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La palabra Tao significa
Vía, Camino...
en términos de principio primordial anterior a todo
lo existente. Ligado
a la leyenda de Lao Tzu y al
Libro del Tao (Tao-Te-Ching),
parte de la consideración según la cual
el hombre está rodeado de fuerzas que tienden a
desvirtuar sus acciones y conductas.
La
conciencia del ego y la referencia al yo
en el momento que se adueñan de la
acción la malogran, pues la subordinan a sus propios
fines. El sabio, conforme a esta ley, actúa por contra más allá
de sus propios deseos y voluntad, plegándose a la armonía implícita del Tao que
gobierna el universo. Te, Wu Wei, Yin y Yang... son otros
conceptos que completan esta amplia cosmovisión denominada, por ello mismo,
Taoismo.
EL
TAOISMO: LAO TZE Y EL TAO-TE-CHING
El Tao Te Ching es
sin duda uno de los libros más importantes y enigmáticos que ha producido el
pensamiento oriental.
La palabra Tao significa
vía,
camino. Algunos
traductores, siguiendo una interpretación china más tardía, lo
describen como Camino
celeste debido a una correspondencia simbólica con la vía láctea. Otros usan la
palabra Regla o Regla
Celeste, pudiéndose entender en un sentido normativo y
dogmático que no corresponde con la concepción metafísica de los taoístas.
Mucho peor nos parece el uso del término Razón, que se remonta, según creemos, a
las versiones de los misioneros. Además de referirse al pensamiento lógico y
discursivo -que nada tiene que ver con el Tao- no tiene en cuenta que el chino
prefiere las implicaciones de la imagen a lo implícito del concepto.
Por otro lado,
la fama consagrada por la larga historia de esta palabra constituye una
suficiente razón para no traducirla. La idea es la de un principio primordial,
anterior a toda manifestación, más allá de todo nombre, origen de todo y al cual
todo debe retornar. Se trata del Camino por excelencia y no de un camino.
Lao
Tzu descree de todo intento de dar una definición del
término. Hay una cosa,
escribe,
confusamente formada,
anterior al cielo y a la tierra.
¡Sin sonido, sin forma!
de nada depende y permanece inalterada,
se la puede considerar el origen del
mundo. Yo no conozco su nombre,
lo denomino Tao
y, forzado a darle otro nombre, lo llamaría
Lo Grande.
La palabra Te
(teu, teh, tö, to, todos fonemas aproximados a la pronunciación clásica)
significa Eficacia, o manera de
Conformarse A (en
este caso, al Tao). Ha sido traducida por
Virtud (en el sentido del latín clásico
Virtus, cuya raíz Vis
significa fuerza, o del sánscrito
Var, sin connotación moral) y también por
Poder, traducciones que hemos empleado en nuestra versión según los casos.
Por otra parte, contrariamente al uso corriente de la escritura King, hemos preferido la
trascripción Ching, de acuerdo con la pronunciación castellana, la que
corresponde a la del chino clásico. Palabra que originariamente significaba
Tejido, Trama (véase el sánscrito
Sutra) y que significa en el
sentido común Libro y, por excelencia,
Libro Sagrado,
Libro Canónico o Clásico, aunque Confucio y sus escoliastas letrados no lo hayan -por evidentes
razones- incluido en el canon, cuyo aprendizaje indispensable en la formación de
los letrados y funcionarios era objeto de los famosos exámenes.
El Taoísmo es
esencialmente una doctrina iniciática, que implica realizaciones en el orden
metafísico y no místico, como algunos intérpretes han traducido
equivocadamente. Por esta razón -y sin que esto signifique negar la existencia
histórica de Lao Tzu- la doctrina taoísta se dirige más hacia el mito y la
cosmogonía que a la historia; por esto el simbolismo y las imágenes tienen mayor
importancia que los hechos históricos en cuanto tales. La leyenda de Lao Tzu y
del origen del Tao Te Ching se relaciona entonces muy estrechamente con la
comprensión profunda de la doctrina taoísta. Por otro lado, los antropólogos y
los historiadores de las religiones saben muy bien lo que significa un mito de
origen que se remonta a un tiempo indeterminado. Es conocida la existencia de
una leyenda de fundación o mito de origen en toda organización iniciática.
Lao Tzu, supuesto autor del
Tao Te Ching, pilar del taoísmo, se lo considera tradicionalmente como
contemporáneo de Confucio (551-479 aC), y se da como fecha aproximada de su
nacimiento el año 604 aC.
Zhuang Zi, autor de la obra
más extensa del pensamiento taoísta, vivió por lo años 300 aC y se da como
fecha de su muerte el año 275 aC. A mediados del siglo II aC el pensamiento
filosófico taoísta se modifica en contacto con prácticas alquimistas. En el año 142
dC Zhang Daoling en el oeste de China, y en el año 184 Zhang Jue, al este, dan
origen al taoísmo religiosos con la fundación de la Escuela
del Maestro Celeste, por parte del primero, y de los Turbantes Amarillos,
por parte del segundo.
El taoísmo religioso, llamado también taoísmo
popular no será tema de este articulo por tratarse de una religión en la que se
han conjugado prácticas rituales de diversos orígenes con elementos heterogéneos
a la concepción filosófica del tao. Tal es así que, mientras la religión taoísta
quedo confinada al área geográfica y cultural de extremo oriente, el taoísmo
filosófico a alcanzado proyección universal.
Un destacado
sinólogo francés, L Laloy, ha recogido la leyenda de fuentes taoístas y la
presenta por extenso. En dicha leyenda Lao aparece en este mundo por nacimiento
virginal. Su madre le dio a luz bajo la sombra de un ciruelo, después de haberse
tragado un huevo en forma de perla. El embarazo duró setenta y dos años. Lao
nació como niño viejo, con cabello cano y rostro arrugado, y como tenía orejas
más grandes de lo normal se le dio el nombre de Li-Ar (orejas de ciruelo); luego
tuvo el nombre de Li-Tan (orejas largas), el que fue sustituido después por sus
seguidores con el de Lao Tzu (el viejo sabio).
La leyenda
refiere después varios viajes a distintos países de oriente y su vuelta a la China
donde ejerció un cargo de funcionario en el estado de Chu. Pero terminó
bruscamente su carrera, cuando subió sobre un carro conducido por un buey azul,
para alcanzar las fronteras del reino. Allí encontró a Yin-hi, oficial
gobernador del paso de Han-ku, hombre virtuoso, que escondía su sabiduría.
Yin-hi, que había tenido una premonición de que iba a encontrarse con un gran
sabio, luego de haber conversado con Lao-Tzu, le suplicó que pusiera por escrito
su enseñanza. Éste sería el origen del Tao Te Ching -según la leyenda- en la que
el libro aparece como una especie de testamento espiritual dejado por el sabio
antes de pasar la frontera del Tíbet o de la India.
Entre las
numerosas implicaciones que el simbolismo de la leyenda nos ofrece, tenemos que
considerar de manera especial que la frontera del imperio, a la cual hay
numerosas alusiones en nuestro texto, equivale a los límites o umbrales del
mundo -entendiéndose el mundo como mundo humano y civilizado. Otro elemento
evidentemente legendario es la atribución a Lao Tzu de la paternidad del
Libro de la Ascensión hacia el Oeste, de autor desconocido, que con el
titulo de Sermones a las Gentes de los Reinos Bárbaros contendría sus
enseñanzas después de abandonar la China. La leyenda
le relaciona
también estrechamente con la doctrina del alma embrionaria cuyo
desarrollo -a no ser que se trate del
sabio Sheng Jen- depende únicamente de
cada ser humano y de su manera de vivir, siguiendo la voluntad del cielo, lo
cual no implica ninguna revelación particular.
Esta realización fue objeto de
numerosas enseñanzas y prácticas taoístas. La idea del alma embrión está
en evidente relación con la madre secreta y universal, que se halla en numerosos
pasajes de nuestro texto. En cuanto al equilibrio necesario para el desarrollo
del alma-embrión, éste depende de un cultivo armónico entre el cuerpo,
las varias almas (vital, mental, espiritual) y la naturaleza. La doctrina de las almas múltiples
se deriva de la antigua enseñanza china. No existe ninguna razón de peso para
atribuirla a un supuesto chamanismo, puesto que es común a muchos pueblos y
religiones antiguas.
Fuentes de la Doctrina Taoista
Las remotas fuentes de la doctrina taoísta se
hallan sin duda en los primeros desarrollos de la más antigua cultura china, que
toma su denominación del río amarillo (Hoang Ho) y de la gran llanura
fertilizada por este río. Antes de su expansión hacia el norte y el oeste, esta
cultura de campesinos se manifestó con una asombrosa originalidad, y de ella
salió la idea del Tao, al parecer concebida primero como principio del orden
universal impersonal, que en sus sucesivas elaboraciones metafísicas, sociales,
políticas y morales, debía dar vida a todo el pensamiento chino, sea al de
Confucio como al de Lao Tzu.
