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La Orden del Temple tenía por objeto la
salvaguarda de los Santos Lugares. Ello hizo que la leyenda lo asociase a la
búsqueda y custodia de las Reliquias Sagradas. De hecho, en uno de sus primeros
emplazamientos, en lo que hoy es la mezquita del Al-Aqsa, en la explanada del
que fuera antiguo templo de Salomón, se encontraba el santo santorum en
que se guardaba el Arca de la Alianza. Sus creencias sincréticas, extraídas
incluso de otras tradiciones, sus rituales, propios de sociedades secretas,
sobre los que revelaremos su sentido, siendo especialmente aclaratorios con
aquellos que motivaron su condena… o, por citar alguno de sus mayores enigmas,
la imagen del Bafomet, les hacía desmarcarse de la ortodoxia católica. Todo lo
cual, sumado a la fragilidad teológica que arrastraba en origen su fundación
-dada su naturaleza de monjes y guerreros, en contradicción por tanto con el
mensaje pacificador y amoroso de Cristo- sería sin duda el origen de su caída.
Una vez perdida la confianza de la Iglesia en 1307, Clemente V en connivencia
con el codicioso monarca Felipe el Hermoso deciden poner fin a sus dos siglos de
historia.
Los Templarios
no entendieron que su cometido fuera la defensa en exclusiva del catolicismo por
Oriente, desmarcándose en este sentido de los cruzados. Su finalidad, en contra
de lo que comúnmente pudiera parecer, fue salvaguardar la fe religiosa y la
protección de los santos lugares. Pero tanto de las mezquitas y sinagogas como
de los templos cristianos, lo cual les granjeó la animosidad de la Iglesia.
Trabajaron por
el acercamiento de las religiones. En cierta medida aspiraron a crear las bases
de una Religión Universal, si bien fracasaron, pues como proyecto sincrético
resultó demasiado adelantado para la época. Algo así solo puede concebirse ante
una humanidad que haya expandido sus niveles de consciencia y alcanzado la
tolerancia necesaria en términos sociales y religiosos.
Ello no impidió
que mantuviesen contactos con el mundo del Islam, especialmente con
organizaciones de su mismo carácter. Tal es el caso de su equivalente islámico,
los assasins, proveniente del término assaça (que significa
guardián)… los guardianes de la luz islámica, como se les conocía. Herederos en
este sentido del esoterismo ismaelita transmitido por Ismael, el segundo hijo de
Abrahán, de manera análoga a como Isaac lo fuera para judíos y cristianos. De
ellos proviene completamente tergiversado el término asesinos, que
originariamente venía a interpretarse en términos de valentía, especialmente,
por su implacabilidad en el combate. Al igual que los templarios, fue una orden
místico-religiosa que tenía por objeto la defensa de los santos lugares y con
quienes llegaron a mantener importantes contactos internos.
Para socavar
esta excesiva apertura religiosa, la iglesia francesa llegó a dar instrucciones
a la Orden del Temple para que aceptase la admisión de todo católico que lo
solicitara, sin tener en cuenta su condición ni su moralidad. E incluso se llegó
a decretar que todo cristiano que fuera excomulgado podía enmendarse de sus
faltas enrolándose en la Orden. Conscientes del peligro que tal medida podía
suponer, los dignatarios mostraron su disconformidad al Papa y resolvieron,
reunidos en un conclave en Palestina, desclasificar a todo candidato que hubiera
sido admitido según las nuevas directrices de la Iglesia.
Bajo la
dirección del Gran Maestre de la Orden, Jacques de Molay, las tensiones se
agudizaron con el Papa Clemente V. Francia estaba gobernada en aquel momento por
Felipe el Hermoso, quien les envidiaba sus riquezas, temía por su enorme poder y
no les perdonaba que hubieran negado la entrada a uno se sus hijos. Tuvo la idea
entonces de condenarles por herejía y prácticas blasfemas. El 13 de octubre de
1307 se arrestaba así, con la aprobación de la Iglesia, a numerosos caballeros,
dando comienzo al final de la Orden.
Las Cruzadas, su
Contexto Histórico
Oriente Medio,
aunque poblado en su mayoría por árabes, estaba bajo la dominación de los turcos
selyúcidas. Estos, a diferencia del resto de los musulmanes, eran brutales y
fanáticos, si bien tenían como meta no tanto instaurar en Palestina la
supremacía del Islam como reducir la influencia política de la Iglesia
cristiana. El resto de los musulmanes por el contrario eran permisivos respecto
de los cristianos, quienes gozaban de plena libertad para seguir su credo, fruto
sin duda del refinamiento de la cultura árabe, muy adelantada entonces a la
occidental tanto en los planos económico, cultural y artístico como científico.
Por otra parte,
los cristianos que vivían en Palestina eran bizantinos –dependientes de la
Iglesia de Constantinopla– y no católicos, fruto del cisma religioso de 1054 con
el que se crea la Iglesia ortodoxa, sustraída y enfrentada a la romana. En
vísperas de la primera Cruzada, como puede observarse, las tensiones en
Palestina no se limitaban a los enfrentamientos entre los turcos selyúcidas y
cristianos, sino que incluían igualmente las rivalidades entre la Iglesia
católica y la bizantina.
En noviembre de
1095, la Iglesia católica celebraba un Concilio en Clermont-Ferrand (Francia),
bajo la autoridad del papa Urbano II, con el objeto de mantener la paz entre los
diferentes estados cristianos de Europa. Es entonces cuando se proclama la
primera Cruzada, bajo pretexto de que los musulmanes estaban sembrando el terror
entre los peregrinos y cristianos de Palestina. Reunieron al pueblo ante la
plaza y les exhortaron a ir a Jerusalén para expulsar a los infieles y
liberar el Santo Sepulcro de Jesús.
