La imaginación es la puerta a través de la
cual penetran igualmente la enfermedad y la curación, por esto hay que desconfiar de la
dolencia. Aunque se esté enfermo, si se rechaza la afección, esta se marchará. Los
pensamientos pueden matar o enfermar, pero también sanar. Ya sea a través de la Yogoda
Satsanga o de la Self-Realization Fellowship difunde el Kriya Yoga, según el cual la
mente humana es una chispa de la divina conciencia. Toda la creación está gobernada por
leyes. Las que descubre la ciencia son naturales, pero hay leyes más sutiles que rigen
las leyes de la conciencia y estas se pueden conocer a través del yoga.
En 1993, las
celebraciones en la India, y en todas las naciones del mundo, del centenario del
nacimiento de Paramahansa Yogananda, el primer maestro hindú que se radicó en Occidente
de modo permanente, renovaron su mensaje de amor, fe y tolerancia.
Este hombre
santo abrió el camino del estudio de las raíces comunes que existen en todas las
religiones en los años '20, cuando asistió en los Estados Unidos a un congreso de
religiones liberales, en representación de la India.
Jamás
despertó en Occidente cuya población es mayoritariamente cristiana
controversias ni rechazos a su doctrina, pues el mensaje que le habían solicitado
difundir Babaji, maestro avatar de la India moderna, y el venerado santo hindú
Lahiri Mahasaya, a través de su gurú Sri Yukteswar Giri apuntaba a la tolerancia,
a la unión de todas las religiones y a comprender que los libros sagrados de Oriente y
Occidente, en sus fundamentos mismos, ofrecen las mismas enseñanzas. Describió a sus
maestros y sus mágicas hazañas en su libro Autobiografía de un Yogui, un
relato fascinante de su búsqueda de la verdad, que constituye, en el presente, un
clásico de la literatura religiosa.
Su gran
contribución en la divulgación de la filosofía hinduista en las Américas y Europa fue
su aporte de la ciencia del Kriya Yoga, técnica psicofisiológica tomada de sus maestros.
Yogananda,
verdadero apóstol de la paz y ferviente creyente en la hermandad humana, dejó un legado
que sigue floreciendo y expandiéndose en todos los países de las Américas, Europa y
Australia bajo el nombre de Self-Realization Fellowship (Asociación para la
Autorrealización), organización fundada en 1920 en California para difundir sus
enseñanzas en Occidente.
Aunque la
mayor parte de la vida del maestro transcurrió en Occidente, la India lo considera uno de
sus más grandes santos. Así lo manifestó el gobierno de su país natal cuando en 1977,
con motivo de la celebración del vigesimoquinto aniversario del mahasamadhi (muerte en
meditación) de Paramahansa Yogananda, emitió en su homenaje un sello postal.
Nació en la
última década del siglo XIX, el 5 de enero de 1893, en la ciudad de Gorakhpur a los pies
de los Himalayas, en el seno de una familia acomodada perteneciente a la casta de los
kshatriyas, guerreros y gobernantes, la segunda en el sistema tradicional de castas de la
India. Le dieron el nombre de Mukunda Lal Gosh y fue el cuarto hijo de una familia de ocho
hermanos, cuatro mujeres y cuatro hombres.
Sus padres,
Bhagabati Charan Gosh y su esposa Gurru (Gyana Prabhal) Gosh, eran fervientes devotos y
discípulos del gran santo hindú Lahiri Mahasaya, y criaron a su numerosa prole con gran
amor y enseñanzas espirituales.
Desde muy
niño, Makunda ayudó a su madre a disponer ofrendas de flores frescas impregnadas en
pastas de madera de sándalo en el altar familiar donde veneraban una foto del santo
Lahiri Mahasaya. Luego, la acompañaba en sus meditaciones y honraban con incienso y mirra
a la divinidad expresada en el retrato.
Sus padres
lo iniciaron a temprana edad en la técnica del Kriya Yoga enseñada por Mahasaya y, en
muchas ocasiones, el niño experimentó éxtasis místicos. Veía al maestro salir del
marco de la fotografía y adquirir un cuerpo luminoso que se sentaba a su lado. Pero el
mayor milagro ocurrió cuando tenía ocho años y enfermó gravemente de cólera
asiático, entonces incurable.
