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Petra destaca por sus impresionantes construcciones,
especialmente sus tumbas, excavadas en la roca y a la que se accede por el no
menos espectacular desfiladero del Siq. Pobladas
hacia el siglo VI aC por los
nabateos, entremezclados con los edomitas bíblicos, eran
unos nómadas del desierto arábigo que
inicialmente se dedicaban al saqueo de las
caravanas especieras, para acabar controlando las rutas
comerciales que venían de oriente. Tienen su momento de esplendor entre los
siglos I aC y dC, bajo la dinastía de los Aretas, cuando Petra ofrecía la
posibilidad de almacenar grandes cantidades de mercancías, acortando así las
tremendas distancias existentes entre los puertos del golfo Arábigo (Gerha,
Hadramut, Labea) y del mar Rojo (Aqaba, Leucé Comé) y
sus lugares de destino en Egipto, Líbano y Siria
hacia occidente.
Según refiere una cita de Estrabón, las especias eran llevadas
desde Leucé Comé a Petra, y desde allí a Rhinocolura, en Fenicia, cerca de
Egipto, y desde allí a los otros pueblos. Las rutas
de las caravanas especieras, a las que se refiere
la cita, pasaron durante muchos años por este
legendario y mítico lugar en los aledaños del desierto,
Petra.
Habitada desde el
diez mil antes de Cristo (pues restos del paleolítico superior así lo
atestiguan) la zona en la que se asienta está enmarcada en las montañas que
bordean por el este el Wadi Arabah,
la prolongación del valle del Rift desde el golfo de Aqaba hasta el mar
Muerto. A lo largo de la historia vivieron aquí varios pueblos, entre los que
cabe destacar los edomitas bíblicos, pero hay que esperar
al siglo VI aC para tener la primera noticia de los nabateos, unos nómadas del
desierto arábigo que se dedicaban por entonces al saqueo
de caravanas.
Forzados a
emigrar hacia el norte por la presencia de tropas babilonias en sus tierras, se
encontraron con el reino de Edom en plena decadencia. De una manera lenta, pero
sin pausa, debieron mezclarse con los edomitas y hacia el siglo IV, siendo ya el
grupo predominante, se instalaron a las orillas del Wadi Mousa.
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El historiador
romano Diodoro nos recuerda que durante mucho tiempo Petra fue simplemente
una roca extremadamente dura pero sin muros donde viven unos árabes
llamados nabateos.
Petra ofrecía la posibilidad de almacenar grandes cantidades de
mercancías, acortando así las tremendas distancias existentes entre los puertos
del golfo Arábigo (Gerha, Hadramut, Labea) y del mar Rojo
(Aqaba, Leucé Comé) y los lugares de destino en Egipto, Líbano y Siria, al
tiempo que controlaba las fuentes de agua en un amplio
espacio.
El Reino Nabateo
El judío Flavio
Josefo es el primero que relaciona el nombre de un rey, Aretas III, con la
ciudad de Petra. Este monarca aprovechó la debilidad de los reinos lágida (Síria)
y seleucida
(Babilonia), desgastados por interminables enfrentamientos mutuos, para
llevar su país a la máxima extensión.
De una tribu
seminómada asentada en un pequeño poblado fácilmente
defendible se había pasado, en el transcurso de 200 años, a un reino que iba
desde Rhinocolura y Aqaba hasta las inmediaciones de Damasco, y por la península
arábiga se extendía, siguiendo la línea de la costa, hasta Hegra (Medain Saleh);
y la capital de ese reino estaba adoptando el aspecto que la convertiría en un
conjunto artístico y paisajístico único en el mundo.
No pasó, sin
embargo, mucho tiempo hasta que Roma puso su mirada en la próspera ciudad.
Josefo narra un intento fallido de Pompeyo de conquistar su territorio. Las
tropas romanas tuvieron
en la árida región el mayor enemigo y todo acabó con la firma de un pacto. La
alianza de Malico I (56-30 aC), sucesor de Aretas, con los partos demuestra un
importante margen de maniobra mientras los romanos están
inmersos en la guerra civil. Mas cuando Augusto asume el
poder definitivamente, desde Roma se van a regir los
acontecimientos de Petra, al igual que en todo el Próximo Oriente, aún no
formando parte del Imperio.