La doctrina del Tao es entonces mucho más antigua
que el Taoísmo propiamente dicho. La Tabla publicada por
Hsu-Ti-Shan, y hasta hoy unánimemente aceptada, indica cómo los brujos y
los analistas que rodeaban al rey campesino contribuyeron, cada uno por su lado.
Ambas tenían como
denominador común las preocupaciones cósmicas, puesto que su asesoramiento se
refería a la confección del calendario, para asegurar la correspondencia
armónica entre el ciclo de las estaciones y el ciclo de la vida agrícola y
social.
De estas dos escuelas habría nacido el Yi
Ching (Libro de los Cambios) obra metafísica y cosmológica, que luego fue
usada como oráculo imperial, a través de una serie de añadiduras y elaboraciones
posteriores. Del Yi Ching provienen las doctrinas confucianas, taoístas y
la del Tao Te. Aunque señalando influjos recíprocos, Hsu-Ti-Shan indica
como antecedentes directos de la doctrina específicamente taoísta la doctrina de
los brujos y el Yi Ching, la escuela de los números (una especie
de numerología o numerosofía parecida a la de los pitagóricos), luego la
doctrina de las artes mágicas, de los adivinos, de los astrónomos (y
astrólogos), la del Tao Te y las escuelas de Mo Tzu. Siguen la medicina,
la higiene sexual, la escuela del calendario y la del Yin Yang, la doctrina de
los cinco elementos y la de la inmortalidad. Todas estas doctrinas habrían
confluido en la formación del Taoísmo.
Pero nos parece evidente que una línea más
directa, por cuanto se refiere a Lao Tzu y al Taoísmo antiguo, puede señalarse a
partir del Yi Ching, en las escuelas del Tao Te, la del Yin Yang y de la
Inmortalidad. La idea de la armonía entre cielo y tierra y el hombre intermediario entre los dos, son principios comunes a toda la
cultura china. Una definición del Tao que ofrece Hi-Tzu:
|
Yi Yin -un aspecto Ying, |
|
Yi Yang -un
aspecto Yang.
|
|
Che wei Tao -eso es el Tao. |
Se refiere naturalmente al Tao que tiene
nombre de nuestro texto y que, unido al Tao sin nombre, impersonal y no manifestado,
está en
la corriente engendrada por la polaridad de los dos principios.
O sea, por el
atractivo Yin (receptivo, femenino) y por el expansivo Yang (activo, masculino).
Es la Madre porque ha dado origen
a los Diez
Mil Seres -todos los seres existentes,
en su cosmogonía. El
registro de la historia Shi-Chin, de Sse-Ma-Chien (145-82 aC), es
sin duda alguna la fuente escrita más importante para la historia del Taoísmo
antiguo.
La Doctrina del Yin Yang en el Tao te Ching
La doctrina del Yin Yang es uno de los
conceptos geniales de la metafísica china, pero no siempre ha sido bien entendida por
los intérpretes occidentales. Cuando comenzó a ser conocida en occidente se
señaló cierto paralelismo con la díada de los pitagóricos, teniéndose
especialmente en cuenta los ejemplos que se encuentran en la Metafísica
de Aristóteles. En efecto, en ambas doctrinas existe la coincidencia en atribuir
a la dualidad y no a la unidad el principio de la multiplicidad.
La unidad es concebida como Tai Ki, la mónada, en
ambos casos en el sentido metafísico y no matemático; quizá esto se explique por
faltarles tanto a los chinos como a los griegos el cero, del cual la unidad
metafísica toma, a veces, el lugar. La díada de lo pitagóricos se asemeja algo al Yin
Yang, pero no ha tenido ni la importancia ni las aplicaciones sucesivas a todas
las ciencias que se han producido en la cultura china debido a que
en Grecia
ha faltado un libro como el Yi Ching.
Se han registrado también analogías entre Lao y
Heráclito, y éstas no pueden negarse por cierto en lo que se refiere al uso
constante de la paradoja, a una dialéctica que
lleva siempre implícita la idea de una unidad superior. En este sentido, el Logos
heraclíteo tiene cierto parecido con el Tao. Pero en
cuanto se refiere a la explicación de la dinámica del mundo,
Pólemos y Eros no pueden asimilarse al
Yin y Yang, puesto que se presentan como fuerzas opuestas de atracción y
repulsión; mientras que el Yin y el Yang son principios polares complementarios,
más bien que opuestos, y solamente el desequilibrio entre ellos determina la
falta de armonía.
Marcel Granet ha descrito muy bien el proceso de descubrimiento del ritmo del Yin y del
Yang en esa antigua cultura. Como todos los pueblos dedicados a la agricultura,
los chinos han atribuido una gran importancia a los ciclos astronómicos y a su
influencia constante en la vida de la sociedad humana y de sus labores.
El período Yin, durante el año, corresponde al
otoño y al invierno, y durante el ciclo diario, a la noche y a la luna. En este
periodo no hay trabajo en el campo, la sociedad subsiste por las labores de las
mujeres que tejen, que son activas en el hogar. Se ha notado también la relación
entre el ciclo menstrual y las fases del mes lunar. El período Yang, durante el año corresponde a la
primavera y al verano, al día, al sol, al calor. Los hombres trabajan el campo
con la fuerza de sus brazos. Yang corresponde al sexo fuerte.
Las antiguas canciones nupciales chinas,
traducidas por Chavannes, celebran los matrimonios masivos que se efectuaban
durante la primavera, cuando los jóvenes cruzaban a nado el río para unirse con
las jóvenes y procrear. Esta era la unión del Yin Yang. La explicación de Granet,
sin embargo, pretende atribuir el descubrimiento del Yin Yang a causas puramente
sociológicas y concibe la naturaleza un poco a la manera del hombre moderno,
como un conjunto de fenómenos, dentro de una cosmovisión naturalista algo
desligada de la metafísica y no según el testimonio de toda la cultura china
tradicional, de una visión global del mundo que Henry Corbin
ha definido como Hierocosmología.
Granet parece olvidar que el orden superior a lo
humano estaba en poder del Augusto Cielo (K'wang-t'ien), llamado también el
Señor de lo Alto (Shang-ti) que reside en la Osa Mayor. Y lo más grave es que
-contra toda la tradición china, sin una sola excepción- concibe el Yin Yang
como anterior al Tao. Para pensar en las fases de la luna, hay primero que
pensar en la luna; de esta manera, primero hay la idea de un orden y luego de
sus ritmos.
Así, el Yin y el Yang son a la vez principios
metafísicos y, en forma subordinada, aspectos de la naturaleza del cosmos, de la
especie humana, de los animales, de las plantas y hasta de las cosas, que no son
concebidas como inanimadas, porque llevan fuerzas Yin y Yang. En la dinámica de
la vida universal, aun en lo físico, pero debido a su naturaleza metafísica que
depende del orden superior que es el Tao, hay un orden de prioridad que se
expresa así:
|
Tao |
|
Yin Yang |
|
y no, Tao = Yin Yang. |
Algo enigmática aparece la razón por la cual el
Yin, receptivo y oscuro, antecede tradicionalmente al Yang, expansivo y luminoso.
Los sociólogos aducen una razón histórica y antropológica; la de
que el régimen
matriarcal habría sido anterior al patriarcal en la China arcaica, y este hecho
explicaría por qué la tradición pone el Yin antes que el Yang. Parece difícil
creer que los pensadores chinos -y sobre todo aquellos de la escuela del Yin
Yang- hayan mantenido por esta sola razón histórica y durante el patriarcado,
este orden sin alterarlo, sin que haya intervenido otra razón.
Pensando en el alma-embrión, hay que tener en
cuenta mejor la anterioridad de la situación subterránea, oscura, de la semilla, del
caos, del huevo, a la del árbol, del orden cósmico, de las aves y de los seres
orgánicos. Hay que considerar la idea de lo embrionario, en cuanto tiene en sí,
en principio, todas las virtualidades de sus desarrollos futuros. Es sabido cómo
esta idea es de suma importancia en el Taoísmo y en su constante del retorno al
caos primordial, que es una imagen de la unidad indistinta a partir de la cual
se expandió el mundo mediante un movimiento en torbellino, que hizo que las
cosas individuales (los diez mil seres) se desprendiesen en sus distintas
combinaciones de Yin y de Yang.