Desahuciado
por los médicos, Mukunda agonizaba cuando su madre, acompañada de su hermana mayor,
Roma, colgó en la habitación del moribundo el retrato del santo, pidiéndole que
mentalmente se postrara ante el maestro para que lo sanara. El niño obedeció mirando
fijamente la foto. Ocurrió entonces un extraño fenómeno presenciado por toda la
familia. Del retrato emanó una luz resplandeciente que iluminó toda la habitación y
envolvió el cuerpo del enfermo. De inmediato, Mukunda se recuperó, incorporándose en el
lecho lleno de energías. Su madre y su tía se postraron ante la milagrosa fotografía
agradeciendo a Lahiri Mahasaya por la sanación del niño.
Desde esa
ocasión, comenzó a experimentar muchísimas visiones espirituales cuando meditaba. En
una oportunidad, vio dentro de una fulgurante, figuras de santos en postura de meditación
y, al preguntar ¿Qué es ese fulgor?, una voz le respondió, Yo soy Ishwara
(Yo soy luz), que es el nombre sánscrito para designar a Dios en su aspecto de legislador
cósmico.
La familia
Gosh vivió en diferentes ciudades de la India, pues el jefe del hogar ocupaba el puesto
de vicepresidente de la compañía de ferrocarriles Bengala Nagpur, lo que permitió al
místico Mukunda conocer en las diferentes ciudades que residió a científicos,
filósofos, santos y yoguis famosos de su época.
A los 11
años tuvo una experiencia de percepción extrasensorial, con su madre. Su padre había
comprado una gran casa en Calcuta y su madre se encontraba allí, preparando la boda de su
hermano mayor, Ananta. El y su padre aún no se habían mudado a esa ciudad y
permanecieron en Berelly, localidad del norte de la India a la que su progenitor había
sido designado por unos años. Mukunda despertó a las 4 de la madrugada y vio a su madre
junto a su lecho. Ella le susurró: Despierta a tu padre y tomen el primer tren a
Calcuta desapareciendo de inmediato. El niño transmitió el mensaje a Bhagabati,
pero éste no le creyó. A la mañana siguiente llegó un telegrama anunciando que Gurru
estaba gravemente enferma. Partieron de inmediato, pero llegaron demasiado tarde. Estaba
muerta.
Este gran
golpe sumió a Mukunda en una honda pena. Para consolarse y volver a contemplar los
amables ojos de su madre, a quien consideraba su única y más grande amiga, armó un
altar a la Madre Divina, que en la India es representada por la diosa Kali, y ante él
meditaba y oraba, en busca de consuelo. Su fervor fue recompensado.
En la
meditación completó la figura resplandeciente de la diosa Kali, que lo miró dulcemente,
diciéndole: Yo soy la que ha velado por ti vida tras vida en la ternura de muchas
madres. Mírame y verás los ojos de tu madre. Esta visión curó su melancolía y le
dio el consuelo que buscaba sintiéndose desde entonces dichoso de haber sido favorecido
con la constante compañía de la Madre Divina.
Viajes y
Maestros
Inquieto y
sediento de enseñanzas espirituales, Mukunda se escapó muchas veces del hogar para
trepar a los Himalayas y conocer a los santos meditadores que veía en sueños y visiones.
Pero, una y otra vez, su hermano mayor, Ananta, impedía sus escapadas.
Su padre,
viudo y solo, con la finalidad de que el niño no volviera a las andadas que tanto lo
angustiaban, conversó con él ofreciéndole regalarle pasajes para que conociera nuevos
lugares y, a la vez, cumpliera con algunos encargos suyos. A los 12 años, cuando la
familia ya estaba instalada en Calcuta, Mukunda viajó a la lejana ciudad de Benarés, con
una carta enviada por su padre a un conocido llamado Kedar Nath Babu. El niño debía
contactarlo por medio de un yogui amigo de su progenitor, en santo Swami Pranabananda.
Llegó a la
dirección indicada y el yogui, que no lo conocía y no estaba al tanto de su visita, al
verlo dijo: Tú eres el hijo de Bhagabati y traes un encargo. En esos mismos
instantes subía las escaleras de la casa Kedar Nath Babu para encontrarse con el niño.