Nada más
terminar su discurso, un predicador menor, Pedro de Amiens, conocido como El
Ermitaño, comenzó a gritar: Dios lo quiere, Dios lo quiere. La
expresión subyugó de tal manera a la multitud que se acabaría convirtiendo en el
lema de lucha de los cruzados. Hombres, pero también mujeres, niños e incluso
ancianos partían desde Francia, Inglaterra, Alemania, España e Italia… con la
convicción de la causa divina. Guiados por Pedro el Ermitaño y Gauthier
Sans Avoir, un cortesano francés, siembran el terror por donde quiera que pasan,
matando y desbastando las regiones que atraviesan. Cruzan por Constantinopla,
hasta llegar a Nicea, entonces plaza turca, donde en pocos días son sin embargo
detenidos y diezmados.
En el invierno
de 1096 una segunda Cruzada se pone en camino hacia Israel, esta vez conducida
por caballeros formados en la milicia, entre ellos, Godofredo de Bouillon,
Raimundo IV, conde de Tolosa, Bohemundo de Tarente y Tancredo de Hauteville.
Pasan por Constantinopla, vencen en Nicea y llegan a Antioquia, en donde
algunos, tras padecer fuertes temporales y epidemias, regresan a sus países de
origen en barcos genoveses y venecianos. Finalmente, después de sangrientos
combates, la expedición toma Jerusalén en 1099.
Cuando los
cruzados llegaron a Jerusalén, la ciudad ya no estaba tomada por los turcos
selyúcidas, sino por egipcios musulmanes que los habían expulsado. Para evitar
contiendas religiosas, estos, atendiendo a su talante más tolerante, habían
reestablecido la libertad de culto. Pero los cruzados acabaron sitiando
Jerusalén, convirtiéndolo en reino cristiano. Nombraron como monarca a Godofredo
de Bouillon y crearon tres principados, los de Edesa, Antioquia y Trípoli.
Observando el
dominio cristiano, turcos y árabes se alían para combatirlos. Como
contrapartida, se organizarán diversas Cruzadas entre los siglos XII y XIII.
Ello no impedirá que durante este período surjan espontáneamente otras cruzadas
impulsadas por la exacerbación popular. En 1212, por ejemplo, surgió la cruzada
De Los Niños, encabezada por un pastorcillo de Vendôme, en Francia. Un
inmenso tropel de 30.000 niños y jóvenes embarcaban en Marsella hacia Jerusalén,
pero engañados por mercaderes son conducidos hacia Alejandría, en Egipto, donde
serán vendidos como esclavos. O la cruzada De Los Pastorcillos, en la que
participaron de manera similar miles de jóvenes alemanes en 1250, pereciendo
trágicamente en su marcha hasta Bríndisi, en Italia.
En la península
ibérica, los monarcas portugueses, castellanos y aragoneses quedaron exonerados
de las expediciones a Tierra Santa por considerar que la Reconquista española,
emprendida contra la hegemonía musulmana, respondía a los mismos ideales que
salvaguardaban la cristiandad. En el caso de los Templarios, destacaba su
presencia en la ruta jacobea, configurando a Santiago de Compostela, al igual
que Jerusalén, como lugar de peregrinación y Santo Lugar.
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La novena y
última cruzada concluyó en 1291 con la pérdida de San Juan de Acre, donde los
cruzados fueron exterminados. Los templarios, que habían sido un gran apoyo para
las fuerzas militares en Tierra Santa, se repliegan a Chipre, donde permanecen
hasta su disolución en 1312. A partir de ese momento, Oriente Medio cayó
progresivamente bajo la dominación musulmana y el cristianismo, tanto católico
como ortodoxo, perdió su influencia en esta parte del mundo.
Los Orígenes del
Temple
Tras la primera
Cruzada, nueve caballeros franceses decidieron fundar una Orden, entre cuyas
intenciones, y a diferencia de lo que sucedía con los cruzados, no estaba la de
combatir sistemáticamente a los musulmanes. Tampoco asistían a pobres y a
enfermos, como sucediera con los Caballeros de San Juan (más tarde, Caballeros
de Malta) o con los Hospitalarios, creados en 1120, ni tampoco quedaban
circunscritos a un ámbito territorial de actuación –tal es el caso
más tardío de los
Caballeros Teutónicos, fundados hacia 1198 en los territorios del Báltico– sino
la de defender a los cristianos que peregrinaban a los Santos Lugares.
Hugues de Payns,
quién fuera realmente el promotor inicial y su primer Gran Maestre, Geoffroy de
Saint-Omer, Geoffroy Bisol, André de Montbard, Payen de Montdidier, Archambaud
de Saint-Amand, Gondemar, Rossal y Hugues de Champagne se instalaron en
Jerusalén y fundaron la Orden de los Caballeros del Temple en 1118. Balduino II,
que reinaba entonces en la ciudad, les permitió establecer sus cuarteles
generales en una sala de su palacio, situado cerca de la mezquita de Al-Aqsa,
La Única, en la explanada del que fuera antiguo Templo de Salomón y del que,
por dicha razón, tomarán el nombre de templarios… Ciento noventa y seis
años de vida para una organización poderosa a la par que controvertida,
veintidós Grandes Maestres hasta 1314, en que desaparecen.
Cerca de sus
cuarteles se encontraba también la mezquita de Omar, conocida como la Cúpula de
la Roca (Qubbat al-Sakhra). Para la tradición judía era el lugar en el que se
encontraba el santum santorum -donde supuestamente estaba el Arca de la
Alianza- del Templo de Salomón. Fue
construido por Hirma alrededor del 1010 antes de
nuestra era y destruido, en lo que fuera su primera construcción, por el rey Nabucodonosor en 587 aC y, finalmente, tras sucesivas reconstrucciones, por el
emperador romano Tito en el año 70 dC. Estaba construida sobre el monte Moriah,
cuya cima rocosa alberga y le da nombre, y donde cuenta la Biblia que el ángel
le pidió a Abraham el sacrificio de su hijo Isaac, deteniéndolo poco después
tras comprobar la sumisión del patriarca. Igualmente importante para los
musulmanes, por otra parte, pues desde ella ascendió el propio profeta tras su
muerte. Presenta además, según esta tradición, las hipotéticas huellas del pie
de Mahoma y de la mano del arcángel Gabriel que se le apareció.