Por otro lado, no hay lector perspicaz de nuestro
texto que no vea la insistencia en los símbolos del Yin como particularmente
significativa, en relación con el Te. Los textos sobre las ventajas del agua, de
la humildad, de la receptividad, de la oscuridad, de la debilidad -todos ellos
símbolos del aspecto Yin- contrapuestos a los correspondientes del aspecto Yang,
parecen sugerir que el Te consiste en el elegir el Yin para realizar el Yang.
Los confucianos, que conciben el Yin Yang con
menor profundidad, sitúan el Yang en absoluta superioridad y le confieren
también un rasgo de superioridad moral.
Al producirse la decadencia del Taoísmo tardío,
en la práctica de la magia, la doctrina del Yin Yang produjo una
variedad de
prácticas extrañas, pero no cesó nunca de mantenerse en vigencia.
Es innegable que, aunque nuestro texto se inspira
en una noble afirmación de sabiduría, hay en él algunos pasajes que pueden
prestarse a esta clase de interpretaciones, quizá debido al influjo de lo que se
ha propiamente denominado la Escuela del Yin Yang, a la que se remonta la
alquimia china, por lo menos en la época de la redacción de Wang Pi (siglo II
dC).
Wey-Wu-Wey (Hacer-No-Haciendo)
Lo que acabamos de decir a propósito de la mayor
importancia de lo latente y oscuro, como modo de proceder del Tao, nos
obliga a ofrecer una explicación indispensable acerca de la expresión china Wu-Wey
(No-hacer), que muchos occidentales poco perspicaces han
interpretado como quietismo y pasividad. En verdad, es muy difícil
para un hombre occidental moderno
entender una doctrina de la acción como la del Wey-Wu-Wey
(hacer-no-haciendo). La idea taoísta es la de un retorno a la acción espontánea,
como la del niño que juega únicamente por jugar, como la del viento que mueve
los árboles, como la del riachuelo que corre.
La moderna psicología occidental atribuye a los
juegos del niño una importancia muy notable en el desarrollo futuro de su
personalidad. Los mismos psicólogos han notado en el hombre el prevalecer de la
memoria de los hechos remotos y el remontarse a la niñez como a una edad de
oro, lo que explica también la predilección de los viejos hacia los niños y su
mayor comprensión de la mentalidad infantil; hechos cuya importancia no carece
de significado si se piensa en la experiencia de vida que el anciano posee.
Los taoístas están aquí en oposición abierta y
expresan su rechazo por los ideales confucianos y por la falacia de su manera de
concebir la existencia humana, que revalorizan esencialmente la maduración racional
y la experiencia como factores enteramente positivos. Rechazan además la
imposición de las actitudes solemnes en el trato con los demás y con todos los
convencionalismos fijados por el ritual social, que el niño desconoce.
Esto nos aclara además las aparentes
extravagancias y los modales de niños traviesos adoptados por los taoístas en
los medios populares. La conciencia difusa, la visión abierta del niño,
cuya mente no esta todavía esclavizada por los prejuicios y los hábitos, es
comparable a la actividad natural y puede relacionarse con otros famosos textos
taoístas como aquel que afirma que el sol no necesita conciencia de dar la luz y
la vida a la tierra para darsela; que el cielo manda la lluvia sin
tener la intención de beneficiar a la tierra, etc.
El buen caminante no deja huellas, dice
nuestro texto. Se trata de la acción impersonal, espontánea, que actúa como los
fenómenos naturales. Mientras que en los medios
confucionistas hasta los gestos y las palabras están
rígidamente reglamentados -como la piedad filial,
o la benevolencia,
Jen. Nuestro texto
afirma que el cielo no es Jen (benévolo, humano),
como tampoco lo es el sabio (Sheng Jen) que procede de acuerdo con el
Tao.
La conciencia del ego
y la referencia al yo
-en sánscrito Ahamkara- se
adueña de la acción, la estropea y la malogra, porque la subordina a sus propios
fines, en vez de plegarse a la armonía implícita del Tao que
gobierna el universo. Se trata, por tanto, de dejar de
hacer, en relación al ego, para hacer impulsado, en este caso, por el
Tao. En la concepción de los taoístas, el hombre está rodeado de fuerzas
que tienden a desvirtuar sus acciones y su conducta. La aceptación receptiva
-y no pasiva- de la voluntad del cielo es la que
está representada repetidamente en nuestro texto, mediante el símbolo del
valle y el espíritu del valle (Ku Shen).
Es la ley del sabio, y actuar conforme a esta ley -sin
tener en cuenta sus propios deseos o voluntad- es el camino trazado por el
cielo, es llegar al Tao, puesto que la ley de la tierra es el cielo, y la ley
del cielo es el Tao.
Asimismo, el Taoísmo condena la autosuficiencia,
puesto que se da en la arrogante ignorancia de sus causas
ocultas. La etiqueta social, y los ritos civiles, como los concebía
Confucio, de acuerdo con el Li-Ki (Libro de los Ritos) no representan una manera
de estar en armonía con la ley del Cielo, con los ritmos de la naturaleza. Para
el taoísta todo esto se ha vuelto un artificio y una sofisticación de lo
natural, lo que desvirtúa precisamente esa armonía.
Por eso, el verdadero sabio se presenta a los
hombres como un mendigo, como un torpe, como un loco. Todo el convencionalismo
social hace que el sabio tome esta actitud para
contrariar y se presenta envuelto en las fuerzas oscuras
del Yin, templando la luz interior, como dice nuestro texto. Porque ésa no es
su luz sino la luz, no es su gloria sino la gloria. Sólo así puede
ser el valle del mundo o el
cauce del mundo por el que todo transcurre, sólo
así puede estar en el centro que es la posición polar de
los cielos; el inmóvil señor del movimiento, que todo lo dirige sin
dirigirlo y alrededor del cual todo se mueve.
Hay un texto que dice que el taoísta tiene que
llegar a ver la estrella polar desde el hemisferio austral,
fija en los cielos. Tiene que ver
sin los ojos, oír sin los oídos... como reza
el Pankoatu, porque su posición polar está liberada de las limitaciones
espaciales, es el
Eje del Mundo, niño y viejo al mismo tiempo; porque se vuelve una
personificación del
espacio sagrado como el Tao lo es del tiempo sagrado siempre
reversible por su primordialidad.
Hacer-no-haciendo es nutrirse del seno
de la
Madre (cósmica). Como dice el
texto, lo que constituye su gloria suprema. El Wu-Wey es entonces una doctrina
de la acción. El Te que genera este tipo de acción tiene
su fundamentación en una ley que es aquella de las acciones y reacciones
concordantes. Esta ley se halla referida en nuestro
texto y en particular en uno de los capítulos, pero con la indicación final que
prohíbe enseñarla a los profanos: Las armas del reino no se muestran al
extranjero.
Por lo que sabemos de fuentes taoístas orales, se trataría de uno
de los pilares de la tradición taoísta, y tiene una especial aplicación referida
a la ley del movimiento. La escuela mágica del Yin Yang la tuvo en cuenta en sus
desarrollos del Taoísmo tardío. Puesto que la ley del
mundo, en cuanto a su dinámica, es Yin Yang, ésta se aplica a los dos tipos de
movimientos cuyo alternarse caracteriza la vida biológica y natural. Al
movimiento Yin (contracción), sigue el Yang
(expansión), y el continuum
de la vida está constituido por esta discontinuidad rítmica (por ejemplo,
sístole y diástole en el corazón). Producir una contracción significa provocar
una reacción expansiva. Según los taoístas, se trata de cosas que todo hombre
profano sabe, pero a las que no se les da todo el alcance que tienen.
No podemos extendernos sobre las implicaciones cósmicas o
psicológicas de esta doctrina. Solamente indicaremos que
el Te está esencialmente fundamentado en ella, teniendo en cuenta que el
criterio ético no tiene nada que ver con esta doctrina. Que se quede el pez
en la profundidad del agua, dice Lao Tzu. Porque es demasiado evidente que
esta ley puede ser aplicada (y seguramente lo ha sido en algunos medios y
oportunidades) para conseguir fines no precisamente nobles.
La Concepción del
Hombre en el Taoismo
El Taoísmo ha impreso un sello particular a la
concepción general del hombre que es propia de la China tradicional, o sea a
aquella que tiene su origen común en el pensamiento arcaico.
Entre las muchas tríadas que existen en la
tradición china una de ellas se refiere al hombre, situado entre el cielo (lo
trascendente, lo espiritual) y la tierra (lo inmanente, lo material); siendo el
hombre -como hijo del cielo y de la tierra- intermediario entre los dos, este
rol es personificado por excelencia en el rey y luego por el emperador, hijo
del cielo. Esto está en cierta correspondencia con otra tríada: cielo,
tierra y centro (espacio intermediario, en chino chung-ho, que significa
centro, unión en el centro) lo que corresponde a los tres
mundos del cosmos religioso hindú, bhu-bhuvarshar,
y también a los tres
pachas de la religión incaica.