Fue una reunión de maravillas, pues Mukunda se enteró de que, mientras conversaba con
Pranabananda, el doble espiritual del santo había ido a Ganges a buscar a Kedar, quien
realizaba sus abluciones matinales en el sagrado río. Tanto Kedar como Mukunda quedaron
estupefactos ante esa comunicación inalámbrica entre el yogui, Bhagabati, y ambos
contactados.
Riendo les
dijo Pranabananda: El mundo fenoménico tiene una sutil unidad que no está oculta a
los verdaderos yoguis. Yo veo y converso instantáneamente con mis discípulos de la
lejana Calcuta. Ellos también saben cómo trascender a voluntad todos los obstáculos de
la materia densa. Este maestro fue el primero que le profetizó al niño: Tu vida
pertenece al sendero de la renunciación y al yoga.
Sobre los
poderes de telepatía y clarividencia, de los cuales fue testigo y experimentó en sí
mismo en su infancia y juventud, Yogananda escribió en su autobiografía: Un día la
ciencia los va a confirmar. Poco después de su muerte, a partir de los años ´60,
la parapsicología se fundó como una ciencia experimental en la Universidad de Duke,
Estados Unidos; y fue pionero de la investigación científica de la percepción
extrasensorial de la cual están dotados algunos seres humanos, el doctor J. B. Rhine,
fundador del método estadístico que ha demostrado, irrefutablemente, que los casos en
que se produce este fenómeno superan matemáticamente la ley del azar y no son
explicables por causa objetiva o subjetiva conocida.
Mukunda
realizó sus estudios secundarios en un colegio inglés de Calcuta. Su padre, para evitar
sus escapadas místicas, contrató como profesor particular de sánscrito y escrituras
sagradas a Swami Kebalananda, reputado maestro espiritual y también discípulo de Lahiri
Mahasaya.
Kebalananda
era una autoridad en los shastras (libros sagrados) y Mukunda aprendió de él no sólo
las escrituras santas sino también la médula de las enseñanzas de Mahasaya, que puede
resumirse en la no entrega a fe esclavizadora alguna, pues la convicción de la
presencia divina se logra con la práctica del Kriya Yoga. Solo este método permite un
real contacto con la divinidad, limpia el karma y hace posible al discípulo alcanzar la
iluminación por medio del esfuerzo personal.
El Kriya
Yoga es muy simple. Con base muy importante en la respiración, se trata de un método
fisiológico por medio del cual la sangre humana es descarbonizada y recargada con
oxígeno. Los átomos del óxigeno extra, son transmutados en vida,
rejuveneciendo el cerebro y los centros espinales. Deteniendo la acumulación de sangre
venosa, el yogi es capaz de detener el deterioro de los tejidos, permitiéndo, con mayor
avance, transmutar las células en energía.
En sus
correrías de adolescente por Calcuta, conoció a varios yoguis que realizaban proezas
increíbles. El maestro Gandha Baba hacía prodigios materializando a pedido aromas,
flores y frutas mediante secretos aprendidos en el Tíbet. El joven fue testigo de ellas.
En un principio las creyó fruto del hipnotismo, pero más tarde las describió en su
autobiografía como un manejo consciente de la fuerza pránica (prana es la energía
sutil de los hindúes), que es una fuerza vital más refinada que la energía atómica y
está compuesta por vitatrones que regulan las variaciones en las vibraciones de
electrones y protones de la materia física. El secreto de Gandha Baba era ponerse a tono
con la fuerza pránica, mediante ciertas prácticas de yoga, guiando los vitatrones a
reordenar su estructura vibratoria materializando el resultado que deseaba. Sus milagros
eran en verdad simples materializaciones de vibraciones terrenales y no hipnotismo.
Advertía,
sin embargo, que los poderes yóguicos ostentosos no son recomendados por los grandes
maestros. Estas prácticas son entretenimientos y desvían la verdadera búsqueda de la
divinidad: Despiertos en Dios, los verdaderos santos efectúan cambios en este sueño
del mundo por medio de una voluntad armoniosamente concordante con la del Soñador de la
Creación Cósmica.
Terminó su
educación secundaria y se negó a matricularse en la Universidad, lo que provocó un gran
disgusto a su padre, quien, pese a su decepción lo autorizó a recogerse en el ashram de
Benarés dirigido por Swami Dayananda, donde permaneció poco tiempo.
