El éxito en la vida podría definirse como el
crecimiento continuo de la felicidad y la realización progresiva de unas metas
dignas. El éxito es la capacidad de convertir en realidad los deseos.
No obstante, el éxito, incluyendo la creación de la riqueza, siempre se ha
percibido como un proceso que requiere esfuerzo, y que muchas veces se
logra a expensas de los demás. Necesitamos acercarnos de una manera más
espiritual al éxito y a la riqueza, que no es otra cosa que el flujo abundante
de todas las cosas buenas hacia nosotros y hacia los demás, pues
en la medida que demos, obtendremos.
El éxito tiene
muchos aspectos, y la riqueza material es solamente uno de sus componentes. Pero
el éxito también se compone de salud, energía, entusiasmo
por la vida, realización en las relaciones con los demás, libertad creativa,
estabilidad emocional y psicológica, sensación de bienestar y paz. Pero ni
siquiera experimentando todas estas cosas podremos realizarnos, a menos que
cultivemos la semilla de la divinidad que llevamos adentro.
En realidad,
somos la divinidad disfrazada, y el espíritu divino que vive dentro de nosotros
en un estado embrionario busca materializarse plenamente. Por tanto, el éxito
verdadero consiste en experimentar lo milagroso. Es el despliegue de la
divinidad dentro de nosotros. Es percibir la divinidad en cualquier lugar a
donde vayamos, en cualquier cosa que veamos: en los ojos de un niño, en la
belleza de una flor, en el vuelo de un pájaro. Cuando comencemos a vivir la vida
como la expresión milagrosa de la divinidad -no de vez en cuando sino en todo
momento- comprenderemos el verdadero significado del éxito.
Antes de
definir las leyes espirituales, es preciso comprender el concepto de ley. Una
ley es el proceso por el cual se manifiesta lo que no se ha manifestado; es el
proceso por el cual el observador se convierte en el observado; es el proceso
por el cual el que contempla se convierte en paisaje; es el proceso a través del
cual el que sueña proyecta el sueño.
Toda la
creación, todo lo que existe en el mundo físico, es el producto de la
transformación de lo inmanifiesto en manifiesto. Nuestro cuerpo, el universo
físico -todo lo que podemos percibir por medio de los sentidos- es la
transformación de lo inmanifiesto, lo desconocido e invisible en lo manifiesto,
lo conocido y lo visible.
El universo
físico no es otra cosa que el yo plegado sobre sí mismo para experimentarse como
espíritu, mente y materia física. En otras palabras, todos los procesos de la
creación son procesos por medio de los cuales el yo o la divinidad se expresa.
La conciencia en movimiento se manifiesta a través de los objetos del universo,
en medio de la danza eterna de la vida.
Las leyes
físicas del universo representan en realidad todo este proceso de la divinidad
en movimiento o de la conciencia en acción. Cuando comprendemos estas leyes y
las aplicamos en nuestra vida, todo lo que deseamos puede ser creado, porque las
mismas leyes en que se basa la naturaleza. para crear un bosque, o una galaxia,
o una estrella o un cuerpo humano, pueden convertir en realidad nuestros deseos
más profundos.
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La primera ley
espiritual del éxito es la ley de la potencialidad pura. Se basa en el hecho de
que, en nuestro estado esencial, somos conciencia pura. La conciencia pura es
potencialidad pura; es el campo de todas las posibilidades y de la creatividad
infinita. Otros atributos de la conciencia son el conocimiento puro, el silencio
infinito, el equilibrio perfecto, la invencibilidad, la simplicidad y la dicha.
Ésa es nuestra naturaleza esencial; una naturaleza de potencialidad pura.
Cuando
descubrimos nuestra naturaleza esencial y sabemos quién somos realmente, ese
solo conocimiento encierra la capacidad de convertir en realidad todos nuestros
sueños, porque somos la posibilidad eterna, el potencial inconmensurable de todo
lo que fue, es y será. La ley de la potencialidad pura también podría
denominarse ley de la unidad, porque sustentando la infinita diversidad de la
vida está la unidad de un solo espíritu omnipresente. No existe separación entre
nosotros y ese campo de energía. El campo de la potencialidad pura es nuestro
propio yo.
Vivir de acuerdo
con nuestro yo, en una constante autoreferencia, significa que nuestro punto
interno de referencia es nuestro propio espíritu, y no los objetos de nuestra
experiencia. Lo contrario de la autoreferencia es la referencia al objeto.