Siguiendo el despliegue del Tao para
explicar la fase correspondiente al principio del universo y la posterior
formación de todas las cosas, a las que los chinos llaman
Wan Wu (los
diez mil seres), Lao Zi ha dicho del tao: Sin
nombre es principio del Cielo y de la Tierra
y con nombre es la madre de los diez mil seres. Y
al exponer la dialéctica correspondiente a esta fase creativa, leemos en el Tao
Te Ching:
El tao engendra el Uno, el Uno engendra el
Dos, el Dos engendra el Tres
y el Tres engendra los diez mil seres.
Ya hemos dicho que la unidad, Tai-Ki, no es considerada
como primer número impar, por representar la unidad metafísica.
Por eso, el tres es el primer número impar
y representa al cielo (Yang),
en cuanto a su naturaleza, como dos es el primer número par y representa la
naturaleza de la tierra (Yin). Pero
en cuanto se refiere a la acción recíproca del cielo y de la tierra, no puede
darse sino en el centro (chung-ho) y,
en cuanto a su mesura y modo de manifestación, el cielo está representado
por el número cinco (2 + 3) y la tierra por el número seis (2 x 3).
La concepción del hombre se halla entonces
relacionada con esta posición central; por eso, el emperador, al celebrar los
grandes sacrificios, tenía que estar situado en este centro.
Si consideramos el Taoísmo como una religión,
tendríamos, de acuerdo con el criterio de Von Glasenapp, que clasificarlo entre
las religiones del Orden
Eterno del mundo (que en este caso tiene el nombre de
Tao) en contraposición con aquellas que se fundamentan en la
Revelación histórica de Dios (un Dios personal),
como Israel, el Cristianismo y el Islam. Sería entonces una religión que
pertenece al mismo grupo en el cual se sitúan el Hinduismo y el Budismo.
El sentido de una revelación del orden eterno del
universo -procede por analogía de la naturaleza (esa
analogía universi que tampoco era desconocida por la escolástica cristiana
medieval)- llevando a través de una cosmología sagrada
a la metafísica. Pero aunque el Taoísmo debía tomar en un determinado momento la
forma de una religión (con sus monjes, ritos, etc.), todos los autores reconocen
que eso no proviene de su naturaleza propia, sino de un influjo posterior del
Budismo, única religión que apareció al principio de nuestra era, en la China,
proveniente de la India. Esto permitió al Taoísmo influir notablemente en el
Budismo chino y especialmente en la escuela
Chan, más conocida en occidente a través de su versión japonesa, el
Budismo Zen.
No obstante, el Taoísmo -a
pesar de sus características religiosas formales- no ha sido nunca una religión
en el sentido propio del término. Fue esencialmente una metafísica y un modo de
vida en su aspecto más elevado, y sus oscilaciones posteriores entre la
metafísica, la alquimia y la magia, no le quitaron nunca su carácter esotérico,
ni el prestigio de ciertos conocimientos secretos, del que gozó en la antigua
aristocracia así como en los estratos populares. Es innegable que al Taoísmo se
debe la creación de la alquimia, de la medicina china tradicional, variadas
prácticas de adivinación, entre las que el detenido estudio de los signos
corporales fue particularmente cultivado.
Mucho más se ha hablado de la búsqueda de la
longevidad a través de la alquimia y de otros procedimientos, y a este propósito
debemos hacer alguna aclaración. La idea inicial de la
longevidad se halla relacionada con el armónico desarrollo del alma
embrionaria, que supone un equilibrio constante entre el cuerpo y las
diferentes almas, evitando que una de las facultades se desarrolle con exceso,
debilitando a otras. Esto ha producido también en los medios taoístas unas
prácticas respiratorias similares a las del Yoga hindú (pranayama), así como
unas prácticas de dietética y hasta eróticas, todas las cuales fueron importadas
de la India. La novelística china presenta a menudo a los
Taosse (monjes taoístas) como poseedores de filtros y afrodisíacos, además
de señalar su prestigio en conocimientos médicos e intérpretes de sueños.
En la China tradicional es muy conocida la alta
estimación que ha tenido la longevidad. Se encuentra expresada cabalmente en una
enseñanza de Confucio acerca del valor de la maduración intelectual en relación
con la edad. Dentro de este contexto cultural, no se puede tampoco excluir que
determinados grupos taoístas hayan buscado real y concretamente el elixir de
la larga vida, así como algunos alquimistas occidentales debían
buscar más tarde concretamente la piedra filosofal. Pero hay que tener
presente que la idea se remonta -y esto aparece evidente en algunos textos de
alquimia- a la búsqueda de algo que ha quedado de los tiempos primordiales y
míticos, algo que el hombre actual ha perdido.
Éste es el sentido de las numerosas alusiones que
se hallan en nuestro texto acerca de una simplicidad idílica, de una edad de
oro, de un perfecto status social que hubiera caracterizado aquel pasado
remoto, en el que los reyes, así como los súbditos, seguían espontáneamente los
principios emanados del Tao mismo. El mismo Chuang Tzu
hace remontar al mítico Hoang-ti (2.697 antes de nuestra era) los orígenes del
Taoísmo y presenta la tradición taoísta como la de Hoang-Lao.
La longevidad taoísta, así como la concepción de
los inmortales, no fue nunca, en los círculos taoístas ilustrados, sino
el símbolo de una integración armónica del ser humano con
la emanación del principio trascendente que reside en él y es en este sentido
como deben entenderse los grandes textos taoístas de Lao
Tzu, Chuang Tzu y Lieh Tzu.
La Cosmogonía China y el
Taoísmo
Las enciclopedias chinas citan a menudo ciertos
textos de una obra perdida que se remonta al siglo III de nuestra era, conocida
bajo el nombre de mito de P'an Ku. Se trata de uno de aquellos mitos que
Eliade denomina
mitos de creación. Lo interesante de este mito es la configuración del
caos primordial como un huevo cósmico, lo que sugiere una coincidencia con la
cosmogonía de la India (Hiranyagharba), como con la de los Órficos y,
según Lehmann Nietzch (en su Ccoricancha) también con aquella del
Tahuantinsuyo. P'an Ku es una especie de demiurgo, intermediario entre la
tierra (Ying) y el cielo (Yang) que, siendo a la vez dios en el cielo y santo en
la tierra, a través de nueve transformaciones vivió 18.000 años. En otra versión
del mito que se halla en el Chu Yi Ki, del siglo
VI dC, P'an está representado como un macrocosmos
antropomorfo, como una especie de hombre universal, cuyas partes forman el
cosmos.
Más importante es el mito de la pareja imperial
Fu-Hi y Niu-Kua, siendo esta última denominada la madre que
comenzó a modelar a los hombres con la tierra amarilla (el texto Fong-Su-T'ong-Yi
es del siglo II dC) de importante figuración en la
arqueología china.
Existen además textos de Sse-Ma-Chien y de Mo-Tzu que se refieren a
grandes inundaciones y a largos períodos en los cuales se alternan el orden y
los cataclismos en la tierra. Un libro canónico, el Chi Shing, narra un
mito de separación del cielo y de la tierra.
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Una cosmogonía más filosófica de
Líeh-Tzu aparece como Huai-Nan-Tzu y en las
numerosas alusiones de Chuang-Tzu, aunque todas parecen remontarse a una
tradición común, con una interpretación específicamente taoísta.
Pero, en tanto se refiere a la tradición
primordial y a la formación y ordenamiento del mundo y de la sociedad humana,
es evidente que el mito de Fu-Hi presenta el simbolismo más profundo y coherente
en su papel de ordenador del mundo o portador del saber a los hombres.
En nuestro texto se hallan numerosas alusiones a
los espíritus. A la muerte del hombre, el alma espiritual, Hun,
vuelve a su origen cósmico, mientras que el alma inferior, P'o, receptáculo de las
emociones, deseos, memorias, etc, queda desencarnada en la tierra. Su naturaleza
es Yin y por esto se asimila a los espíritus, Kwei, ligados a la tierra y
con ciertos rasgos demoníacos (aunque no comparables con los demonios de las
tradiciones judeo-cristiano-islámicas y del Irán avéstico). Los espíritus Shen
de naturaleza Yang, son celestes y luminosos y podrían compararse con los
ángeles. A estas legiones innumerables hay que agregar las influencias
errantes, Pai, muy temidas por su influjo sobre los hombres.
Los inmortales (Hsieh) son los hombres
superiores (Sheng Jen), los sabios. Son inmortales por haber emanado del Tao,
mucho antes de la creación del Cielo y de la tierra. Son los que viven
eternamente.