En 1910,
cuando tenía 17 años, iba camino al mercado para hacer unas compras de alimentos para el
ashram, cuando sintió su cuerpo paralizado al ver a un Swami al fondo de una callejuela
sin salida. Su corazón le dijo que ese era el gurú que andaba buscando. Corrió hacia el
desconocido y se postró de rodillas para tocarle los pies. El Swami le dijo: Hijo
mío, por fin has venido hacia mí. Cuántos años te he estado esperando. Era Sri
Yukteswar Giri, también discípulo de Lahiri Mahasaya y muy famoso en Europa por haber
aparecido en el libro del catedrático de Oxford, doctor W. Y. Evans-Wentz, titulado Yoga
Tibetano y Doctrinas Secretas.
De su
encuentro con el maestro cuenta en su autobiografía: La sombra de una vida entera se
esfumó de mi corazón, la vaga búsqueda aquí y allá había concluido. Había
encontrado al fin mi eterno refugio bajo el amparo de un verdadero gurú. |

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Mahasaya,
considerado Gñanavatar (encarnación de la sabiduría) de la India de su época, lo
aceptó en su ashram de Serampore, localidad muy cercana a Calcuta, con una condición
debía regresar a la casa familiar y estudiar filosofía en la Universidad. Le profetizó:
Viajarás a Occidente y para que escuchen la enseñanza espiritual que debes entregar
es necesario que obtengas un título universitario.
El joven
Gosh, embriagado por el encuentro, retornó a su lar de Calcuta, para regocijo de su padre
y su hermano Ananta que, ya casado, vivía con su mujer junto a su progenitor. Aunque
había sido iniciado por sus propios padres y por el Swami Kebalanda en las técnicas del
Kriya Yoga, Sri Yukteswar lo inició nuevamente en su ashram. En ese instante, cuenta
Yogananda, una gran luz se abrió pasando en mi ser, como la gloria de incontables
soles ardiendo juntos. Una impresión de inefable felicidad inundó mi corazón hasta lo
más profundo.
En 1915 se
graduó en la Universidad de Serampore (filial de la de Calcuta) como Licenciado en
Letras, y de inmediato su gurú lo ingresó en la orden de los Swamis. Tiñó de color
ocre una pieza de tela de seda blanca y se la ofreció como su nueva túnica de Swami,
profetizándole otra vez: Irás a Occidente, allá gustan más de esta tela que del
algodón. Mukunda tomó el nombre de Yogananda, que significa felicidad a través
de la unión divina y, al igual que su maestro, fue un Swami de la rama Giri, que
quiere decir montaña. Otras ramas son Sagar = mar, Bharti = tierra, Puri = terreno y
Sarasvati = sabiduría de la naturaleza.
Con Sri
Yukteswar aprendió a dominar incomodidades, como los feroces mosquitos de la India, y a
comprender cabalmente el concepto de ahimsa, que no sólo significa en forma
concreta no matar, no dañar, sino también implica el no pensar en dañar. El sentido de
este aforismo de Patanjali es remover el deseo de matar le explicó
Yukteswar aclarádole que el hombre puede verse obligado a exterminar criaturas
perjudiciales, pero no debe caer bajo la compulsión de la ira o de la animosidad. Todas
las formas de vida tienen derecho al aire de Maya.
Bajo la
guía de su amado gurú, Yogananda comprendió que el cuerpo humano es algo precioso, el
de más alto valor en la escala evolutiva por su cerebro y centros espinales, y que a
quien busca la verdad le permite expresar su divinidad.
Yukteswar
sanaba a muchos enfermos y también enseñaba técnicas de autosanación. De estas,
Yogananda dice: Aprendí que los pensamientos pueden matar o enfermar y también
sanar. El pensamiento es una fuerza como la electricidad y la gravitación. La mente
humana es una chispa de la divina conciencia. Toda la creación está gobernada por leyes.
Las que ha descubierto la ciencia son leyes naturales. Pero hay leyes más sutiles que
rigen las leyes de la conciencia y estas se pueden conocer a través de la ciencia del
yoga. Mi maestro nos enseñó que la sabiduría es la suprema terapia médica y que el
cuerpo es un amigo traicionero, hay que darle lo que necesita y no más. Dolor y placer
son transitorios. El yogui sobrelleva con calma los cambios elevándose sobre todas las
dualidades. La imaginación es la puerta a través de la cual penetran igualmente la
enfermedad y la curación, por esto hay que desconfiar de la realidad de la dolencia,
aunque se esté enfermo hay que rechazar la afección y esta se marchará.
