuenta que Nasrudin transportaba en balsa de una orilla a otra a un erudito,
quien, aprovechando la ocasión para entablar un diálogo, le preguntó si había
aprendido gramática, a lo que nuestro héroe responde que no. El erudito le dice
que con ello ha perdido la mitad de su vida. A su vez Nasrudin le pregunta al
erudito si ha aprendido a nadar, a lo que este contesta que no. Entonces
-le responde- habrá perdido usted toda su vida, porque nos estamos hundiendo. Este
relato ilustra el sentido practico del sufismo, e ironiza sobre lo poco
relevante que es, en la senda de un camino espiritual, el intelecto lleno de
erudición. Se puede inferir aquí en una analogía con el efecto que producen los
Koan del Zen, donde la respuesta del maestro interrumpe la cadena lógica del
pensamiento lineal o intelectual, para permitir al discípulo la visión de una
verdad más trascendente.
Periodistas occidentales, caracterizados por su ojo de águila, y habiendo
probablemente leído algunas referencias a Nasrudin, postularon en algunos
artículos de prensa que el caballo de batalla de Shah para exponer sus
enseñanzas en Occidente era atacar a los eruditos. Un amigo cercano le preguntó
al sabio sufi si esto era así, a lo que Shah respondió: Yo he criticado sólo
a los catedráticos indignos y triviales. El hecho de que algunos académicos
piensen que me dirijo a ellos personalmente debe ser interpretado por un
psicólogo, no por mí... El verdadero catedrático, por otra parte, tiene un
sentido del humor que los eruditos triviales no tienen. Luego reflexionó por
un momento, para agregar que en todo caso, todo eso era historia del pasado: Unos
eruditos me atacaron, otros eruditos me defendieron. Ahora siguen peleando entre
ellos. Yo no tengo parte en esa disputa; es entre terceras partes.
Apaleando a Occidente
Hacia 1964, habiendo cumplido Shah cuarenta años, dio a luz el libro Los
Sufis, que marcaría un hito, tanto en su presencia pública como en el
conocimiento de Occidente sobre esta escuela milenaria. Todo lo divulgado
anteriormente había sido escrito por estudiosos, escolásticos, en dos palabras,
por no-sufis. A poco andar este libro se convirtió en un clásico, pues se
reconoció en él la presencia de una tradición mística genuina.
Ante la pregunta que le formuló un estudiante acerca de otro de sus libros, La
sabiduría de los Idiotas, Shah afirmó que la fraternidad sufi sostiene tres
cosas: que la enseñanza sufi conduce a un reino de iluminación humana superior;
que aunque su enseñanza cambie en sus formas exteriores, el sufismo ha existido
siempre; y que la finalidad de la enseñanza es provocar experiencias que
conduzcan a un conocimiento elevado.
Más aún, agregaba que los sufis postulan que todo aquello que proclamamos como
logros de Occidente forma parte del conocimiento sufi desde siglos atrás: las
teorías sobre la evolución, por ejemplo, o el poder contenido en el átomo. Sin
contar que los conceptos psicológicos y sociológicos de esta tradición están muy
por delante de su respectivo conocimiento occidental, al punto que Shah se
solazaba en llamar ciencias infantiles a nuestra antropología y psicología.
Ilustraba esto último afirmando que las enseñanzas de Freud y Jung debían ser
rastreadas en Al Ghazzali e Ibn El Arab, quienes vivieron en el siglo XII,
habiendo el primero escrito bastante sobre el tema del condicionamiento.
Doris Lessing, en su introducción al libro Aprender a
Aprender, de Shah,
agrega agua al molino afirmando que nuestros contemporáneos afirman con toda
facilidad y rapidez que todos estamos condicionados, pero no se toma mucho la
molestia en averiguar cómo. Menos aún, de intentar escapar de sus mecanismos.
Ella, que durante más de treinta años siguió las enseñanzas sufis, no duda en
decir que ellos, desde su conocimiento, nos ven como retrasados, bárbaros,
faltos de elementos e información, primitivos... A pesar de ello, Shah, con
gran experiencia, se dedicó durante muchos años a responder a las miles de
cartas que le llegaban, aunque anhelaba siempre recibir preguntas más
instruidas, más complejas y basadas en una mayor autocomprensión.