La mezquita,
construida en el 692 es de base octagonal… estructura que servirá de modelo para
numerosas construcciones templarias. Interesados como estaban por la Cábala
concedían gran importancia a la ciencia de los números. De hecho, este tipo de
planta será una de las más empleadas, dado que el número 8 simbolizaba para
ellos la armonía entre los mundos material y espiritual.
Este modelo de
construcción es característico de la cultura musulmana. Sale de la propia cruz
templaria, pues basta con dibujar su contorno externo para obtener el octágono.
Llamada por ello mismo Cruz de las 8 Beatitudes, si bien el concepto
puede encontrarse generalizado igualmente en todo el Islam. Esta relación simbólica, por
ejemplo, dejando al margen la de Omar y buscandola en otras geografías bien
distintas, puede apreciarse de mejor manera en la mezquita de Lotfollah (Isfahan,
Irán), en la plaza del Imán, Naqsh-é-Jahan, una de las más hermosas del mundo.
A la planta
octogonal se le superponen progresivamente, según observamos, dos niveles de 16
y 32 lados, coronando el alzado con el círculo de la cúpula semiesférica que la
cubre. Más allá de una solución arquitectónica hay aquí un significado místico.
Una progresión ascendente que pone de manifiesto la cuadratura del círculo,
la conversión de lo material -lo octogonal, como primer desarrollo
de la cruz templaria, pero también del
número cuatro o cuadrado, que cabalísticamente representa
la manifestación- en lo sagrado, simbolizado en este caso por el círculo. La plasmación
geométrica que resuelve la anhelada formulación matemática de francmasones,
alquimistas y cabalistas medievales, tierra y cielo unidos en un recinto
sagrado.
Además, en la
explanada en la que fueron construidas las mezquitas de Omar y Al-Aqsa quedaba
todavía un muro de la época del Templo de Salomón, el llamado Muro Occidental o
Muro de las Lamentaciones, como se le conoce hoy en día, convirtiéndose por ello
en un importante lugar de plegaria para los judíos. Si a todo esto le añadimos
que metros más abajo se encuentra el Santo Sepulcro o tumba de Jesucristo, según
la Iglesia católica, se explica que Jerusalén fuera considerada la capital
religiosa de judíos, musulmanes y cristianos.
Retomando sus
orígenes, para dar más legitimidad a la Orden, los templarios buscaron el
reconocimiento de la Iglesia jurando fidelidad a Teocleto, Patriarca de
Jerusalén, a quien consideraban el sexagésimo séptimo sucesor del apóstol Juan
-otra peculiaridad más de los templarios, cuya veneración por el apóstol Juan
está ligada a una visión más gnóstica de los Evangelios. Asumieron la regla de
San Agustín e hicieron votos de pobreza, hasta el punto de hacerse llamar
Pobres Caballeros de Cristo. Momento a partir del cual se ocuparon de la
protección de los cristianos en Jerusalén, sus caminos y alrededores.
Por lo que
concierne a la regla, Hugues de Payns se sirvió de uno de sus amigos con gran
influencia en la monarquía y el clero de la época, San Bernardo, fundador de la
abadía de Claraval y perteneciente a la orden del Cister. Una orden que hasta la
fundación del Temple fue refugio para caballeros y trovadores que, hastiados de
los trasuntos cortesanos, decidían retirarse a la vida contemplativa. Fundada en
1098 por San Roberto en la abadía de Citeaux (Francia), se proponía la renovación
y recuperación de los ideales benedictinos desbancando a la antaño todopoderosa
Orden de Cluny, de la que procedía y cuya regla enmendaba en un intento por
regresar a la pureza de la regla originaria. |
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San Bernardo de
Claraval sería quien redactaría los estatutos de la orden del Temple, basándose
en la regla de San Agustín. Animando incluso a sus familiares -entre ellos, los
condes de Champaña- para que participasen en su fundación
con donaciones y legados. De hecho, su tío André de Montbard será uno de los
nueve caballeros fundadores.
Inicialmente, se
habían planteado cuestiones de conciencia ante la sola idea de una milicia
cristiana -parecía contradictoria con el mensaje pacificador y amoroso de
Cristo. Pero la defensa encendida que realizó con su texto De Laude Novae
Militiae (Elogios a la Nueva Milicia) durante el Concilio de Troyes,
celebrado en la Francia de 1128, permitió a la Orden del Temple obtener
finalmente el reconocimiento del papa Honorio II. Para arrojar cualquier sombra
de duda, la bula Omne Datum Optimum publicada en 1139 por Inocencio II,
reconocía a los templarios como
defensores de la Iglesia por expresa voluntad divina ante los adversarios y
enemigos de Cristo, por lo que quedaba completamente
legitimada.
Desde entonces
sus vidas quedaron perfectamente regladas, entre ellos los votos de celibato o
de pobreza, a la par que sus signos perfectamente definidos. Su estandarte, el
Boussant –bandera partida en dos cuarteles, uno blanco y otro negro, y
donde junto con la cruz templaria aparece la divisa de la Orden Non Nobis,
Domine, non Nobis, Sed Nomini tuo Da Gloriam (No a nosotros señor sino a tu
Nombre sean dada toda la gloria)… los sellos, sus vestimentas. En relación a
estas últimas, debe saberse que, atendiendo al sistema altamente jerarquizado de
la Orden, el Gran Maestre, los comendadores y los caballeros llevaban un hábito
blanco, los capellanes un hábito marrón, los sargentos un hábito gris, al igual
que los escuderos que se iniciaban en la caballería, y los artesanos y
domésticos un hábito negro, intentando con ello reflejar igualmente un
escalonamiento evolutivo. Pero cubriéndose todos, aunque no la llevaran de
manera permanente, con una capa blanca como símbolo de pureza. Y sobre el hombro
izquierdo, la cruz roja paté.