La
escuela Yogoda
Después de
ser nombrado Swami e inspirado por los consejos de Sri Yukteswar, quien recomendaba
realizar obras benéficas, Yogananda fundó en 1918, apoyado económicamente por el
Maharajá de Kasimbazar, la escuela Yogoda Satsanga Brahmarcharya Vidyataya en Rinche,
basada en las ideas educacionales de los rishis, que establecen como fundamento el
desarrollo integral del cuerpo, intelecto y espíritu.
El mismo era
profesor dando a los niños instrucción formal y a la vez enseñándoles la práctica de
asanas y técnicas de Yogoda que consisten en centralizar la energía vital en el bulbo
raquídeo, y desde allí dirigirla a cualquier parte del organismo. Pero el propósito
esencial de la escuela era instruirlos en Kriya Yoga.
Inculcaba a
sus alumnos que el mal es todo aquello que conduce a la desgracia y el bien consiste
en todas las acciones que producen la verdadera felicidad. La escuela se expandió y
la matrícula subió a cien niños. Yogananda incorporó técnicas agrícolas y la
práctica de diversos deportes; realizaba sus clases al aire libre.
Por la misma
época, el poeta Premio Nobel de la India, Rabindranath Tagore, dirigía sus escuelas
Santiniketan puerto de paz e interesado en las técnicas de Yogoda,
invitó al maestro a conocer su sistema de enseñanza e intercambiar conocimientos y
métodos de educación. El dinero de su Premio Nobel lo había invertido en esas escuelas,
en las que enseñaba música y poesía al aire libre, como en las de Yogananda, pero
excluyendo las técnicas yóguicas. De esa visita nació una gran amistad entre el maestro
y Tagore. Las escuelas del laureado poeta son hoy la Universidad Internacional Visva
Bharati, y las del maestro, la Yogoda Satsanga Society of India.
En 1920 se
cumplió la profecía de Sri Yukteswar sobre el viaje de Yogananda a Occidente, que era en
parte, a su vez, de predicciones de Lahiri Mahasaya y del avatar Babaji. Al morir, en
1895, Mahasaya había dicho a sus discípulos más directos que 50 años más tarde un
Swami de su linaje llevaría el yoga a Occidente, escribiría un relato de su vida y
hablaría de Babaji. Dicha profecía se cumplió en 1945, cuando Yogananda terminó de
escribir su autobiografía, incluyendo un relato de las vidas de su gurú, de Mahasaya y
de Babaji. En plena expansión en Occidente, la organización Self-Realization Fellowship,
a su vez, difundía las técnicas del Kriya Yoga y las enseñanzas de estos grandes
santos.
En 1920, el
joven Swami fue invitado a participar como delegado de su país en el Congreso de
Religiones Liberales que se realizaría en los Estados Unidos. Antes de partir tuvo una
visión del Mahavatar (encarnación divina) Babaji, quien le encomendó difundir el Kriya
Yoga para unir a todas las religiones. Oriente y Occidente le manifestó
deben establecer un verdadero sendero dorado de actividad y espiritualidad combinadas. La
India tiene mucho que aprender del Oeste en desarrollo material y en cambio, puede
enseñarle estos métodos universales que cimentan las creencias religiosas sobre la base
de la ciencia del yoga.
En agosto de
1920, a bordo del vapor The City of Sparta, el primer barco de pasajeros que salía hacia
América después de la Primera Guerra Mundial, partió Yogananda al nuevo mundo. Durante
los dos meses que duró el viaje entregó a los pasajeros varias conferencias sobre
filosofía y religiosidad hindú.
La
ciencia de la religión
El 6 de
octubre de 1920 ofreció, en el congreso religioso de Boston, su primera conferencia en
Norteamérica, la que versó sobre la ciencia de la religión, más tarde editada como
libro. Declaró: La religión es universal y es una sola. Costumbres y convicciones no
se pueden universalizar, pero hay un elemento común a toda religión: la práctica de la
devoción.
Con la ayuda
económica de su padre permaneció en los Estados Unidos cuatro años más, dando
conferencias y clases de yoga, y escribió el libro de poemas Cantos del Alma con
prefacio del doctor Frederick B. Robinson, presidente del City College de Nueva York.