Cuando vivimos según la referencia al objeto, estamos siempre influidos por las
cosas que están fuera de nuestro yo; entre ellas están las situaciones en las
que nos involucramos, nuestras circunstancias, y las personas y las cosas que
nos rodean. Cuando vivimos según la referencia al objeto, buscamos
constantemente la aprobación de los demás. Nuestros pensamientos y
comportamientos esperan constantemente una respuesta. Nuestra vida, por tanto,
se basa en el temor.
Cuando vivimos
según la referencia al objeto, también sentimos una intensa necesidad de
controlarlo todo. Sentimos intensa necesidad de tener poder externo. La
necesidad de aprobación, la necesidad de controlar las cosas y de tener poder
externo se basan en el temor. Esta forma de poder no es el de la potencialidad
pura, ni el poder del yo, o poder real. Cuando experimentamos el poder del yo no
hay temor, no hay necesidad de controlar, y no hay lucha por la aprobación o por
el poder externo.
Cuando vivimos
según la referencia al objeto, el punto de referencia interno es el ego. Sin
embargo, el ego no es lo que realmente somos. El ego es nuestra autoimagen,
nuestra máscara social; es el papel que estamos desempeñando. A la máscara
social le gusta la aprobación; quiere controlar, y se apoya en el poder porque
vive en el temor.
Nuestro
verdadero yo, que es nuestro espíritu, nuestra alma, está completamente libre de
esas cosas. Es inmune a la crítica, no le teme a ningún desafío y no se siente
inferior a nadie. Y, sin embargo, es humilde y no se siente superior a nadie,
porque es consciente de que todos los demás son el mismo yo, el mismo espíritu
con distintos disfraces.
Ésa es la
diferencia esencial entre la referencia al objeto y la autoreferencia. En la
autoreferencia, experimentamos nuestro verdadero ser, el cual no les teme a los
desafíos, respeta a todo el mundo y no se siente inferior a nadie. Por tanto, el
poder del yo es el verdadero poder.
El poder basado
en la referencia al objeto, en cambio, es falso. Siendo un poder que se basa en
el ego, existe únicamente mientras exista el objeto de referencia. Si uno tiene
cierto título -si es el presidente del país o el presidente de la junta
directiva de una corporación- o si tiene muchísimo dinero, el poder de que
disfruta está ligado al título, al cargo o al dinero. El poder basado en el ego
dura solamente lo que duran esas cosas. Apenas desaparezcan el título, el cargo
y el dinero, desaparecerá el poder.
Por otra parte,
el poder del yo es permanente porque se basa en el conocimiento del yo, y este
poder tiene ciertas características: Atrae la gente hacia nosotros y también
atrae las cosas que deseamos. Él magnetiza a las personas, las situaciones y las
circunstancias en apoyo de nuestros deseos. Esto es lo que se conoce también
como apoyo de las leyes de la naturaleza. Es el apoyo de la divinidad; es el
apoyo que se deriva de estar en un estado de gracia. Este poder es tal que
disfrutamos de un vínculo con la gente y la gente disfruta de un vínculo con
nosotros. Es el poder de establecer lazos -lazos que emanan del verdadero amor.
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¿Cómo podemos
aplicar la ley de la potencialidad pura, el campo de todas las posibilidades, en
nuestra vida? Si queremos disfrutar de los beneficios del campo de la
potencialidad pura, si queremos utilizar plenamente la creatividad inherente a
la conciencia pura, debemos tener acceso a ella. Una manera de tener acceso al
campo de la potencialidad pura es por medio de la práctica diaria del silencio,
de la meditación y del hábito de no juzgar. Pasar algún tiempo en contacto con
la naturaleza también nos brinda acceso a las cualidades inherentes al campo:
creatividad infinita, libertad y felicidad.
Practicar el
silencio significa comprometernos a destinar cierta cantidad de tiempo
sencillamente a ser. Tener la experiencia del silencio significa renunciar
periódicamente a la actividad de hablar. También significa renunciar
periódicamente a actividades tales como ver televisión, escuchar radio, o leer.
Si nunca nos damos la oportunidad de experimentar el silencio, esto crea una
turbulencia en nuestro diálogo interno.
Destinemos un
corto tiempo de vez en cuando a experimentar el silencio. O sencillamente
comprometámonos a hacer silencio durante un determinado tiempo todos los días.
Podrían ser dos horas, o si eso nos parece mucho, hagámoslo durante una hora. Y
de vez en cuando dediquemos un período largo a experimentar el silencio, por
ejemplo todo el día, o dos días, o hasta una semana.