Es importante
reseñar que la Cruz, más allá de las connotaciones cristianas, guardaba el
simbolismo propio de su naturaleza esotérica. Sostén
del octaedro al que ya nos hemos referido, por los triángulos que forman sus
aristas, venía a representar los cuatro puntos cardinales, algo así como el mapa
cósmico elemental de la creación. Pero sin duda aquí,
lejos ya de entenderse la vía mística como algo puramente exclusivo de
ascetas y eremitas, viene a significar también
la confluencia o, mejor, el anclaje de lo espiritual (representado por el eje
vertical) en el mundo material (eje horizontal), al
objeto de moldearlo y evolucionarlo… la unión de cielo y tierra promovida por la
doctrina cristiana.
Se constituía
entonces una orden de monjes soldados, cuyos postulados eminentemente cristianos
hacían conjugar la vida monástica con la actividad guerrera. Un punto que sin
embargo no superará sus reticencias iniciales debilitando su legitimidad futura,
dado que quiebra en origen la mínima coherencia teológica. Y es que el concepto
cristiano de guerra justa en términos de guerra santa
-como
también sucede con su equivalente islámico de yihad- queda pervertido en
su sentido. En la tradición más purista, hace referencia a una actitud personal
que el individuo debe tener para consigo mismo. El creyente debe guerrear
contra su propia naturaleza inferior, por expresarlo de alguna manera, para
poder acceder así a los planos superiores de conciencia y espiritualidad. Por
contra, tomando el concepto en su literalidad más expresa, se extrapola en
términos de combate físico contra el infiel, cayendo en un fanatismo religioso
que dista mucho del perfeccionamiento espiritual que se busca en el creyente.
Otros Misterios
y Leyendas Templarios
Hay un hecho
extraño ya en los inicios del Temple que cuestiona el sentido mismo de la Orden.
Durante los nueve primeros años no se incrementaron nuevos caballeros ni
entraron en combate y, a decir de algunos de los testimonios, se temía ese
momento pues aunque tenían adeptos no se les había preparado. Si a ello se suma
la mencionada inconsistencia teológica, cabe pensar que sus fines o al menos sus
objetivos más importantes fueran otros. En este sentido, no es de extrañar que
su historia aparezca especialmente ligada a las sagradas reliquias: la Lanza de
Longinos, el Sudario de Jesús, el santo Grial… o el propio Arca de la Alianza.
Algún autor como
Charpentier, en Los Misterios Templarios, ha aventurado la hipótesis de
que los primeros templarios buscaron y encontraron el Arca en las caballerizas
del que en otro tiempo fuera Templo de Salomón y donde se alojaron.
Actualmente
la mezquita de Al-Aqsa, siendo escoltadas secretamente a Francia. El Arca de la
Alianza era un recipiente de oro, rematado con alas de querubines y en la que se
custodiaba, entre otras piezas relevantes, las Tablas de la Ley con las que
Moisés había suscrito la alianza del pueblo judío con Yahvé.
En tiempos de
Salomón fueron colocadas, junto al Arca, en el santa santorum del Templo
que mandó construir. Maimónides, filósofo árabe, citaba a propósito de ello la
existencia de una cavidad secreta bajo el Templo con el objeto de esconderlo en
caso de destrucción, como así sucedió. Y en el que presumiblemente los
templarios estuvieron excavando.
Con el Arca,
indica el autor, debieron encontrar además patrones y medidas propias de la
geometría sagrada empleada para el Templo de Salomón y que después utilizarían
en la construcción de las catedrales góticas. Atrevida suposición, pero de alguna manera
explicaría, por otro lado, la repentina irrupción del estilo gótico en la Europa
de 1130, un enigma que la investigación histórica siempre se ha
cuestionado.
Tan distinto del
románico, que le precede, el gótico tiene un refinamiento y una complejidad que
no puede considerarse evolucionada del románico y, sin embargo, aparece de
repente, casi siempre en las abadías cistercienses íntimamente ligadas a la
fundación del Temple. Si el románico llega a su plenitud después de múltiples
mejoramientos a partir del estilo romano y bizantino, el gótico,
comparativamente mucho más complejo, surge sin embargo, sin solución de
continuidad, de golpe, completo y total. Aparece después de la primera cruzada y
especialmente tras el retorno de los Caballeros templarios con su secreto, de
estimarse dicha suposición.
Un secreto que
tendría que ver con la utilización de una geometría sagrada en la construcción
de templos y catedrales. Depositarios de una tradición oculta, con sus capiteles
y gárgolas, con sus galerías, la altura de sus agujas y campanarios parecen
desvelar saberes antiquísimos heredados del Templo de Salomón o bien de Moisés,
quien sin duda estaba formado en las técnicas constructivas del antiguo Egipto.
De allí
obtendrían, siguiendo con la hipótesis de Charpentier, las relaciones
geométricas que emplearían poco después en la construcción de las catedrales. De
hecho, se van a encontrar en ellas multitud de inscripciones relacionadas con
los templarios. La catedral gótica de Chartres por ejemplo, muy cerca de Paris,
o las más tardías Capilla de la Abadía de Rosslyn, en Escocia, y la iglesia de
Saint-Merry contienen inscripciones sobre las sagradas reliquias además de las
relativas al Arca o a otras expresiones iniciáticas y ritualísticas… En el
pórtico de esta última, construido por lo demás en el XIX, se encuentra la
representación más clara que conocemos del Bafomet.