Buena prueba de
ello es lo que cuenta Estrabón: Aelio Gallo, procónsul de Egipto,
intentó llegar al sur de la península arábiga durante el reinado de Obodas II
(30-9 aC). El guía nabateo que llevaron, un personaje llamado Silaeo que
pretendía el trono, fue acusado de traición y ejecutado en Roma debido a unos
confusos sucesos, que muestran el desesperado intento nabateo por mantener sus
rutas comerciales fuera
del alcance romano.
Augusto confirmó
en el trono a Aretas IV (8 aC-40 dC) como sucesor de Obodas y Petra pasó a ser
de hecho un reino asociado al Imperio. Durante ese tiempo la urbanización de la
ciudad alcanzó lujosas proporciones y se atribuyen a ésta época las grandes
obras hidráulicas. Con Malico II (40 - 70 dC) el comercio entró en un proceso de
recesión a causa de la flota romana, que abrió una ruta a través del mar Rojo
hacia las costas egipcias y de allí, por el Nilo, a
Alejandría.
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Rabel II fue el
último rey de Petra. A su muerte, el año 106 dC, y como si de algo previamente
pactado se tratase, Trajano ordenó al gobernador de Siria, Cornelio Palma, que
tomara posesión del reino y lo incorporase a la provincia de Arabia, con capital
en Bosra (Siria). No se produjo ningún tipo de lucha entre nabateos y romanos;
la dependencia de Roma estaba tan asumida que todo debió consistir en la
formalización legal de una situación preexistente desde tiempo atrás. Quizá se
repitió aquí la figura legalista que usó Atalo III de Pérgamo dejando su reino
en herencia a los romanos.
La Ciudad
La Petra que
encontró el gobernador romano debió resultarle sorprendente. Ante sus ojos
aparecía un amplio número de tumbas monumentales, con fachadas dignas de
cualquier palacio helenístico, que rodeaban casi por completo una ciudad de
casas sencillas y pequeñas.
Actualmente se
accede a la ciudad, centrada en un espacio abierto circundado de impresionantes
colinas rocosas, desde la villa de Elji, siguiendo un tortuoso camino por el
fondo de un desfiladero conocido como Siq. Antes de comenzar la garganta, se
encuentran unos bloques monolíticos con aspecto de torre y decorados con muy
leves molduras y columnillas, conocidos como Djin o bloques de los espíritus. A
continuación nuestra vista se recrea con dos curiosas fachadas superpuestas, de
notables diferencias estilísticas.
La superior,
llamada la Tumba de los Obeliscos, está claramente relacionada con el Egipto
ptolemaico, con el que los nabateos tenían importantes contactos
comerciales. Por debajo de ella el Triclinio de Bab el Siq o puerta del
desfiladero, tumba de fachada coronada por un frontón partido, con distribución
interior propia de un triclinio. Se la fecha en el siglo I aC como perteneciente
al período clásico del arte nabateo.
Nada más dejarlas
atrás se penetra en el Siq, que lleva al corazón de la ciudad. Caminando junto a
un canal para el agua, que recorre todo el desfiladero, se ven diferentes
inscripciones y hornacinas mientras la garganta se va haciendo más angosta y
oscura según desciende el nivel del suelo. Alcanzar su final supone encontrarse
de frente con la magnífica fachada del Khasneh al Faroun, el Tesoro del Faraón,
quizá el monumento más famoso de Petra.
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Profundamente excavado en la roca, lo que ha
protegido su fachada de los fuertes vientos, consta de dos pisos que alcanzan
una altura de 40 m. Hecho todo él en estilo corintio alejandrino, la parte baja
ofrece el aspecto de un templo con un vestíbulo que da acceso a tres salas a
través de magníficas puertas esculpidas. Por encima dos
columnas a cada extremo, coronadas por ángulos de frontón, rodean un tholos, o
templete circular, central con la imagen de una Tyche o Fortuna y rematado por
un tejadillo con una urna en la cúspide. Es ésta la que ha dado nombre al lugar,
pues la leyenda cuenta que los beduinos atribuían todos los edificios de Petra a
creaciones mágicas de un faraón, quien escondió su tesoro en una urna y la puso
fuera del alcance de los hombres, sobre el tholos del monumento. Ello hizo que
durante años
los beduinos probasen a romper la urna disparando con sus armas y hacer caer el
tesoro.