Encontramos en el Taoísmo la misma distinción
común a todo el oriente, a pesar de diferencias de detalles, entre lo no
manifestado y la manifestación, que se divide en informal y formal, y esta
última en psíquica o sutil y sensible o corporal -estas dos estrechamente
unidas. Así, los Kwei y los Pai quieren representar tanto a fuerzas
telúricas como a fuerzas de origen humano, pero fuerzas psíquicas dejadas en
nuestro mundo, lo que hace que el taoísta tema el contacto con los hombres que
pueden ser sus portadores y hasta con las cosas, que pueden funcionar como
condensadores, y busque el aislamiento, en donde encuentra a los espíritus
benéficos (Shen) de la naturaleza. Aunque ya nos hemos referido a ello, hay
que señalar el rol muy importante en la tradición taoísta de la estrella polar y
de la constelación de la Osa Mayor, representada mediante el símbolo de la
cigüeña. En cuanto a la estrella polar, ésta lleva también el nombre de Tai
Shi, el Absoluto Supremo del cual es un símbolo.
Esto demuestra la existencia de
una tradición
hiperbórea en la China antigua, tradición que es común a todos los pueblos
indo-europeos.
La Tradición y la
Crítica Histórica (Notas
Complementarias)
La tradición china, de acuerdo con Sse-Ma-Chíen,
hace remontar la existencia histórica de Lao Tzu y la composición de nuestro
texto al siglo VI antes de nuestra era y lo presenta entonces como contemporáneo
de Kung-Fu-Tzu (Confucio) y del Buda Sakyamuni.
Los primeros occidentales que se preocuparon por
el estudio de la cultura china (en su mayoría misioneros católicos), durante el
siglo XVII, entre los cuales se hallaban valiosos sinólogos, en especial entre
los jesuitas, dedicaron mucha importancia a los Ching del canon
confuciano y estudiaron luego el Budismo chino, pero desconocieron los libros de
los taoístas, que calificaron despectivamente de ateos y políticos. Esto se
explica debido a varias razones, puesto que aun los más valiosos entre ellos
vivían en constante contacto con los letrados confucianos, hasta el punto de
vestir sus trajes y adoptar sus ritos, porque ésta era la única manera de
estar debidamente clasificados en los rangos del protocolo imperial y difundir
así el Cristianismo. Otra razón debe buscarse en la existencia de las
sociedades secretas de inspiración taoísta, que participaron activamente en la
política del imperio. Aunque los estudios posteriores hayan demostrado la
existencia de rituales, lo político parece haber tenido un rol exotérico en
estos mismos rituales.
Más tarde, cuando surgió en Europa el anarquismo,
Lao Tzu fue considerado en occidente como uno de los más calificados
representantes o precursor de un pretendido anarquismo individualista.
Esto implica una lectura muy exterior del Tao Te Ching. Debía pasarle a Lao Tzu
algo parecido a lo que pasó a Dante, cuando se quiso ver en toda la Divina
Comedía nada más que una alegoría política. Los misioneros del siglo XVII, muy
buenos conocedores del chino clásico, se alinearon -hasta donde les fue posible
mantener su influencia en la corte del siglo XVIII- con los letrados confucianos,
viendo tan sólo en el Budismo un peligroso enemigo.
Aunque existan en nuestros textos algunas
coincidencias con las doctrinas evangélicas -Los
últimos serán los primeros, Quien se humilla será exaltado...
El interés hacia el Taoísmo nació con un
malentendido, parecido a aquel que se produjo con el Budismo en un primer
momento. Este malentendido consistió en ver en la idea del
Tao una traducción china del Dios personal bíblico, lo que llegó hasta el
extremo de suponer un enlace etimológico entre las palabras Tao y Deus,
interpretando la alusión al mito cosmogónico mencionado
como una referencia a la creación del mundo por obra de la Trinidad cristiana.
Fue el siglo XIX el que vio surgir los primeros
estudios serios y las primeras traducciones del Tao Te Ching, estudios que se
intensificaron y traducciones que se multiplicaron en occidente durante nuestro
siglo. En la fase inicial, los sinólogos aceptaron -en
lo que se refiere a la época en la que vivió Lao Tzu y a la composición del
texto- la tradición china y todas sus fuentes desde Sse-Ma-Chíen (cuya obra fue
luego traducida al francés por E Chavannes). Incluida la autenticidad de la
alusión que se halla en el canon confuciano a una entrevista personal entre el
mismo Confucio y Lao Tzu; asimismo el testimonio de Chuang-Tzu, Lieh Tzu, el Lieh-Hsien-Chuen
de Loo-Hung (siglo IV dC), los Anales del reino de Chow de Chuh-hsi
y el Libro de la Ascensión hacia el Oeste.
Todas estas fuentes indican el siglo VI antes de
Cristo como el siglo de Lao Tzu. Pero luego, los sinólogos occidentales comenzaron
aplicar los criterios de la llamada crítica histórica o filológica. Al faltarles
los datos exactos que figuran para la biografía de Confucio (551-449 antes de
Cristo), atribuyeron la ubicación de Lao Tzu en el siglo VI a una pretendida
intención apologética de las fuentes -sobre todo por lo que se refiere a Sse-Ma
Chien, por el hecho de haber sido él mismo taoísta.
Guiados por aquella tendencia inconsciente -que
René Guénon ha señalado en varias oportunidades- a reducir la antigüedad de los
textos orientales y sagrados en general (que es común a dicha critica, y que
fue aplicado también a la Biblia), no han logrado, sin embargo, ponerse de
acuerdo en establecer el siglo en el cual tendría que ubicarse a Lao Tzu.
Sus imitadores chinos y japoneses
-siguiendo el criterio de Kaltenmark,
en
Lao
Tze
y el Taoismo-
han resumido su posición en los siguientes tres
puntos:
| |
1) Que el texto que hoy se presenta no puede
tener como autor a Lao Tzu, contemporáneo de Confucio. |
| |
2) Que un texto muy parecido existía al final de
la época de Los Reinos Combatientes, época en la cual se disolvió el primer
feudalismo chino que surgió en el siglo IX antes de Cristo. |
| |
3) Que muchos de los aforismos que figuran en
nuestro texto, circulaban desde hacía mucho tiempo en los medios
filosóficos, pero que no eran atribuidos a Lao Tzu. |
La opinión más generalizada (aunque no unánime)
de dicha crítica histórica, señala el final del siglo IV antes de nuestra era.
Es evidente que Wolf ha hecho escuela, puesto que tenemos para Lao Tzu y con
respecto a nuestro texto algo muy parecido a la famosa cuestión homérica,
sibre ka datación histórica de su obra y primer ensayo de la frivolidad de los eruditos. El acentuado individualismo que
caracteriza a la critica occidental y el prevalecer de sus preocupaciones
históricas, el ansia de demostrar la falsedad de toda tradición, es su lugar
común. Y a ésta hay que agregar otras argumentaciones, de tipo etnológico, como
aquella de Izutsu en La Clave de los Conceptos Filosóficos en
el Sufismo y el Taoismo, que -basándose en Sse-Ma-Chien, que vincula
a Lao Tzu con el estado de Chu- quiere ver en ello una prueba de una inspiración chamánica,
propia del espíritu de Chu. Es el mismo espíritu antitradicional e iconoclasta
que levantó la docta polvareda acerca de la personalidad y de la obra de
Shakespeare.
Todo esto, para nosotros, presenta muy escaso
interés. Hemos dicho varias veces a nuestros estudiantes universitarios, que la
cuestión homérica no tiene ninguna importancia puesto que poseemos aquello que
los griegos llamaban Homero: esto es, la Ilíada y la Odisea. Los mismo puede
decirse del Tao Te Ching que los chinos equiparan simplemente
con Lao Tzu.
No hay quien no vea, por otro lado, la
vulnerabilidad del segundo y del tercer argumento citados, si se piensa en una
tradición oral, la que puede muy bien remontarse al siglo VI, y que aparece en
la misma refutación. En lo que se refiere a interpretaciones tan singulares del
texto de Sse-Ma-Chíen, como a una supuesta interpolación del canon, en el
encuentro con Confucio, se trata siempre de hipótesis subjetivas que no están
demostradas por ninguna prueba fehaciente.
La leyenda de Lao Tzu no niega su existencia
histórica -que aun estos hipercríticos siguieron admitiendo- como la leyenda del
Lalitavistara no excluye la existencia histórica de Buda. La única
posibilidad que queda abierta para estos científicos sería la existencia
de una prueba tangible, por ejemplo un hallazgo arqueológico. Señalemos, sin
embargo, algo curioso que pertenece al sentido común, con respecto al espíritu
(ya no chamánico) sino del texto mismo. Un texto que exalta el anonimato y la
oscuridad y que dice que el buen caminante no deja huella, nos parece que
debería desanimar un poco a todos aquellos que buscan desesperadamente su
paternidad.