El hecho de que
se hubiese llevado secretamente a Francia algún tipo de documento u objeto,
enlaza con un suceso extraño que aparece siglos después, en 1885, en una
población del sur de Francia, Rennes-le-Château. Michael Baigent, Richard Leigh
y Henry Lincoln, autores de El Enigma Sagrado, sacan a la luz una
tradición oculta que enlaza con las leyendas sobre el Grial, el culto a Maria
Magdalena, los Cátaros… la Orden de Sión y otras que circularon durante el
medievo -ahora, con presunción histórica y profusamente documentadas- y de cuyo
secreto eran conocedores, según observan los autores, los Templarios.
Parten de la
suposición de que el Grial, la copa de la última cena y en la que José de
Arimatea recogiera la sangre del Cristo crucificado, hubiera viajado junto a una
pequeña comunidad cristiana hacia Europa, hacia el Sur de Francia o al país de
Gales, Inglaterra, dependiendo de la tradición del lugar. En todo caso, lo
significativo de ello es que como cabeza de la incipiente comunidad estaba María
Magdalena, quien aparece además como esposa de Jesús y en cuyo seno llevaba su
descendencia. Los merovingios, siguiendo la línea interpretativa de los autores,
reivindicaron este linaje, que habría sido preservado a lo largo de la historia
por la Orden del Priorato de Sión. De hecho, hay quienes consideran que la
expresión Grial proviene de San Greal, Sangre Real, lo cual entroncaría
con la propia legitimidad al trono de Jesús de Nazaret, quien descendía a su vez
de rey David…
Hay quienes
avanzan incluso que el culto a María, profesado por los templarios –quienes
ponían de hecho a sus catedrales el nombre de Nuestra Señora- estaba referido a
María Magdalena. Independientemente de que este extremo fuera o no constatable,
lo cierto es que sus Vírgenes Negras, por otra parte, enmascaran antiguos cultos
de otras tradiciones paganas. Guardan relación, en este caso, con el culto a la
madre Tierra que pervivía en la cuenca mediterránea antes del cristianismo. Y
aquí nos remontamos al Egipto faraónico, dado que los antiguos egipcios
identificaban el color negro -el que tenía el limo del Nilo cuando se desbordaba
nutriendo la cuenca- como una prueba inequívoca de la fertilidad de la tierra.
Era un culto
esencialmente femenino, basándose en el hecho de que la Tierra al igual que la
mujer era procreadora de vida. Una explicación que entronca con la que
Fulcanelli daba en El Misterio de las Catedrales, cuando nos indica que
la imagen de la diosa Isis en basalto negro era venerada en las criptas de los
antiguos templos egipcios. De manera análoga, sus representaciones con su hijo
Horus en el regazo pasarían a formar parte de la iconografía cristiana,
convertida ahora en las prolíficas escenas de maternidad de la Virgen con el
niño.
El Proceso de
los Templarios
Tras los reveses
de la séptima cruzada, Gregorio X deseaba integrar las distintas fuerzas
religiosas que actuaban en Tierra Santa con el fin de presentar un frente único
y más fortalecido ante el asedio de los musulmanes. Así, en el Concilio de Lyon
que convocó en 1274 se planteó reunir las órdenes del Temple y de los
Hospitalarios, pero la negativa de los reyes de Castilla y de Aragón hicieron
fracasar la iniciativa. La propuesta se volvió a plantear años más tarde,
durante el pontificado de Clemente V, con la negativa en este caso de Jacques de
Molay, gran maestre del Temple en este período. Incluso el monarca francés
Felipe IV -que, más allá de la táctica política o militar en Jerusalén,
intentaba poner límites al poder del Temple- llegó a plantear la integración de
las órdenes militares religiosas bajo el mando único de uno de sus hijos.
El rechazo a la
fusión por parte de los templarios, dejaba el campo libre para sus enemigos, que
intentaron desde ese momento debilitarles. Las primeras acusaciones, sirviéndose
de simples rumores infundados, se presentaron en el Cónclave de Perugia de 1305,
en la región de Agen, por un personaje anónimo hasta entonces, Esquiú de
Floyrano. A partir de ese momento, se buscaron testigos de cargo entre quienes
fueron excluidos o expulsados de la orden e incluso se introdujeron espías, todo
ello bajo la instrucción de Guillaume de Nogaret, arzobispo de Narbona y hombre
de confianza del monarca francés.
Los motivos del
procesamiento de los templarios, como ya hemos avanzado, provenían
fundamentalmente de los recelos generados por su enorme poder y riqueza. Cuando
Felipe IV informó al papa Clemente V, obtuvo de inmediato la autorización. En la
mañana del viernes 13 de octubre de 1307 -fecha que a partir de entonces
comienza a considerarse fatídica por la superstición popular- los soldados
conducidos por emisarios del Rey se presentaron en todas las Encomiendas
templarias para arrestarlos, curiosamente, sin oposición alguna por su parte. Se
les requisaron sus bienes y se hicieron públicas sus acusaciones.
Es evidente que
si se dispusiera de los archivos de las diversas Encomiendas, se haría
rápidamente la luz sobre su procesamiento. Sin embargo todavía no ha aparecido
nada en este sentido, lo que hace sospechar que la mayoría de los papeles fueron
destruidos. Sobra decir que el procedimiento carecía de cualquier garantía, por
no decir de cualquier presunción de veracidad. Dado que no había intención de
esclarecer los hechos sino más bien la de someter y, por tanto, condenar a un
movimiento política y religiosamente muy influyente. No obstante, la
investigación histórica coincide en señalar los siguientes puntos de condena:
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- En la
celebración de la misa, los capellanes de la orden no consagraban la hostia,
convirtiéndola en una ceremonia pagana. |
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- Los
templarios estaban autorizados y además se les animaba a practicar la
sodomía y otras perversiones sexuales. |
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- La
ceremonia oficial de admisión a la Orden era seguida de otra secreta durante
la cual el postulante era invitado a escupir sobre la cruz y a renegar de
Cristo. |
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- En los
rituales secretos, sus dignatarios adoraban una cabeza que tenía aspecto
diabólico y a la que denominaban Bafomet. |
Desde el más
simple sentido común, no cabe pensar que gentes que entregaban su patrimonio y
ofrecían su vida por la defensa de unos ideales acabaran realizando prácticas
contradictorias con su credo. Tal vez pudieron existir abusos localizados, pero
en todo caso no dejarían de ser la excepción que confirma la regla. Incluso
entre los mismos apóstoles, en otro orden de cosas, se produjeron hechos
puntuales que socavarían la cohesión del grupo… Pedro, por ejemplo, negó por
tres veces a Jesús y Judas le traicionó. Pero no por ello se invalida la
actuación de los apóstoles, ni tan siquiera la de Pedro, considerado por el
contrario cabeza misma de la Iglesia.