Estilísticamente no hay duda de su pertenencia a
la época en que Petra toma contacto con la cultura helenística, el reinado de
Aretas III llamado Filoheleno. Fuese una tumba real o un templo (se ha debatido
mucho sobre ello), hay que situarlo hacia el siglo I aC y tener en cuenta su
influencia en edificios posteriores.
El camino se abre hacia el oeste, encajonado
todavía entre altas paredes, y tras pasar junto a las llamadas calles de las
fachadas, una aglomeración de tumbas muy sencillas, con unas simples franjas de
almenas escalonadas que corren sobre la puerta y datan de los primeros tiempos
del arte nabateo, de inspiración babilonia, alcanzamos el
teatro. De tipo griego, esto es, cavado en la roca, parece haberse construido en
el siglo I de nuestra era y ampliado ya en época romana hasta alcanzar una
capacidad de casi 7.000 espectadores.
Poco más allá se extiende ante nuestros ojos el
valle central de Petra, donde se hallaba el núcleo de la ciudad. Siguiendo el
camino a la derecha se pueden ver las llamadas Tumbas Reales, las más completas
y refinadas, pertenecientes todas a la época de mayor influencia
helenístico-romana, del siglo I aC al siglo I dC. La primera de ellas, la
Tumba de la Urna, mausoleo de Aretas IV o Malico II, flanqueada por un amplio
patio con pórticos elevado sobre una estructura de arcos y pilares, muestra una
estampa más propia de un templo romano, con sus cuatro columnas sujetando varios
frisos y un amplio frontón. Su cámara principal fue retallada en época cristiana
para convertirla en iglesia, según lo testifica una inscripción en el interior
que recuerda su consagración como catedral por el obispo Jasón en 447 dC.
A su lado un edificio de colores brillantes y
cálidos por los que ha merecido el nombre de Tumba de la Seda da paso a la Tumba
Corintia, llamada así por sus capiteles, una de las principales muestras del
estilo híbrido, imitación del arte helenístico con elementos clásicamente
nabateos, que debió nacer por la influencia del Khasneh. La última de las Tumbas
Reales es de tal magnificencia que se la ha llamado Tumba Palacio y alguien ha
querido ver en ella similitudes con la domus aurea de Nerón.
La fachada, en
buena parte construida con sillares sobre la roca, es de un ampuloso helenismo,
produciendo un efecto teatral con sus múltiples columnillas y nichos dispuestos
en dos niveles, que descansan sobre cuatro esbeltos pórticos coronados por
pequeños frontones. El piso superior está semiderruido. Cerca de la Tumba
Palacio se alza un edificio muy estropeado pero en el que puede leerse una
inscripción en latín que habla de Sexto Florentino, gobernador de la provincia
de Arabia hacia 127 dC.
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Encaminándose hacia el suroeste se distingue con
claridad el curso del Wadi Mousa, junto al que se desarrolló la vida pública de
la ciudad. Dejando atrás las ruinas de un pequeño ninfeo, bajo la sombra de uno
de los pocos árboles del valle, se entra en la que debió ser la calle principal
o cardo maximus, flanqueada por una columnata a ambos lados, al estilo de
ciudades como Palmira o Apamea aunque mucho más pequeña. Un buen número de
columnas ha sido puesto en pie por el Departamento de Antigüedades de Jordania y
actualmente se puede caminar entre ellas sobre los restos del pavimento
original.
Toda el área tiene una traza urbanística que demuestra la importación
de ideas y arquitectos helenísticos para su construcción. La concepción de un
espacio urbano como la calle porticada y sus edificios no es, evidentemente,
árabe, y hay que pensar de nuevo en Aretas III, el rey de gustos griegos, como
el iniciador de una remodelación continuada por sus sucesores y culminada en
época romana.
En su lado sur se abren tres grandes espacios,
alguno precedido de un pórtico y una pequeña escalinata, que se han identificado
como mercados. Debían ser el destino final de una parte de los productos que las
caravanas traían, seguramente poco más que los destinados al consumo de los
propios nabateos, pues no tienen grandes
dimensiones.
Las Caravanas
Dos suburbios, uno al sur, El Sabrah, y otro al norte, El Beida, que constituían
dos puntos de acceso a la ciudad fácilmente defendibles, tienen trazas de haber
albergado los grandes caravanserais donde se guardarían las abundantes
mercancías que llegasen.