Todas sus reuniones tenían una audiencia masiva que, según los diarios de la época,
bordeaba unas cinco a seis mil personas. En esos cuatro años enseñó en los Estados
Unidos la práctica de afirmaciones positivas, de oraciones para obtener la sanación y la
emisión de vibraciones curativas. En 1924, inició un viaje transcontinental por los
Estados Unidos y conoció Alaska. Un año más tarde, ya había fundado Self-Realization
Fellowship en Mount Washington en Los Angeles, California, donde miles de seguidores
norteamericanos se afanaban por ayudarle en su labor de difusión del Kriya Yoga.
El poder de
su carisma y amorosa presencia lo llevaron hasta la Casa Blanca, en Washington. Fue
recibido el 24 de enero de 1927 por el presidente Calvin Coolidge, quien le expresó haber
leído en los periódicos su brillante carrera de conferencista. Era la primera vez en la
historia de los Estados Unidos y la India, que un Swami era recibido oficialmente por el
primer mandatario de la poderosa nación del Norte. En 1929, interrumpió su labor de
conferencia y educador de la ciencia del yoga y viajó a México, donde se hospedó en la
residencia del presidente de esa república, Emilio Portes Gil.
Muchos de
sus pequeños libros fueron escritos durante este período, incluyendo su obra de
oraciones inspiradoras, Susurros de la Eternidad, donde se describe los profundos
sentimientos que surgen en cada ser humano cuando se une concretamente con la divinidad.
Miles de personas que profesaban credos cristianos lo leyeron, encontrando en él
respuestas trascendentes a los interrogantes de la inquisidora mente científica que busca
a Dios con la inteligencia.
Alabaron sus
enseñanzas los más destacados científicos y pensadores norteamericanos de la época.
Por ejemplo, el doctor Raymond F. Piper, profesor emérito de filosofía de la Universidad
de Syracusa de Nueva York, catalogó al maestro como un santo, filósofo y poeta,
quien al haber experimentado una multitud de los innumerables aspectos de la Realidad
Ultima, ha creado estas maravillosas meditaciones que conducen a enriquecedoras
experiencias de felicidad y gozo.
Retorno
al viejo mundo
En junio de
1935, Yogananda inició un tour mundial a Europa, Oriente Medio y la India, acompañado de
dos seguidores norteamericanos. En Londres, realizó una multitudinaria reunión en Caxton
Hall. Enseguida viajó a Alemania, para conocer a la estigmatizada Therese Neumann.
Continuó su viaje por Holanda, Francia y los Alpes suizos. Efectuó una visita especial a
la ciudad de Asís, en Italia, para honrar a san Francisco, apóstol de la humildad.
Continuó viaje a Palestina para impregnarse del espíritu de Cristo en la Tierra Santa,
pasó por Egipto y luego partió a la India.
Sus años de
ausencia lo habían hecho más famoso y su país lo acogió con una extraordinaria
recepción, encabezada por el Maharajá de Kasimbazar y su hermano menor Bishnú. En su
reencuentro, Sri Yukteswar le otorgó el título de la más alta espiritualidad en la
India que es el de Paramahansa, siendo posteriormente invitado por la Universidad de
Calcuta a dar varias conferencias.
En Wardha,
fue huésped del líder espiritual y libertador de la India, Mahatma Gandhi, a quien
inició, en agosto de 1935, en las técnicas de Kriya Yoga. En enero de 1936, asistió a
la Kumbha Mela de ese año, celebrada en Allahabad. Esta reunión multitudinaria
tradicional de la India, atrae a millones de devotos. En esos días nadie mata un animal
ni bebe vino, no se negocia ni come carne y los habitantes de la región dan alojamiento
gratuito a santones o sadhues y a los swamis.
Dos meses
más tarde, el 9 de marzo de 1936, falleció Sri Yukteswar mientras Yogananda estaba en
gira por la India, noticia que le causó un gran pesar. El 19 de junio de 1936, se
encontraba alojado en un hotel de Bombay cuando su habitación se inundó de una luz
resplandeciente y su maestro apareció con un cuerpo material, manifestándole haber
encarnado en un planeta del mundo astral y traspasándole el conocimiento de las
dimensiones ocultas. No fue el único privilegiado en recibir la visita radiante; también
otros discípulos tuvieron tal extraordinaria comunicación.