¿Qué sucede
cuando entramos en esta experiencia del silencio? En un principio, nuestro
diálogo interno se vuelve todavía más turbulento. Sentimos la necesidad
apremiante de decir cosas. He conocido personas que llegan a la desesperación
total el primer o el segundo día que se consagran a guardar silencio durante un
período prolongado. Súbitamente los invade una sensación de urgencia y de
ansiedad. Pero a medida que perseveran en la experiencia, su diálogo interno
comienza a callar. Y al poco tiempo, el silencio se vuelve profundo. Esto se
debe a que después de cierto tiempo, la mente se da por vencida; se da cuenta de
que no tiene sentido insistir e insistir si el yo -el espíritu, el que decide-
no desea hablar, y punto. Luego, cuando calla el diálogo interior, empezamos a
experimentar la quietud del campo de la potencialidad pura.
Practicar el
silencio periódicamente, en el momento que más nos acomode, es una manera de
experimentar la ley de la potencialidad pura. Otra manera es dedicar un tiempo
todos los días a la meditación. Lo ideal es meditar por lo menos durante treinta
minutos por la mañana y treinta minutos por la noche. Por medio de la meditación
aprenderemos a experimentar el campo del silencio puro y la conciencia pura. En
ese campo del silencio puro está el campo de la correlación infinita, el campo
del poder organizador infinito, el terreno último de la creación donde todo está
conectado inseparablemente con todo lo demás.
En la quinta ley
espiritual, la ley de la. intención y el deseo, aprenderemos la manera de
introducir un leve impulso de intención en este campo para que la realización de
nuestros deseos tenga lugar espontáneamente. Pero primero debemos tener la
experiencia de la quietud. La quietud es el primer requisito para manifestar
nuestros deseos, porque en la quietud reside nuestra conexión con el campo de la
potencialidad pura, el cual puede organizar una infinidad de detalles para
nosotros.
Imaginemos que
lanzamos una piedra pequeña en un pozo de agua y observamos las ondas que se
forman. Al rato, cuando las ondas desaparezcan y el agua quede quieta, quizás
lancemos otra piedra. Eso es exactamente lo que hacemos cuando entramos en el
campo del silencio puro e introducimos nuestra intención. En ese silencio, hasta
la menor intención avanzará formando ondas por el terreno subyacente de la
conciencia universal, el cual conecta todo con todo lo demás. Pero si no
experimentamos la quietud de la conciencia, si nuestra mente es como un océano
turbulento, podríamos lanzar en él todo el edificio Empire State sin ver efecto
alguno. La Biblia dice: Calla, y sabrás que soy Dios. Esto es algo que
sólo se puede lograr a través de la meditación.
Otra manera de
entrar en el campo de la potencialidad pura es por medio de la práctica del
hábito de no juzgar. juzgar es evaluar constantemente las cosas para
clasificarlas como correctas o incorrectas, buenas o malas. Cuando estamos
constantemente evaluando, clasificando, rotulando y analizando, creamos mucha
turbulencia en nuestro diálogo interno. Esa turbulencia frena la energía que
fluye entre nosotros y el campo de la potencialidad pura. Literalmente,
comprimimos el espacio entre un pensamiento y otro.
Ese espacio es
nuestra conexión con el campo de la potencialidad pura. Es el estado de
conciencia pura, el espacio silencioso entre los pensamientos, la quietud
interior que nos conecta con el poder verdadero. Y cuando comprimimos el
espacio, reducimos nuestra conexión con el campo de la potencialidad pura y la
creatividad infinita.
En Un curso de
milagros hay una oración que dice: Hoy no juzgaré nada de lo que suceda.
El hábito de no juzgar crea silencio en la mente. Por tanto, es buena idea
comenzar el día con esa afirmación. Y durante todo el día, recordémosla cada vez
que nos sorprendamos juzgando. Si nos parece muy difícil practicar este
procedimiento durante todo el día, entonces sencillamente digámonos: No
juzgaré nada durante las próximas dos horas o Durante la próxima hora,
pondré en práctica el hábito de no formar juicios. Después podremos ampliar
gradualmente el tiempo.