Las caravanas tenían en Petra el punto final de
un viaje larguísimo en el que recorrían alguna de las numerosas rutas que
cruzaban la península Arábiga. Las especias, perfumes, telas y demás mercaderías
llegaban de oriente en barcos hasta el golfo de Omán y allí podían elegir entre
cruzar el estrecho de Ormuz y llegar a los puertos de Bahrein o Kuwait, desde
donde su carga iba directamente a Petra por el norte del desierto arábigo, o
bien seguir por la costa sur hasta el puerto de Hadramut y enviar el cargamento
por la ruta que sigue hasta la Meca; de allí al gran caravanserai de Dedán,
pasando por Medina, muy cerca de Hegra y de Teima, enclaves ya del reino
nabateo: la siguiente parada era Petra.
Los productos de Somalia y el resto de la costa
oriental africana podían llegar en barcos remontando el mar Rojo a Leucé Comé,
que enlazaba directamente con el caravanserai de Dedán, o bien atreverse hasta
Aqaba, a un paso de Petra y tal vez su puerto más importante. Caminando unos
metros por el cardo hacia el oeste
dejamos a la derecha los confusos restos de un edificio identificado como un
palacio y algo más adelante, a la izquierda, un amasijo de sillares, tambores de
columnas y diferentes fragmentos precedidos de una escalinata nos dan una escasa
idea de lo que fue un templo.
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Frente a él, en la otra orilla del wadi se alzaba
el Templo del León Alado. Se pueden distinguir actualmente dos partes: un
pórtico y una sala de columnas o cella conectados por una
amplia entrada. La cella tiene cuatro filas de columnas que rodean un altar
junto al muro del fondo. Los capiteles están decorados con unos pequeños
leones que han dado nombre al templo. Construido en el reinado de Aretas IV, se
cree que estaba destinado a la diosa Al-Uzza.
La calle porticada termina ante los restos de una
puerta monumental, en realidad la entrada al témenos del gran templo. Está
construida a la manera de los arcos de triunfo romanos y daba acceso a un amplio
recinto amurallado al que se abren varias dependencias, y en el fondo el Qasr el
Bint Faroun o Castillo de la hija del Faraón.
De nuevo los beduinos han atribuido al legendario
faraón lo que es un templo de estilo nabateo clásico fechado en tiempos de
Obodas II (siglo I aC). Está elevado sobre un podium al que se accede por una
escalinata, siguiendo las pautas de los templos clásicos.
Un pórtico tetrástilo in antis sobre el que corría un friso de triglifos y
metopas decoradas con rosetas y rematado por un frontón triangular le darían un
claro aspecto helenístico. Sin embargo su peculiar distribución interior, con
una cella
especialmente ancha y un sancta sanctorum rodeado de dos capillas laterales
forman un edificio casi cuadrado, falto de la profundidad característica de un
templo romano o griego. La decoración consistía en placas de mármol adosadas a
los muros y paneles de piedra y arcilla engarzados en las paredes, con motivos
arquitectónicos similares a los que podemos encontrar en la pintura
pompeyana.
Los Dioses
Qasr el Bint era el templo del dios principal de Petra, Dusares, que estaba
acompañado por Al-Uzza, venerada en el templo del león alado, en la cúspide del
panteón. Dusares es el nombre nabateo de un dios edomita, Dhu-esh-Shera, el
señor de Shera o de Seir, nombre que se da en la Biblia a las tierras de Petra.
Estaba simbolizado por un bloque de piedra, un betilo, que era al tiempo la
morada del dios. Las tribus nómadas cananeas y árabes sacrificaban animales ante
grandes rocas erguidas, preferentemente en lugares altos, y derramaban la sangre
de las víctimas sobre la misma piedra o en pequeños hoyos junto a esta.
Hay un buen número de betilos grabados en la
pared y erigidos en lugares que parecen santuarios. El mejor ejemplo son los dos
obeliscos que se encuentran en la llamada colina Attuf, a los que se llega por
un camino tallado en la roca, alegrado con el bonito relieve de un león cuya
boca es una fuente. Estos dos obeliscos no han sido llevados hasta allí de una
cantera sino que son fruto del rebajamiento completo de la cima hasta darles una
altura de 6 metros. Representan seguramente a
Dusares y Al-Uzza, simbolizando una dualidad que los estudiosos de la religión
asocian con la fertilidad. De hecho Al-Uzza, diosa de la luna, era invocada por
la población como guardiana de la prosperidad y la fertilidad.