No cabe duda que
sus prácticas ritualísticas iban más allá de la literalidad de sus acusaciones.
Ya es difícil entender que pudieran generalizarse tales prácticas así
entendidas, pero mucho menos que estuvieran instituidas en la ritualistica de la
orden si no tuvieran un sentido más profundo y distinto del que se le dio para
condenarles. Cabe entender más bien que guardaban un carácter simbólico -lógico
en un contexto ceremonial como este- del que, por el contrario, nunca se habló
para su descargo.
En relación con
el primer punto mencionado, la fórmula empleada en la consagración al comulgar
es un asunto de pura liturgia y no tiene nada que ver ni cuestiona en absoluto
la fe de sus practicantes. El siguiente supuesto, el rito consistente en escupir
la Cruz, mencionado en segundo lugar, resulta más controvertido sin duda. Pero
representaba una manera explicita y atrevida, sin falsos miramientos, de negar
al Cristo crucificado -demasiado presente dentro de la dogmática católica e
incluso, dentro del arte, en la propia iconografía cristiana- en favor de un
Cristo resucitado y glorificado. Era una manera de recuperar la dignidad
cristiana, que de lo contrario podía interpretarse en términos de tibieza o de
fracaso. |

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Si la prédica de
Cristo estaba confinada estrepitosamente al fracaso, en la medida que era
incapaz de transformar la actitud de los mandatarios y de una sociedad que
mayoritariamente lo condenaba, podríamos plantearnos en qué ejemplo de vida a
seguir se convirtió Su testimonio. Ciertamente no es éste el sentido que debe
darse a su mensaje, pero sin embargo, lo creamos o no, tal desmerecimiento está
profundamente arraigado en la mentalidad cristiana.
Quedarse en la
crucifixión es quedarse a medio camino. Ciertamente, la muerte de Cristo, más
allá del deceso, viene a representar la muerte del Ego. Presupone en alguna
medida atenuar, domeñar nuestro comportamiento primario o incluso nuestra más
refinada personalidad, fácilmente entregada a banalidades de diverso tipo, como
puedan serlo la búsqueda de estatus, el reconocimiento, la ostentación de poder…
etc. Pero el propósito último no es este -aunque, en semejante contexto, se deba
pasar por él- sino la resurrección… en otros términos, aspirar a la luz del
conocimiento, renaciendo en amor.
Recordemos el
pasaje del Nuevo Testamento en el que Jesús respondía a una indicación que le
hacían en relación a su madre y hermanos, quienes les esperaban en la puerta.
Contestó entonces que su familia era la de aquellos que oían la palabra de
Dios y la seguían. Es decir, que la auténtica hermandad de Cristo, lo que
podemos entender como verdadera Cristiandad, es la de aquellos que escuchan su
Voz Interior -para emplear una expresión más contemporánea- y la siguen. A
favor, por tanto, según su propio testimonio, de una voluntad de servicio y de
realización distinta de la que se tiene así mismo como simple centro de
satisfacción egocéntrica, ciertamente, pero también distinta de quien la
entiende como camino de cruenta mortificación y sufrimiento.
Por otro lado,
la crucifixión tampoco tiene el sentido escatológico que normalmente se le
atribuye: sufrir en vida para, tras la muerte, obtener la gloria eterna...
uno de los sonsonetes más referidos en nuestra cultura religiosa. Jesús
mismo, sintiendo de cerca su martirio, pudo haber dado marcha atrás e incluso
haber utilizado su propio poder para salvar la situación. Sin embargo, no lo
hizo. Estuvo tentado, sin duda -recordemos como antes de ser apresado, pasó su
noche oscura en Getsemaní. Mientras oraba, rogó que le fuera apartado de esa
prueba, de ese cáliz, como expresó. Si bien, de inmediato rectificó: que no
sea mi voluntad, Señor, sino la Tuya.
El mensaje de
fondo que se trasluce, cambia completamente el sentido de la crucifixión. La
vida puede no merecer la pena ser vivida, no porque la mortificación tenga un
valor salvífico en sí, sino cuando traicionas la fe, tus ideales… incluso, para
repetirnos en expresiones más contemporánea, tus sueños. La crucifixión de
Jesús, por tanto, tiene un sentido distinto más allá de lo puramente explícito.
Es un mensaje de fe, de fuerza, de voluntad… de determinación que arroja fuera
de sí cualquier miedo, cualquier duda sobre el camino de realización personal o,
según se expresaba entonces, de salvación. Incluso, aunque en ello mismo nos
vaya la vida.
Además, Cristo
con su ejemplo no solo lo recorrió sino que trazó un mapa, dibujó un itinerario
espiritual marcándonos los hitos y logros del desarrollo personal. Nos redimió,
en la medida que su testimonio por efecto de resonancia -podríamos decir incluso
que mórfica, aunque resulte descontextualizado emplear aquí el término de
Sheldrake- impregnó la filogenia de nuestra especie. Abrió una brecha,
facilitándonos el camino. No nos extraña por tanto que, en los Templarios,
hubiese un intento por desviar su mensaje de la crucifixión y poner el acento en
la glorificación y su resurrección. El resto de las actuaciones
-presumiblemente condenatorias, de ser ciertas, como la sodomía o las
perversiones sexuales- se deberán explicar igualmente, como venimos haciéndolo,
a la luz del simbolismo propio del cristianismo primitivo y de los misterios
iniciáticos antiguos, de marcado carácter gnóstico.