En Aprender a Aprender -justamente una compilación y selección de su nutrida
correspondencia- aparece, en medio de su paciencia, esta
condescendiente mirada sufi a nuestros contemporáneos. Dice así: Después de
escuchar a algunos cientos de personas que explican cómo se sienten, y después
de leer algunas docenas de cartas de buscadores, hasta una maquina vería con
seguridad el esquema de suposiciones triviales con que trabajaban, incluso los
más apasionados, y
refiriéndose luego al creciente interés en ciertos círculos por la creación de
grupos de trabajo personal, afirma lapidario que los que no tienen cabeza
para leer libros, se excitan por el contacto personal.
Más descarnado aún es un cuento que solía contar Shah, y que asegura que es de
relato común de la India. Trata de un estudiante indio en EEUU, quien oyó de
un compatriota suyo que enseñaba espiritualidad hindú a occidentales. Estaba
establecido allí, pero pasaba la mayor parte de su tiempo en su ashram cerca de
Delhi. El joven estudiante, de regreso a la India, buscó al gurú para
convertirse en su discípulo, pero el asistente del gurú le señaló que sólo
aceptaban a Europeos y norteamericanos. El joven, estupefacto, le señala que los
días de discriminación colonialista habían pasado. Entonces, aparece el propio
gurú quien le explica cálidamente que se trataba de otra cosa: ¿Has visto
realmente a la espantosa gente que quiere beber en profundidad la espiritualidad
hindú? Estoy tratando de proteger a mi país de ellos.
El modo de enseñanza Sufi
Durante muchos siglos el sufismo ha entregado su conocimiento por medio de
historias o cuentos con enseñanzas, porque su efecto en las zonas interiores
de la mente humana son directas y seguras, al decir de Shah. Las historias no se
resisten a una interpretación, es decir, a una metalectura; se las debe dejar
ser y dejar hacer. Son extraordinarias, y nunca vemos que se dejen arrastrar por
el sentimentalismo. Las historias son -y transmiten- la enseñanza:
Un día Nasrudin entró a la tienda de un hombre que vendía toda clase de
objetos.
- ¿Tienes cuero?
- Sí.
- ¿Y tachuelas?
- Sí
- ¿Y tintura?
- Sí
- Entonces, ¿por qué no te haces un par de botas?
Explica Shah que el relato subraya la misión del maestro místico, esencial en el
sufismo, que ofrece al presunto estudioso el punto de partida para hacer algo, y
este algo, es el trabajo propio, pero dirigido, que constituyen la
característica más relevante de la enseñanza sufi.
Para reafirmar este punto, una vez contó acerca de su propio proceso de
aprendizaje. Cuando vivía en uno de los centros de enseñanza sufí, le surgió la
pregunta de por qué todas las personas que iban por enseñanza debían trabajar en
tareas practicas como jardinería, aseo y otras, en circunstancias en que había
muchos estudiantes muy adinerados y muy importantes. Pregunto a su maestro por
que no contrataba trabajadores especializados para esas tareas, dejando a los
discípulos más tiempo para el estudio.
Como es costumbre entre los sufis -relata-, me dijo que me fuera y encontrara
las respuestas por mí mismo, y luego volviera cuando las tuviera, para ver hasta
donde yo estaba efectuando solo preguntas frívolas. De modo que pase tres o
cuatro semanas meditando sobre el asunto. Primero, puse por escrito todas las
posibles razones que se ocurrieran, luego eche un vistazo a la forma en que se
hacían las cosas, estudiando la vida a través de la vida, hasta que llegue a las
respuestas.
Así, a través de los relatos, los sufis van abriendo una visión completa sobre
la condición humana:
Un día, el mullah entró en una tienda. El propietario se
acercó a él para atenderlo.
- Lo primero es lo primero -dijo Nasrudin- ¿me has visto entrar a tu tienda?.
- Naturalmente.
- ¿Me habías visto alguna otra vez?.
- Ni una sola en toda mi vida.
- Entonces, ¿cómo sabes que soy yo?
Idries explica que aquí se pone de relieve la falsedad de la creencia general de
que el hombre posee una conciencia estable. Merced a impactos internos y
externos, la conducta de casi todo el mundo varia de acuerdo con su estado de
animo y salud (...) En el sufismo, es toda la conciencia la que en definitiva
debe ser transformada, comenzando por el reconocimiento de que el hombre no
regenerado es poco más que una materia en bruto. Carece de naturaleza fija, de
unidad de conciencia. En su interior hay una esencia. Esta no se halla vinculada
a todo su ser, ni siquiera a su personalidad. En última instancia, nadie sabe
automáticamente quien es en realidad, pese a la creencia en sentido contrario.
|

|
|
|