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De otros dioses se conoce poco más que el nombre:
Qaus, Habalu; un protector de los viajeros y las caravanas, She'a-alqum, y
Manathu, especie de genio local protector de la ciudad.
En cuanto a los sagrados lugares altos hay varios
en Petra, pero sin duda el más importante es el Madhbah o Lugar Alto que se
encuentra junto a los dos obeliscos en la colina Attuf. Situado en un amplio
espacio alisado, tiene una mesa de ofrendas y un altar en el que debieron
celebrarse sacrificios generalmente cruentos. Una pequeña cisterna muy próxima
serviría para guardar el agua necesaria en las ceremonias. Los sacrificios en
ocasiones debieron ser humanos, como lo prueba una inscripción nabatea hallada
en Hegra. En ella, Abd Wadd, sacerdote de Wadd, y su hijo Salim, y Zayd Wadd
consagran al joven Salim para ser inmolado Dhu-Gabat.
Si las últimas opiniones de los arqueólogos son
ciertas hay en Petra otro santuario en un lugar elevado, pero en este caso
cubierto a diferencia de los anteriores. Es el llamado Deir o Monasterio, en la
cima de la colina del mismo nombre, a la que se llega por una vía procesional.
El Triclinio del león, un edificio con dos leones tallados a ambos lados de la
puerta y fechado en los primeros años del período romano, y alguna tumba que
otra delimitan esta vía, jalonada con betilos y nichos con representaciones del
dios-roca, que se va estrechando progresivamente hasta mostrar al caminante una
gigantesca fachada de 45 metros de alto por 47 de ancho.
Estilísticamente es una evolución del Khasneh,
con su tholos flanqueado por ángulos de frontón y rematado por una urna, pero el
arquitecto prescindió del pórtico y de toda la decoración. Los muros están
completamente desnudos, lo que permite apreciar mejor la imponente apariencia
del edificio. La sobriedad es máxima.
El papel de los dioses no termina en los templos,
los lugares elevados y los sacrificios. Las costumbres funerarias seguían un
estricto ritual en el que el difunto y su tumba eran consagrados a algún dios,
generalmente a Dusares, y puesto bajo su protección. Esta tumba y las cámaras
grande y pequeña del interior, y los sepulcros y el resto son
consagradas e inviolable propiedad de Dusares, el dios de nuestro Señor, y su
sagrado trono..." asegura una inscripción hallada en la tumba Turkamaniya.
Durante los años de dominio romano Petra mantuvo
su prestigio en Oriente y atrajo gentes de todos los lugares, como lo muestra
una gran casa de estilo romano encontrada en el centro de la ciudad. El propio
Adriano estuvo aquí en 310 dC y se acuñó una medalla conmemorando el hecho. Y
también quedan tumbas de esa época, aparte de la ya mencionada de Sexto
Florentino. La del soldado romano, un lujoso complejo, está compuesta por la
tumba propiamente dicha, con un frontón clásico sobre una
fachada de templo dístilo in antis, y un triclinio situado enfrente con un
interior magníficamente esculpido, unidos ambos por un patio porticado del que
no quedan sino pobres restos.
El Declive
Al inicio del siglo III dC la ciudad mantenía
un importante nivel de prosperidad. Hacia 220 el emperador Heliogábalo la elevó
al rango colonial, pero curiosamente con el fin del siglo se detecta un abandono
progresivo de viviendas en los suburbios.
Durante el siglo IV se puede constatar alguna
relevancia de Petra, pero hay un dato que indica cómo los nabateos habían dejado
de controlar el comercio y consecuentemente habían perdido gran parte de sus
ingresos: las tropas de la IV Legión Martia fueron enviadas a vigilar las rutas
caravaneras de la provincia de Arabia, sustituyendo a las gentes de Petra que
venían haciendo ésta labor en los últimos siglos.