Inicialmente,
las acusaciones vinieron por el sello de la orden, la bula, moldeada en
plomo y plata, y en la que se representaba un caballo montado por dos caballeros
templarios. Su origen se remonta a los momentos de la fundación, cuando Balduino
II les ofreció su palacio, cerca de los restos del que fuera antiguo templo de
Salomón. Entonces recibieron el apodo de Pobres Soldados del Templo de
Salomón, pues carecían de patrimonio -cosa que cambiaría poco tiempo
después.
Su modestia
inicial era puesta de manifiesto al compartir un solo caballo, como aparecía en
el sello, pero también se quería dar con ello un significado de hermandad. Los
dos caballeros representaban la dualidad del mundo de la manifestación, pero
unida por lazos de amor y de fraternidad. Frente a la iconografía triunfante del
caballero sobre su caballo, propio de las representaciones ecuestres
posteriores, la simbología del sello implicaba la unidad de acción de un
colectivo humano en un mismo espíritu de servicio… es decir, querían mostrar la
idea de una Hermandad o de una Fraternidad propiamente dicha.
Lejos de
entenderlo así, Felipe IV insinuó que los dos caballeros sobre una sola montura
evocaban un acto de sodomía. Prefirió emplear la difamación al objeto, no de
traer claridad sobre el proceso, sino de socavar y desprestigiar la legitimidad
del Temple. Una interpretación que acabó imponiéndose sobre la originaria de sus
fundadores al sumarse la ambigüedad de otras prácticas empleadas en sus
ceremonias. Sacadas de su contexto ritualístico, e interpretadas
tendenciosamente en términos de una moralidad distorsionada, no cabe duda que
acabarían resultando controvertidas para la época.
En las
recepciones, por ejemplo, el comendador daba el Beso de la Paz en la boca
al aspirante e incluso, en algunas otras ceremonias, les besaba la parte
inferior de la espalda al objeto de abrirles su plexo o centro energético –el
Mulhadhara Chackra de los orientales. Lejos de toda connotación sensual,
significaba más bien la transmisión del aliento sagrado que nos recuerda el
episodio del Génesis, cuando el Creador, tras moldear al hombre del barro, le
insufló en su rostro, con su propio soplo, el aliento de vida. Equivalente
también a las ceremonias de ungimiento, propias del cristianismo, para la
recepción de un sacramento o a la imposición de manos característica de los
rituales de iniciación de las Escuelas Mistéricas, mediante las cuales se
trasmitía al neófito un legado o un don especial de la tradición en cuestión.
Pero sin duda
uno de los secretos más enigmáticos fue el del Bafomet, cuyo desciframiento da
de lleno en su sistema de creencias. Se trataba de una cabeza que, según la
instrucción del proceso, tenía un aspecto diabólico y a la que sus dignatarios
supuestamente adoraban. Nuevamente, sacado de su contexto ritualístico, fue
calificado de ídolo, llegando a figurar entre sus principales acusaciones.
Significado del
Bafomet
Diversas
interpretaciones se han venido dando al respecto. Desde considerarlo como la
representación del propio Cristo, extraída del Madylion o paño en el que se
enjugara el rostro en su vía crucis hacia el Gólgota, o la del propio Mahoma,
basándose etimológicamente en una presumible adulteración del nombre del
profeta, Mahomet, con lo que se pondría de manifiesto la influencia
islámica.
Más atinadas nos
parecen las que lo enmarcan dentro de un contexto iniciático. El escritor sufí
Idries Shah acertadamente lo interpretaba como una corrupción de la palabra
árabe Abufihamat, pronunciado bufihamat, que significa maestro de
entendimiento. Representa, para el sufismo, el estado mental al que llega el
hombre después de pasar por un proceso de purificación. Según otras teorías,
igualmente afortunadas, podría venir también de la combinación de dos palabras
griegas, Baph y Metis, cuya traducción es bautismo de sabiduría. Una
hipótesis que podría explicar el hecho de que si los Templarios venerasen alguna
cabeza, como parece suceder, ésta sería la de Juan el Bautista, decapitado por
Herodes.
Hugo Schonfield,
uno de los primeros investigadores de los manuscritos del Mar Muerto y buen
conocedor de la historia de los templarios, lo interpreta en términos
cabalísticos. Considera que la palabra Bafomet está escrita en el código
Atbash, código hebreo que combina la primera letra del alfabeto, aleph, con
la última, tau, la segunda con la penúltima y así sucesivamente. Al hacer las
sustituciones se obtiene la palabra griega Sophia, que significa sabiduría.
Estas últimas
sin duda, e independientemente de si aciertan o no con el origen del término,
dan conceptualmente en la clave. El Bafomet, como abiertamente expresa Iacobus
en su opúsculo sobre Rituales Secretos de losTemplarios, es el
guardián del umbral, figura clave en las ceremonias ritualísticas de
iniciación de las Escuelas de los Misterios. Tenía en este caso el aspecto de
carnero, propio de las representaciones demoníacas de la iconografía cristiana.
Pero venía a representar, sin embargo, las tentaciones con las que se tendría
que enfrentar el candidato antes de su paso como Caballero. Venía a recordamos
que sólo un ser purificado puede entrar en el Templo de la Sabiduría. Esta
representación tan controvertida, para quien lo interpreta desde el exterior,
deja de serlo en el momento que se inscribe, como vemos, en su contexto.