Por medio del
silencio, de la meditación y del hábito de no juzgar, tendremos acceso a la
primera ley, la ley de la potencialidad pura. Una vez que logremos este acceso,
podremos agregar un cuarto componente a esta práctica: pasar regularmente un
tiempo en contacto directo con la naturaleza. Pasar un tiempo con la naturaleza
nos permitirá sentir la interacción armoniosa de todos los elementos y las
fuerzas de la vida, y experimentar un sentimiento de unidad con todas las cosas
de la vida. Trátese de un arroyo, un bosque, una montaña, un lago o del mar, esa
conexión con la inteligencia de la naturaleza también nos ayudará a lograr el
acceso al campo de la potencialidad pura.
Debemos aprender
a ponernos en contacto con la esencia más íntima de nuestro ser. Esa verdadera
esencia está más allá del ego. No teme; es libre; es inmune a la crítica; no
retrocede ante ningún desafío. No es inferior ni superior a nadie, y está llena
de magia, misterio y encanto.
El acceso a
nuestra esencia verdadera también nos permitirá mirarnos en el espejo de las
relaciones interpersonales, porque toda relación es un reflejo de la relación
que tenemos con nosotros mismos. Si, por ejemplo, nos sentimos culpables,
temerosos o inseguros con respecto al dinero, al éxito o a cualquier otra cosa,
estos sentimientos serán el reflejo de la culpabilidad, la inseguridad y el
temor básicos de nuestra personalidad.
No existe en el
mundo ningún dinero o éxito que pueda resolver estos problemas básicos de la
existencia; solamente la intimidad con el yo podrá hacer surgir la verdadera
cura. Y cuando estemos bien afianzados en el conocimiento de nuestro verdadero
yo -cuando realmente comprendamos su verdadera naturaleza- jamás nos sentiremos
culpables, temerosos o inseguros acerca del dinero, o de la abundancia, o de la
realización de nuestros deseos, porque comprenderemos que la esencia de toda
riqueza material es la energía vital, la potencialidad pura; y la potencialidad
pura es nuestra naturaleza intrínseca.
A medida que
logremos más y más acceso a nuestra verdadera naturaleza, también iremos
teniendo espontáneamente pensamientos creativos, porque el campo de la
potencialidad pura es también el de la creatividad infinita y el del
conocimiento puro. Franz Kafka, el poeta y filósofo austriaco, dijo alguna vez:
No hay necesidad de salir de la habitación. Basta con sentarse a la mesa y
escuchar. Ni siquiera es necesario escuchar, sólo esperar. Ni siquiera hay que
esperar, sólo aprender a estar en silencio, quieto y solitario. El mundo se te
ofrecerá libremente para ser descubierto. Él no tiene otra alternativa; caerá en
éxtasis a tus pies.
La abundancia
del universo -la espléndida exhibición y riqueza del universo- es una expresión
de la mente creativa de la naturaleza. Cuanto más sintonizados estemos con la
mente de la naturaleza, mayor acceso tendremos a su creatividad infinita e
ilimitada. Pero primero debemos dejar atrás la turbulencia de nuestro diálogo
interno, a fin de poder conectarnos con esa mente rica, abundante, infinita y
creativa. Y entonces crearemos la posibilidad de una actividad dinámica, pero
manteniendo al mismo tiempo la quietud de la mente eterna, ilimitada y creativa.
Esta exquisita combinación de la mente silenciosa, ilimitada e infinita con la
mente dinámica, limitada e individual, es el equilibrio perfecto de la quietud y
el movimiento simultáneos, el cual puede crear cualquier cosa que deseemos. Esta
coexistencia de los contrarios -quietud y dinamismo al mismo tiempo- nos
independiza de las situaciones, las circunstancias, las personas y las cosas que
nos rodean.
Cuando
reconozcamos calladamente esta coexistencia exquisita de los contrarios, nos
alinearemos con el mundo de la energía -el caldo cuántico, la cosa inmaterial
que constituye la fuente del mundo material. Este mundo de energía es fluido,
dinámico, flexible, cambiante, y está siempre en movimiento. Pero, al mismo
tiempo, es quieto, callado, eterno, silencioso y no cambia.
La quietud en sí
constituye la potencia para crear; el movimiento en sí es la creatividad
reducida a un determinado aspecto de su expresión. Pero la combinación de
quietud y movimiento nos permite dar rienda suelta a la creatividad en todas las
direcciones -a donde quiera que el poder de nuestra atención nos lleve.
A donde quiera
que vayamos en medio del movimiento y la actividad, llevemos con nosotros la
quietud. De esa manera, el movimiento caótico que nos rodea jamás nos ocultará
la puerta de acceso al manantial de creatividad, al campo de la potencialidad
pura.