Para colmo de males el año 363 dC hubo un
fuerte terremoto. La calle porticada y los grandes templos, así como muchas
viviendas del área central de la ciudad quedaron completamente destruidas. A
esas alturas Petra no tenía riqueza ni poder suficiente para emprender una
reconstrucción en toda regla. Las columnas de los edificios más importantes
nunca fueron puestas en pie y la ciudad debió quedar reducida a pequeños núcleos
donde se concentró una población cada vez más escasa.
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Con el inicio del Imperio Bizantino se establece aquí una sede obispal y en los
primeros años del siglo V es nombrada capital de la provincia Palestina Tertia.
Pero esto no debió significar gran cosa, pues durante ese tiempo no se registra
ninguna actividad constructiva de importancia, ni siquiera a la hora de edificar
iglesias acordes con la nueva dignidad episcopal. Ya hemos visto como, cuando el
obispo Jasón necesita una catedral, reutilizan una vieja tumba nabatea. Muchos
otros edificios, como el
Deir, son consagrados al cristianismo. Además, las casas más grandes se dividen
en varias pequeñas al quedar deshabitadas, y las murallas bizantinas están muy
dentro del recinto que marcaban las de tiempos anteriores. Hacia la mitad del
siglo VI el silencio se cierne sobre Petra y desaparece de la historia.
Los cruzados visitaron la zona y establecieron
una fortaleza en la cumbre de el-Habis, aunque no hay ninguna noticia de la
época respecto a la ciudad. En el transcurso de los siglos solo un cronista
egipcio, Numairi, habla de Petra y sus alrededores al narrar una expedición del
sultán Baibar de Egipto en 1276 a Kerak (Jordania) para sofocar una sublevación.
Cuando en 1819 Charles Irby y James Mangles solicitaron en Estambul un permiso
para visitar Kerak y Petra, el gobierno turco les contestó que "no se conocían
tales lugares en los dominios del Gran Señor ". Habían ido hasta allí incitados
por los relatos, llegados a Europa unos años antes, de los viajes de un joven,
el suizo John Burckhardt, un emprendedor muchacho que corrió una de las más
fantásticas aventuras del siglo pasado. En 1809, viajando de Alepo a El Cairo
haciéndose pasar por musulmán, oyó hablar de una maravillosa ciudad escondida
entre impenetrables montañas.
Pese a los recelos de los beduinos, y con la
excusa de
hacer un sacrificio en la tumba de Aarón, que se hallaba en las inmediaciones,
cruzó el Siq y llegó al corazón de la ciudad el dia 22 de Agosto de 1812. Solo
estuvo unos momentos allí, pero le bastaron para tomar unas notas y darse cuenta
que estaba ante las ruinas de la Petra de los autores antiguos. Algunos años más
tarde, siguiendo las memorias de sus viajes, varios geógrafos y viajeros, como
los citados Irby y Mangles, los franceses León de Laborde y Linant, el reverendo
Robinson y los ingleses David Roberts y Henry Layard, habían visitado la ciudad
o estaban preparándose para ello.
Todos tuvieron que sortear las dificultades que
les ponían los beduinos, pero fueron abriendo el camino al conocimiento y
estudio de ésta ciudad única y misteriosa, sumergida en la leyenda durante
siglos.
IMÁGENES
01: Entrada a Petra por el desfiladero del Siq | 02:
Khasneh al Faroun, el Tesoro del Faraón, quizás el monumento más famoso de Petra,
al ser recreado por la cinematografía americana en la serie de películas sobre
Indiana Jones | 03: El Anfiteatro, con capacidad para 7.000 personas | 04: La
Tumba Urna, una de las primeras Tumbas Reales a las que se accede | 05: De forma
contigua se pueden observar las Tumbas del Palacio, la Corintia y la denominada
de Seda, en primer término | 06: La Tumba Palacio | 07: La Tumba Corintia | 08: La
Calle de las Columnas, que une las dos grandes barriadas de Petra, El Sabrah
y El Beida | 09: El Gran Templo; al pie
puede observarse la Calle de las Columnas | 10: Templo del León Alado, dedicado
a la diosa Al-Uzza | 11: Qasr El Bint Faroun, el Castillo
de la Hija del Faraón | 12: Los Obeliscos, en la colina de Attuf | 13: El Madhbah, o
Lugar Alto | 14: El Centro Ceremonial, en
Madhbah | 15: El Deir o Monasterio.
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