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El
único sobreviviente de un naufragio llegó tras duras jornadas de
abatimiento y desesperación en la mar, deshidratado y hambriento, a una
isla deshabitada. Despertó exhausto en la
playa, gracias a que se había atado a unos restos de madera con la intención de
no ser lanzado por las olas en su semiinconsciencia.
Una vez en la isla, y mientras buscaba algo que llevarse a la
boca, pedía fervientemente a la Providencia ser
rescatado. Y cada día
miraba al horizonte en busca de una ayuda que
sin embargo nunca llegaba.
Resignado y cansado optó por construirse una cabaña de
madera para protegerse de los elementos y guardar los restos del
naufragio que habían llegado a la playa, así como las pocas pertenencias
que iba elaborando, a fin de sobrevivir a las duras circunstancias que se le
presentaban. Se ocupó también de mantener de manera
permanente una pequeña fogata, con los troncos, ramas y maleza que encontraba en
el bosque.
Pero un aciago
día, tras merodear por la isla en busca de alimento,
regresó a la cabaña para encontrarla envuelta en llamas con una gran columna de
humo levantándose hacia el cielo. Lo peor había ocurrido; lo había perdido todo
y se encontraba en un estado de desesperación y rabia.
¡Oh
Señor!, ¿cómo puedes hacerme esto?, se lamentaba.
¿Qué te he hecho, para merecer tanto infortunio?
Sin embargo,
al amanecer del día siguiente se despertó con el sonido de un barco que se
acercaba a la isla. En el momento de mayor desesperación, cuando
ya prácticamente había abandonado toda esperanza, habían venido a
salvarlo.
¿Cómo
supieron que estaba aquí?, preguntó de inmediato el
cansado hombre, sin creérselo todavía, a sus salvadores.
Porque vimos su señal de humo, contestaron ellos.
Es muy fácil
descorazonarse cuando las cosas marchan mal. Aún en los momentos
más difíciles, cuando lo pierdas todo, incluso lo poco que aún te quedaba...
cuando tu cabaña se vuelva humo, como en el relato,
puede ser la verdadera señal que te
indique que la ayuda está en camino. |