Por otro lado reconocemos como muy probable que
el Tao Te Ching -cuya inspiración en el Yi Ching es innegable- haya sido
compuesto mediante sucesivas estratificaciones como lo fue el Libro de los
Cambios.
No hay que olvidar que el individualismo de
Confucio, que ha servido como punto de referencia para estas inútiles
especulaciones, es algo excepcional en la antigüedad oriental, en la que es
costumbre atribuir doctrinas desarrolladas por unos discípulos, de acuerdo con
una determinada tradición, a veces durante algunos siglos, a su fundador, sin
necesidad de pensar que se trate de un ser mítico y sin ponerle un pseudo por
delante.
EL
TAO Y SU INMANENCIA EN LA CREACIÓN (*)
El Te
Hemos llegado hasta aquí en el desarrollo de la
cosmovisión del taoísmo filosófico, explicitando el significado de conceptos
que, por su vasta generalidad pareciera que eluden la experiencia cotidiana, la
cual está caracterizada por la diversidad. El mundo esta poblado por los
Diez Mil Seres, todos ellos muy diferentes los uno de los otros. El
Tao es inmanente
a todos ellos, por cuanto todo lo que existe tiene al Tao como fuente
originaria. Pero en el mundo fenoménico, los distintos seres exhiben naturalezas
diferentes y, consecuentemente, comportamientos específicos. A este núcleo
ontológico, esencia de cada cosa que la hace diferente de las demás, el taoísmo le ha
dado un nombre:Te.
Te es lo que cada ente recibe del tao, y en
virtud de lo cual cada ente particular se manifiesta en el mundo fenoménico tal
como es, con sus características y propiedades específicas. Desde otra
perspectiva también podría afirmarse que Te es el modo propio en que cada cosa
participa del Tao, o como lo hallamos definido en el Capitulo XII del Zhuang Zi,
luego de enhebrar los conceptos que hemos venido desarrollando: Cuando nació el
Uno existía éste sin forma. Cuando las cosas obtuvieron aquello que las hizo
existir, ello fue llamado Te.
La palabra Te, ha dado lugar a algunas
controversias interpretativas, por cuanto el significado habitual de
Te
en el idioma chino es el de virtud en su significación ética, y se ha soslayado su
otro significado: energía, fuerza, influencia o poder. Ello ha llevado a
interpretar incorrectamente la significación de Te en el propio título del
Tao
Te Ching, creyendo encontrar en el Libro del Tao y de su
Virtud (como lo
traduce Gastón Soublette) o en el Tratado sobre la Virtud del Tao (en la
versión de Samuel Wolpin), una referencia ética, moral. Pero esta no es la
intención que anima a traducir Te como virtud; vale que demos paso a la
sintética pero muy clarificadora explicación que da Juan Fernández Oviedo en el
prólogo a su versión: La palabra Te
significa eficacia, manera de adaptarse a (Tao). Ha sido traducida por
virtud (en el sentido del latín clásico virtus cuya raíz vis es fuerza, del
sánscrito var, no tiene connotación moral) y también por poder, términos que
hemos empleado en nuestra versión según los casos.
Digamos con Wolpin que, la transformación de su
sentido en virtud moral, o bien obrar aparece recién después, por impulso de los
letrados confucianos. En idéntico sentido Richard Wilhelm ha observado en su
versión: la habitual traducción de virtud, apropiada
para ciertos tratados morales posteriores no conviene para Confucio y aún
conviene menos para Lao Tse. No obstante, para quien se inicia en la literatura taoísta es conveniente
saber que se encontrará con textos que acentúan la significación moral de las
enseñazas contenidas en los clásicos del taoísmo.
A fin de
reafirmar lo dicho hasta aquí, recurrimos a la autoridad del filósofo chino
contemporáneo Feng Youlan, quien en Breve historia de la filosofía china,
expone: Según Lao Zi, del
Tao nacen todas las cosas. En este proceso de nacimiento, cada cosa individual
obtiene algo del Tao universal, y este algo es llamado
Te. Es una palabra que
significa fuerza o virtud, tanto en el sentido moral como en el sentido
extra-moral de la segunda acepción. El Te de una cosa es lo que naturalmente es.
Lao Zi dice: Todas las cosas respetan el Tao y aprecian el
Te. Esto es porque el
Tao es aquello de donde nacen las cosas; y el
Te es aquello por lo que son lo
que son.
Es muy propio de nuestra lógica
narrativo-comprensiva hacernos la imagen de que primero fue el Tao y luego el
Uno y tiempo después el Dos (Cielo y Tierra) y sucesivamente el Tres y por
último los Diez Mil Seres, y entre ellos el Hombre. Al profundizar en la nueva manera de interrogar
al mundo, propia del pensamiento taoísta, veremos que, no se trata de suplantar
los siete días de la creación del Génesis, por la secuencia Tao, Uno, Dos, Tres,
Diez Mil Seres... sino que, en esta cosmovisión la conceptualización apunta a
aspectos metafísicos de lo existente, como veremos a
continuación.
El Imperio de
Tianli
Conocemos ya el término Tian con el cual
se designa al Cielo en el contexto de la cosmovisión taoísta. Cuando
Tian va
acompañado del vocablo Li, que significa el principio que rige todas
las cosas o la razón natural de los acontecimientos, se forma la
expresión Tianli
con la cual se designa la Ley Natural. Con significado similar encontraremos
también la expresión Tianming (Mandato del Cielo) para significar aquello que
naturalmente debe acontecer de cierta manera y que por ello resulta
inmodificable.
Estamos ya tentados a preguntar: ¿Tianli
es el Destino?; y es aquí donde se corren los riesgos apuntados en las
consideraciones preliminares relativas al determinismo. Cuando los maestros taoístas recurren a la
mención de Tianli están significando que nada ocurre en el ámbito del Ser que no
sea manifestación del Tao, y que por tanto, todo fenómeno existente, esta
sustentado y se desarrolla, según Tianli, según el principio que rige todas las
cosas, con arreglo a Ley Natural.
No sería pertinente introducir aquí,
forzadamente, la dicotomía determinismo/indeterminismo, para rotular al
taoísmo en una u otra posición, pero vale recordar que la cosmovisión taoísta se
inspira en la percepción de un orden natural que comprende la totalidad del
universo, incluidos los fenómenos naturales y acontecimientos históricos, aunque
estos, a veces, se manifiesten aparentemente caóticos.
También vale aclarar, que la afinidad del
pensamiento taoísta con el orden natural, no debe llevarnos a asociar el
concepto de orden con implicaciones éticas como la idea de lo
bueno.
Si se
identifica al Tao como el Camino de la Naturaleza (expresión usada por Alan Watts),
Tianli esta
operante en todas las cosas porque todas son manifestaciones del tao, y nada
puede escapar al imperio de su necesidad por que el Tao todo lo abarca y nada
queda fuera de él.
Pero es saludable que reflejemos aquí una
importante controversia planteada por Toshihiko Izutsu, al expresar que
cometeríamos un grave error si imagináramos que la Vía-Tao-Concebida (o,
mejor dicho, encontrada) por los sabios taoístas era un Absoluto puramente
metafísico. Para él, el Tao ha sido considerado también como un Dios personal, y
las referencias al Tao como Hacedor-de-Cosas no debe ser considerada como
expresión metafórica o figurativa del Principio metafísico. Es en esta línea de
pensamiento que las expresiones Tianli y Tianming, contienen el vocablo
Tian
significando el aspecto personal que adquiere el tao en el mundo del Ser,
y que daría a ambas expresiones el valor de Ley divina y Mandato
divino.
La controversia queda planteada. Carmelo Elorduy,
en sus Sesenta y cuatro conceptos de la ideología taoista de Lao Tse y Cuang Tzu
comparte esta posición, y si bien se lamenta que en solo cuatro
oportunidades, los Maestros usaron un léxico categórico para referenciar su
creencia en Dios, deja sentado: estaban acostumbrados,
más que nosotros, a personificar los seres cósmicos, por ejemplo el Cielo. Es un
hecho que el Tao no es sólo la razón u ordenamiento de los seres. Tiene
existencia firme en sí mismo. Nuestro Dios es muy amoroso y gusta que se le ame.
El Tao es un Dios más frío en su olímpica eminencia.
La Unidad
Hombre-Naturaleza y las Falsas
Dicotomías
De lo expuesto hasta aquí podría implicarse,
erróneamente, que estamos ante una visión antropológica que no le otorga a los
seres humanos otra calidad que la de autómatas, ciegamente sometidos a las
fuerzas cósmicas. Parecería ser ésta la implicación forzosa luego de haber
afirmado que nada de lo que acontece escapa a la Ley Natural,
Tianli.
