Dos
monjes salen del monasterio al amanecer. Uno es un novicio muy joven y el otro
es ya adulto, más sabio y responsable. Caminan en
silencio. Cuando llegan a la orilla de un río caudaloso encuentran a una hermosa
joven consternada porque no sabe por dónde vadearlo para poder llegar a la otra
orilla.Mira a los monjes desconcertada y el
monje joven baja la cabeza deslumbrado por su belleza. El monje adulto,
conmovido por el desconcierto de la joven, se inclina ante ella y la coge en sus
brazos para cruzarla a la otra orilla.
Cruzan el río en silencio vadeándolo por los lugares
adecuados para evitar los rápidos. La joven esconde su cabeza en el hombro del
monje temerosa de ser arrastrada por el río y no poder llegar a su destino.
Al llegar a la otra orilla, el monje la deposita con
suavidad sobre la arena, se inclina ante ella con una sonrisa y prosigue su
camino. El monje joven continua sin atreverse a alzar la mirada, desconcertado
por tanta hermosura y por la libertad de la joven, mientras
recriminaba interiormente al monje mayor de su comportamiento.
Prosiguen caminando en silencio pero el monje mayor se
da cuenta de que el joven va taciturno y tenso. Con los ojos fijos en el camino
no alza sus ojos ni para contemplar el cielo, ni los árboles ni las flores de
los campos. No parece percibir el canto de los pájaros y, durante el descanso,
junto a la fuente, bebe deprisa y se retira con gesto hosco.
Al caer el día, los monjes llegan a las puertas del
monasterio que los va a acoger por esa noche y el joven, no pudiendo resistir
más, le dice al monje venerable: ¿Cómo es
posible que esta mañana, poniendo en riesgo tus votos, hayas cogido en tus brazos a una mujer tan hermosa?
Entonces el monje mayor le
sonríe y responde: Yo la dejé sobre la otra orilla,
atendiendo a su ofuscación y desconcierto, mientras que tú,
sin asistirla, la has llevado sobre ti durante todo el día,
cediendo.