Después de
16 meses de gira por Europa y Asia, retornó a los Estados Unidos. En 1939, al estallar la
Segunda Guerra Mundial, recibió numerosas cartas de seguidores de Inglaterra y otros
países europeos. Afirmaban que la práctica del Kriya Yoga les permitía mantener la
calma para soportar, con entereza y sin miedo, el terrible conflicto bélico que asolaba a
Europa.
En 1945, la
fatídica bomba atómica desató la tragedia de Hiroshima y Nagasaki. Entonces Yogananda
manifestó que en nuestra época, más que nunca antes, debía difundirse el yoga con
lecciones enviadas por correo: El mundo de hoy no cuenta con muchos maestros, pero sí
con gran cantidad de pecadores. Las multitudes deben recibir el yoga a través del estudio
individual de las instrucciones escritas por verdaderos yoguis. La organización
Self-Realization Fellowship adoptó el consejo y este es hasta el presente su estilo de
instruir en el Kriya Yoga.
Una semana
antes de su partida de este mundo, Yogananda dijo a sus colaboradores más cercanos: El
trabajo de mi vida ya está completo. El maestro, como todos los grandes yoguis que
lo habían precedido, intuía que su muerte estaba cercana. El 7 de marzo de 1952,
instantes después de concluir un discurso durante una comida ofrecida en honor del
Embajador de la India, Binay R. Sen, en Los Angeles, California, entró en Mahasamadhi
(abandono del cuerpo en forma voluntaria) y su espíritu escapó hacia sutiles dimensiones
en que moran los santos yoguis.
El embajador
Sen, durante sus funerales, el 11 de marzo de 1952, en un emotivo discurso dijo: Si
hombres como Paramahansa Yogananda trabajaran en las Naciones Unidas, la Tierra sería
probablemente un mejor lugar. Nadie ha dado más de sí mismo ni ha trabajado tanto por
unir a los pueblos de la India y los Estados Unidos.
Cuarenta
años más tarde, en 1992, Sen describió los dramáticos momentos del Mahasamadhi en el
prefacio de un libro escrito por Sri Daya Mata, sucesora del maestro en la dirección de
Self-Realization Fellowship: Cuando Yogananda partió en mahasamadhi, sentí, al igual
que todos los presentes, que un gran espíritu nos abandonaba. Pensé, además, que
ninguno de nosotros sentía desesperación ni duelo por su partida, sino más bien una
gran exaltación por haber sido testigos de un acontecimiento divino. Entrados ya
en un nuevo milenio, la humanidad se siente amenazada por la oscuridad y la confusión. El
viejo estilo de enfrentarse país contra país, religión contra religión, y el ser
humano contra la naturaleza, debe ser trascendido con un nuevo espíritu de amor
universal, compresión y preocupación por los otros. Este es el mensaje eterno de los
sabios de la India, el mismo que Paramahansa Yogananda dejó en nuestros tiempos para las
futuras generaciones. Espero que su antorcha, ahora en manos de Sri Mata, ilumine el
camino para esos millones de personas que están buscando el rumbo de sus vidas.
Citas de
Yogananda
- EL
MISTERIO DE LA VIDA: Este admirable planeta en rotación y nuestra individualidad humana
no nos fueron dadas con el mero propósito de que existiéramos por un tiempo y
desaparecer luego en la nada, sino con el fin de que nos preguntásemos qué sentido tiene
todo. Vivir sin comprender la finalidad de la vida es una torpeza y una pérdida de
tiempo. El misterio de la vida nos rodea, pero tenemos inteligencia para descifrarlo.
- EL DINERO:
Cuando, habiéndonos dedicado originalmente a ganar dinero con algún fin determinado,
hacemos del dinero en sí nuestra meta, nuestra locura ha comenzado. Es entonces cuando el
medio se transforma en el fin, y se pierde de vista la verdadera meta, y es entonces
también cuando comienza nuestra miseria.
- EL PODER
DE LA PALABRA HUMANA: Las palabras colmadas de sinceridad, convicción, fe e intuición,
actúan como bombas vibratorias altamente explosivas, cuyo estallido desintegra las rocas
de las dificultades operando la transformación deseada... Cuando ante un conflicto
repetimos afirmaciones sinceras, con plena comprensión, sentimiento y determinación,
estas atraen infaliblemente la ayuda de la Omnipresente Fuerza Cósmica Vibratoria. |

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