Sin embargo, asociar el concepto de Tianli en la
esfera de la conducta humana, con el comportamiento automático, tal como si
fuéramos marionetas del destino, responde a una lectura del mundo desde un
paradigma filosófico muy arraigado en nuestra cultura pero extraño al
pensamiento que estamos analizando.
Cuando la unidad hombre-naturaleza que
experimentamos cotidianamente, la desmembramos a nivel del pensamiento oponiendo al
ámbito humano de la voluntad y la responsabilidad, el ámbito natural de la
causalidad mecánica y la fatalidad, generamos un serio problema intelectual:
¿cómo restablecer la vinculación entre el hombre y la naturaleza separados por
semejante abismo ontológico?.
Para el pensamiento taoísta nuestro
comportamiento no se halla vinculado a la Ley Natural por estar aprisionados
en un cuerpo. No es por el hecho de tener un cuerpo que la Ley Natural nos
condiciona desde fuera de nosotros mismos, permitiéndonos ser de cierta manera e
impidiéndonos ser de otra distinta.
El Hombre
No tiene un Cuerpo, Ni tiene
una Mente.
El hombre es una unidad psicofísica inescindible de la
totalidad de la naturaleza.
De allí que la Ley Natural, como modalidad
intrínseca de la manifestación del Tao, no puede vivirse como exterior al hombre
mismo. No tiene sentido postular algo exterior al Tao.
Partiendo del sentido metafísico del Uno como condición de toda existencia. Y no
pudiendo haber dualidad de naturalezas, en la visión antropológica taoísta no
tiene cabida lo mental (aislado de lo corporal), como un ámbito en que
supuestamente se atenuaría el imperio de Tianli para dar lugar al libre
arbitrio. No hay para el taoísmo filosófico un ámbito
mental en el cual elegimos y decidimos con total arbitrio la conducta a seguir,
y otro ámbito biofísico, corporal, en el que deben armonizarse los mecanismos
naturales con nuestras intenciones previas: Cuerpo y mente son aspectos de una
misma unidad.
Tanto en el proceso de la toma de decisiones como
en el de su ejecución podemos observar con igual relevancia aspectos mentales
como corporales y tanto los unos como los otros se ajustan a la forma específica
de manifestación de la Ley Natural en cada campo.
Desde este punto de vista, afirmar que la Ley
Natural rige los acontecimientos humanos no significa en modo alguno que fuerzas
exteriores al hombre le impone los pasos que debe dar. Recurramos a un ejemplo: si Juan es un agricultor de bajos recursos, con familia
numerosa, que ha vivido episodios muy traumáticos en su niñez y
está hoy
asediado por una sequía inusual, que le crea dificultades económicas y
desavenencias con otras personas. Juan se comportará, ante la situación que le
aflige, como lo que el es: como un agricultor de bajos recursos, con familia
numerosa, que ha vivido episodios muy traumáticos en su niñez, etc. etc.
Ninguna imposición exterior, desde fuera de lo
que es, le obliga a actuar como lo hace. Ni tampoco él podrá actuar a su
absoluto arbitrio independientemente de su lugar en el mundo. Parafraseando a
Ortega diríamos que Juan es Juan y su circunstancia, y por tanto, Juan solo
puede actuar desde lo que es. Ahora bien, si Juan no puede a capricho llevar a
cabo lo que haría un granjero rico, que ha tenido una infancia feliz, que no
padece ninguna calamidad... es porque Juan no es ese granjero que tal
vez hubiese deseado ser.
Libre arbitrio
y necesidad; indeterminación y fatalidad, son conceptos que nos presentan falsas
alternativas del comportamiento humano. Si tales términos dicotómicos los
referimos a la unidad de la persona en si y los consideramos desde la
perspectiva de la unidad originaria hombre-naturaleza, pierden su falsa
apariencia de opuestos contradictorios, y se tornan meros reflejos mentales de
una realidad que los supera.
El Camino
El Camino es el
camino de la vida misma
y hay que irlo descubriendo de manera intuitiva, ya que no puede ser encontrado mediante la aplicación del intelecto;
se revela en el vivir real y concreto, en el acto de ver el camino en
cada momento de la vida,
nos dice
Anne Bancroft.
La práctica del Tao, del Camino, es el camino de la vida misma;
es el cotidiano vivir, pero no ya con una actitud soberbia y desafiante ante la
naturaleza y las circunstancias que nos rodean, sino en una actitud diferente.
La práctica del Tao es el reencuentro cotidiano con la vida en la plenitud que
nos ofrece cada instante presente, y no ya con aquella constante ansiedad e
insatisfacción que nos produce el apego a deseos, a sentimientos superlativos, a
rencores, envidias... La comprensión del
Tao no es una labor
intelectual sino una experiencia vital.
También se intenta poner bajo sospecha de incongruencia, la
propuesta de un Vía o Camino taoísta como perspectiva personal y social de vida.
Se argumenta que, si todo tiene su raíz en el Tao, no queda nada por elegir ni
nada por hacer. A esto ya nos hemos referido en el tema anterior, pero nos quedó
pendiente hacer referencia a lo que anticipamos como falsa conciencia del
mundo.
Nuestra conciencia del universo, de lo que acontece en él, y más
específicamente, de lo que sucede en nuestro entorno más inmediato, no escapa al
ámbito del tao, pero no por ello, tiene que coincidir con la verdad. La realidad
es una, pero las imágenes que nosotros percibimos de la realidad, las
experiencias que tenemos (cada uno desde su peculiar lugar en el mundo) y las
deducciones que hacemos sobre las características de esa realidad (que suponemos
común a todos), son imágenes múltiples. Y cada una de esas imágenes es en mayor
o menor grado una falsa conciencia del mundo. Precisamente, la sabiduría que se busca en el Camino
taoísta, supera las perspectivas personales para obtener una conciencia de
la realidad más universal, más próxima a la verdad, menos distorsionada por
nuestros intereses, nuestras apetencias, nuestras capacidades y habilidades
disímiles. Si no fuere así, no dejaría enseñanza alguna para el quehacer humano y estaría
totalmente divorciada de la vida social y política.
Para destacar que el Camino taoista, en cuanto senda personal y
social, es la consecuencia coherente de la cosmovisión que venimos desarrollando, creo oportuno hacer una brevísima síntesis
de lo anteriormente expuesto, permitiéndonos de manera fluida retornar al punto
en que estamos. Me valdré para ello de fragmentos de la versión y comentarios de
Antonio Medrano sobre el Tao te King, El Taoismo y la Inmortalidad.
Todo el orden
natural, junto con todas y cada una de las cosas que forman parte de él, es una
manifestación, expresión o revelación del Tao. Es el Tao el que susurra en
las hojas de los árboles cuando estas son mecidas por el viento; es el Tao el
que canta en el trino de los pájaros; es el Tao el que borbotea en el murmullo
de las fuentes; es el Tao el que calla en el silencio de las altas cumbres o en
la inmensidad de los desiertos...
La ley que lo
rige todo es la ley de la interdependencia o interrelación universal: todas las
cosas están relacionadas entre sí; todo influye en todo; cualquier acción o
alteración, por mínima que sea, repercute en el conjunto. Hay unas conexiones
sutiles entre los diversos planos y ordenes de la realidad: lo que ocurre en un
momento o un lugar tiene su repercusión más o menos perceptible en momentos y
lugares distantes. Cualquier cosa que haga el ser humano incide en el
orden del cosmos.
El destino de
los seres es circular por ese curso circular universal, hay que acoplarse a él
sin rebeldía ni reticencia, fluir en armonía con él y seguir relajadamente su
trayectoria, renunciando a cualquier impulso egocéntrico. Cuando las cosas
creadas desertan de ese su destino, cuando se sublevan y tratan de salirse de
tal círculo para establecer su propio orden, se rompe el orden natural...
En consecuencia
el Taoismo es una forma de vida, una manera de ser y de actuar, un modo de ver
la realidad y de estar en el mundo. Su objetivo fundamental es transformar
la vida humana para unirla al orden cósmico del que forma parte y hacerla una
fiel expresión del Tao...
La meta de la
Vía taoista es conocer la Realidad Suprema, y a través de ese Conocimiento
supremo, conocer la profunda verdad del ser humano y la ley que rige el orden
universal, lo que supone descubrir el vínculo que une a ambos.