En los misterios
egipcios, el papel de Guardian del Umbral estaba representado por la Esfinge,
quien planteaba al neófito un enigma con el objeto de comprobar su capacidad y
determinación. De la respuesta dependía su paso o no a las enseñanzas
superiores. El propio Jesús sin ir más lejos, en el ámbito de nuestra tradición
judeo-cristiana, hubo de ganarse su propio merecimiento al superar las
tentaciones que el propio Diablo le planteó en el desierto, quien asumía en ese
momento el papel de Guardián de los misterios.
La lectura
resulta clara, es la representación del aspecto psíquico del hombre hundido en
la materia. El guardián del umbral representaba así, en un contexto
cristiano como este, al diablo personal que el aspirante debe vencer en su
búsqueda iniciática de perfeccionamiento y sabiduría. Esto supone vencerlo hasta
el punto de cambiar sus dudas por determinación, su ignorancia por su latente
sabiduría, despertando el discernimiento y su intuición para poder oír la Voz
Interior… a la que poder seguir y con la que poder vencer los presumibles
obstáculos que habrán de aparecer en el camino de perfeccionamiento y
purificación.
Luego, cuando
llegue el momento, deberá afrontar y vencer al diablo colectivo, sea Lucifer,
Satán, Iblis o Ahriman, dependiendo del contexto religioso en el que nos
encontremos. Su dimensión colectiva o social, en este último caso, viene dada
por la turbia creación humana, la basura o polución psíquica derivada de sus
malos deseos y pensamientos. De la explotación indiscriminada, no ya de la
naturaleza sino de sus propios congéneres humanos, de la riqueza en detrimento
de la pobreza de los demás… y sin obviar por ello la primera, de su propia
desarmonía con la naturaleza, de la que por el contrario deberíamos ser sus
defensores.
Pero no todo
está perdido. El Bafomet llevaba sobre su frente una esmeralda luminosa en forma
de octágono; es decir, encerraba en sí mismo al Alma o su despertar, la Luz, la
Verdad. El guardián, por tanto, pulsa no más que las pasiones humanas y prueba
nuestra capacidad de superación y determinación. De esta manera el hombre, si
bien cayó envilecido en la materia, es portador igualmente -simbolizado por la
piedra preciosa- de una esperanza latente que le permite retornar nuevamente
hasta Dios.
El Final de la
Orden
Algunos se
retractaron y juraron su inocencia, otros confirmaron las acusaciones vertidas
en su contra. Ante las dudas que pese a todo le planteaba el procedimiento, y
bajo la presión de Felipe el Hermoso, Clemente V convocó en 1311 el concilio de
Vienne, donde si bien no se condenaba a la Orden se ponía fin a sus actividades.
En cuanto a sus bienes, con excepción de los que el rey francés había confiscado
en el arresto, serían devueltos a los Hospitalarios, cuya actividad como ya
hemos indicado se limitaba a la atención de pobres y enfermos.
De acuerdo con
las decisiones tomadas en el Concilio, los templarios que confirmaron su
confesión en presencia del Papa fueron perdonados y liberados. Los que no se
retractaron fueron acusados de perjuros y heréticos, siendo condenados a la
hoguera. Quedaba por resolver el caso de los altos dignatarios de la orden, es
decir, Jaques de Molay, Gran Maestre, Hugues de Pairaud, Visitador de Francia,
Geoffroy de Charnay, Preceptor de Normandia, y Geofroy de Gonneville, Preceptor
de Aquitania. Durante su proceso público fueron condenados a prisión por
perpetuidad. Pero cuando fue enunciada la sentencia, Jacques de Molay y Geoffroy
de Charnay se levantaron y se retractaron, afirmando que su único crimen había
consistido en hacer una falsa confesión para salvar sus vidas. A partir de ese
momento, estaban destinados a la hoguera.
El 18 de marzo
de 1314, se construyó una pira en París, cerca del Puente Nuevo. Los condenados
subieron a ella esa misma tarde. Tras haber vuelto el rostro hacia Notre-Dame,
Jacques de Molay gritó una vez más su inocencia así como la de la Orden. Se
cuenta que entonces exclamó: No somos
culpables de los crímenes que se nos imputan. La regla del Temple es santa,
justa y cristiana, pero yo de sobra merezco la muerte porque he traicionado a la
Orden para salvar mi vida. Es cierto que voy a morir, pero pronto caerá la
desgracia sobre los que nos han condenado sin justicia. Tú, Clemente, y tú
Felipe, traidores de la fe cristiana, ¡os emplazo a los dos ante el tribunal de
Dios! A ti Clemente en cuarenta días, y a ti, Felipe, en el curso del año.
Ciertamente así
ocurrió, el Papa murió debido a una enfermedad un mes más tarde, mientras que el
Rey pereció en el mismo año, el 29 noviembre de 1315, en un accidente de caza.
IMÁGENES
1: Caballero Templario - 2: Replica del Arca de la Alianza - 3: Explanada del
antiguo Templo de Salomón. En primer término, la mezquita de Al-Aksa; en el
extremo inferior izquierdo el
Muro de las Lamentaciones. En la parte superior, la mezquita de Omar o, también,
la Cúpula de la Roca. - 4: Acceso a la Mezquita Al-Aksa. - 5: Muro de las
Lamentaciones. - 6: Mezquita de Omar o, también, la Cúpula de la Roca. - 7:
Cúpula de la Mezquita de Lotfollah. - 8: Mezquita de Lotfollah, en Irán. - 9:
Simbología templaria. - 10: Isis con su hijo Horus, precedente de las
Maternidades cristianas en las que aparece la Virgen María con el niño Jesús. 11: Capilla de Rosslyn. - 12: Catedral de Chartres. - 13: Felipe
IV y Clemente V contemplan la muerte en la hoguera de J de Molay y Geoffroy de
Charnay. - 14: Sello o bula Templaria. - 15: Representación del Bafomet, en el
pórtico de Saint Merry. |

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