Al Taoismo no le
interesa un conocimiento puramente mental, abstracto y teórico, desvinculado de
la vida, como es el que domina la vida del hombre occidental moderno. El
Conocimiento que busca la Vía del Tao es un conocimiento realizativo. El
Conocimiento del Tao tiene que ser vivido para ser comprendido. Es una verdad
para ser vivida con la totalidad del ser, que para ser realizada exige una
participación de la persona entera: con su cuerpo y su alma, con su inteligencia
y con su sentimiento, con su estómago y sus pulmones...
Wu Wei
Wu wei es un concepto central de la actitud taoísta ante la vida
y el mundo. Si persistimos en hablar de un estilo de vida taoísta, este estaría
caracterizado por Wu Wei. En esencia, el Camino, la Vía taoísta, es la práctica
de Wu Wei.
¿Qué debe entenderse por Wu Wei? Las muy variadas
interpretaciones que ha suscitado la conjunción de estos dos caracteres ha
llevado a significaciones equivocas. Expongamos primero cuales han sido sus
diferentes traducciones: no acción, no obrar, no interferencia, no esfuerzo, no
aserción....
Paradójicamente la más difundida de ellas, no acción, es la que
más se aparta de su significado pleno. Todas las versiones autorizadas del Tao
te Ching, contienen advertencias sobre las interpretaciones equívocas. A modo
ilustrativo veamos lo expresado por Francois Jullien en el prólogo a la
traducción del Tao te Ching efectuada por Anne Helene Suárez, publicada bajo el
título Libro del Curso y de la Virtud:
Si hay un tema
que parece caracterizar este libro es la no acción (wu wei). Pero hay que
cuidarse de entenderla equivocadamente, como a menudo se ha hecho, de leerla
como un desentendimiento respecto al mundo, una renuncia quietista, en
definitiva, como un llamamiento a la pasividad. La fórmula debe leerse en su
versión completa: No hacer nada, pero que nada quede sin hacerse. Si uno se
guarda de actuar, efectivamente, no es porque se desinterese del mundo,
más vale dejar que las cosas vengan naturalmente, por-si-mismas, sin cargarlos
con el peso de nuestros proyectos, con lo arbitrario de nuestras voluntades. Si
el sabio se guarda de actuar, es para dejar acontecer y, por tanto, lograr con
más facilidad: para dejar que la viabilidad de las cosas obre por si misma...
Y en igual forma se manifiesta John Blofeld en Taoismo, la
Búsqueda de la Inmortalidad:
Wu wei,
principio cardinal de los taoístas, significa literalmente no-acción
pero no en el sentido de quedarse sentado todo el día como un tronco muerto o un
bloque de piedra; sino en el de evitar la acción que no sea espontánea, en el
actuar de lleno y con destreza, pero sólo y de acuerdo con la necesidad
presente, siendo vivaz cuando se requiere, pero nunca forzado y tenso, huyendo
de la acción artificiosamente calculada y de toda actividad que arranque de un
motivo de provecho interesado.
Queda claro entonces, en palabras de J C
Cooper, que Wu Wei no es el cese de toda acción, sino
el cese de la acción motivada... es el cese de la acción inducida por los deseos
y por el apego al reino de la ilusión de los sentidos. Todo esto puede parecer imposible de realización concreta en un mundo
en que se han desquiciado las relaciones del hombre con la naturaleza y de los
hombres entre sí. Pero la vía del Wu Wei no es un Camino social o políticamente
ineficaz. Su eficacia puede que sea eclipsada por el sentimiento de soberbia que
alimenta la modernidad. La sociedad moderna, víctima del espejismo que le
produjo el desarrollo de la ciencia y la tecnología, impuso la creencia de que
todo objetivo, por pretencioso que fuera, podría ser alcanzado, a través de un
desarrollo social de progreso interrumpido. La gran capacidad de operar sobre la
realidad en numerosos campos de actividad, transformando las condiciones
naturales, indujo a pensar que ninguna manipulación del entorno le está vedada a
la voluntad humana, y esto ha traído aparejado un sentimiento de soberbia que ha
hecho olvidar por completo nuestra relación de interdependencia con la totalidad
de la que somos parte.
La emergencia ecológica a la que no escapa ningún lugar del
planeta, es el resultado más contundente de la perniciosa afirmación del
hombre enfrentado a la naturaleza. Las calamidades
sociales que se viven en vastas regiones del mundo, contrastando con la
opulencia de otras, es indicativo de que el desarrollo de la humanidad es
forzado por carriles impuestos, y como tal, inarmónico y profundamente
asimétrico.
En lo que hace al ámbito personal, digamos, citando nuevamente a
Cooper, que Wu Wei se trata de la tranquila aceptación de la vida en el mundo
tal como es y como viene; de aguardar el momento y la oportunidad, sin forzar
nunca el resultado, sino que este se despliegue a su tiempo según su
naturaleza. Es que la única acción que se necesita es estar acorde con el
Tao.
Para nada se trata de una conducta fatalista que nos imponga una resignación
piadosa, sino la humilde actitud de no oponer la acción deliberada por sobre-encima del conocimiento de la naturaleza real de las cosas, teniendo en
cuenta, además, que para comprender la verdadera naturaleza hay que apaciguar
las tensiones que suscitan los deseos y que alimentan la falsa conciencia de la
realidad. Lin Yu-Tang lo ha sintetizado en estos
términos: Es el secreto de
dominar las circunstancias sin afirmación de uno mismo contra ellas.
Seguramente, el lector podrá pensar que con semejante actitud,
nada de lo que hoy nos ofrece el mundo se podría haber logrado, y que de
habernos atenido al dictado del Wu Wei hubiésemos superado escasamente el mundo
de extrema necesidad en que vivieron generaciones anteriores. Esta presunción
surge de creer que la base de todo progreso es el esfuerzo, el desafío, la
confrontación de la civilización oponiéndose y venciendo a la naturaleza.
De más está decir que en la visión taoísta el hombre jamás podrá
ir más allá de donde la naturaleza se lo permita, y si registra progresos en
términos de bienestar es porque ha sabido armonizar su actividad con las
oportunidades que la totalidad pone a su disposición, de la misma forma que
también aporta con su acción al acontecimiento de futuras catástrofes cuando se
deja conducir por intereses mezquinos o delirios de grandeza.
Las discrepancias entre taoístas y voluntaristas encierran
siempre una distinta valoración de lo que es la felicidad, y en este punto,
quiero ceder la palabra a una de los mas brillantes ascetas cristianos
contemporáneos que nos ha ayudado a los occidentales a comprender la esencia del
Camino. Thomas Merton reflexiona para nosotros: Yo no puedo decir si lo que
el mundo considera felicidad es o no es felicidad. Todo lo que sé es que cuando
considero el camino que muchos recorren tratando de conseguirla, los veo correr
precipitadamente, amargados y obsesionados, con las prisas generales del rebaño
humano, incapaz de detenerse a sí mismo o cambiar de dirección. Y todo ello
mientras proclaman que están a punto de conseguir la felicidad.
Por mi parte, no
puedo aceptar su forma de ver las cosas, tanto si se trata de la felicidad como
de la desgracia. Me pregunto si, al fin y al cabo, su concepto de la felicidad
tiene algún sentido. Mi opinión es
que nunca nadie alcanzará la felicidad hasta que deje de buscarla. Mi mayor
felicidad consiste precisamente en no hacer absolutamente nada que esté
calculado para obtener la felicidad. Y esto para mucha gente es la peor
conducta. Yo quiero mantenerme fiel a la frase que dice: La alegría perfecta es estar sin alegría.
La alabanza perfecta es no ser alabado.
Si alguien
pregunta qué debería hacerse y qué no debería hacerse en el mundo para
conseguir la felicidad, mi respuesta es que esas preguntas no tienen respuesta.
No hay forma de determinar esas cosas. Pero, al mismo tiempo, si ceso de
esforzarme en buscar la felicidad, lo correcto y lo erróneo se hacen aparentes de inmediato por si mismos.
Alegría y bienestar se hacen posible de inmediato en el momento en que
uno cesa de actuar con la vista puesta en ellos, y si uno practica el no-hacer
(wu wei) tendrá ambas cosas, felicidad y bienestar.
IMÁGENES
1: Lao Tzu, como lo representa la tradición, a
lomos de un buey - 2: Caligrafía, ideograma de Tao, el Principio Primordial
anterior a todo lo existente... el Logos o la armonía de la creación - 3:
Paisaje chino, con Lao Tzu al fondo - 4: Yin y Yang, principios de la Polaridad
complementaria que rige la creación, el ritmo cambiante de la naturaleza: lo
femenino o intuitivo, lo germinal y oscuro,
la tierra, el
invierno, la noche es yin... y lo masculino, lo metódico, la luz, el cielo, el verano y la acción,
lo yang - 5: Confucio,
contrapuesto en la filosofía tradicional china a Lao Tzu y al taoísmo, representa el código y
la reglamentación social.
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