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Este principio sostiene que el universo tiende a lo humano, a
hacer posible la vida y a mantenerla en evolución constante hasta alcanzar la
consciencia. Se basa en el hecho, por una parte propuesto por Brandon Carter en 1973, de
que nuestra misma existencia determina, en una medida considerable, las propiedades del
universo que contemplamos, mientras que, por otro lado, se plantea el por qué de las
constantes físicas del universo que parecen estar diseñadas especialmente para que
pueda existir la vida inteligente. Hasta el punto de que si tales constantes fueran
distintas no existiríamos.
Tradicionalmente y
desde diversos puntos de vista, siempre hemos considerado que el universo fue construido
con un propósito, y hay varias evidencias acerca de ello: existen recursos para la vida,
abundancia de aire y agua, la atmósfera detiene las radiaciones provenientes del espacio
que pueden ser peligrosas para la vida, el Sol alumbra y calienta durante el día y nos
permite dormir durante la noche; en suma, todo está organizado para conveniencia de la
vida humana. Este principio de que el universo tiende a lo humano, a hacer posible la vida
y a mantenerla, se ha denominado principio antrópico y se basa en el hecho de que nuestra
misma existencia determina, en una medida considerable, las propiedades del universo que
contemplamos.
El principio antrópico sostiene que los seres humanos, como observadores,
son necesarios para la existencia misma del universo. Este principio, tal como fue
enunciado por Brandon Carter, dice que el universo debe estar construido de tal manera que
admita en su seno la creación de observadores en alguna de sus etapas, aunque la
existencia de cualquier organismo que pueda calificarse como observador sólo será
posible dentro de ciertas combinaciones restringidas de parámetros.
Según algunos autores, incluyendo divulgadores como Asimov, la pregunta
de por qué un universo tan enorme es sólo para nosotros tiene una respuesta obvia: el
universo es tan grande porque es muy viejo, y ello es para que nosotros tengamos tiempo de
evolucionar.
Esta respuesta parece
simplista pero vale la pena analizarla. Si el universo está en expansión, y tiene una
extensión finita, para saber sus dimensiones se requiere saber su edad, que se asume de
unos quince mil millones de años; por tanto su dimensión debe ser la distancia recorrida
en ese tiempo por las más lejanas galaxias que se desplazan a la velocidad de la luz; es
decir, quince mil millones de años luz. Por otra parte, la vida, tal como la conocemos,
depende de la presencia de no sólo hidrógeno sino de otros elementos tales como el
carbono, el nitrógeno y el fósforo, elementos que no pudieron producirse en el big bang
originario, en el cual sólo se formó hidrógeno y helio. Los elementos más pesados
tuvieron que esperar a la formación de galaxias y estrellas, en cuyo interior se pudiera
realizar la nucleosíntesis por la fusión de aquellos dos elementos ligeros producidos en
la explosión original.
Era, por tanto, necesario el paso de varios miles de millones de
años para generar elementos pesados y, a partir de ellos, otros tantos para que pudiera
desarrollarse la vida. Hawking explica lo anterior de la siguiente manera: Para llegar
a donde estamos tuvo que formarse una generación previa de estrellas. Esas estrellas
convirtieron una parte del hidrógeno y del helio originales en elementos como carbono y
oxígeno, a partir de los cuales estamos hechos nosotros. Las estrellas explotaron luego
como supernovas, y sus despojos formaron otras estrellas y planetas, entre ellos los de
nuestro sistema solar, que tiene alrededor de cinco mil millones de años. Los primeros
mil o dos mil millones de años de la existencia de la Tierra fueron demasiado calientes
para el desarrollo de cualquier estructura complicada. Los aproximadamente tres mil
millones restantes han estado dedicados al lento proceso de la evolución biológica, que
ha conducido desde los organismos más simples hasta seres capaces de medir el tiempo
transcurrido desde el big bang.
La pregunta mencionada
antes es también planteada por el astrofísico Davies en dos partes; la primera es ¿por
qué es tan grande el universo? Sabemos que no tiene un tamaño fijo pues está en
continua expansión; ésta es necesaria para impedir que caiga dentro de sí mismo,
mediante la atracción gravitatoria, en una singularidad. Es muy grande también en lo que
se refiere a la elevada cantidad de estrellas que lo pueblan. La segunda es ¿por qué es
tan viejo? Para que se desarrollen seres inteligentes, un sistema biológico necesita de
miles de millones de años.
Por tanto, la vida basada en el carbono requiere que éste sea
sintetizado en el núcleo de las estrellas, las cuales a su vez requieren también
millones de años para formarse, para poder sintetizar elementos como el carbono y
después estallar. Si el universo fuera más joven no podríamos estar aquí; así, la
respuesta a las dos preguntas es una sola: el universo es muy grande porque es muy viejo y
nuestra propia existencia implica que las estrellas están muy alejadas unas de otras. De
allí la paradoja de que las mismas condiciones para la formación de la vida inteligente
sean también las que impiden el contacto con otras formas de vida.
El nombre de principio
antrópico fue propuesto por Brandon Carter en 1973 para afirmar simplemente que la
existencia de la vida, es decir, de nosotros mismos, puede determinar algunas de las
propiedades del universo que observamos.
Esta tesis es
continuación de los trabajos de Whitrow, quien, en 1955 sostuvo que el hecho de que
vivamos en un espacio tridimensional se relaciona con nuestra propia naturaleza en nuestra
calidad de observadores racionales y procesadores de información; más tarde estableció
la relación entre un universo muy grande y las condiciones necesarias para la vida. El
mayor difusor del principio antrópico es Wheeler, un importante físico teórico de la
relatividad general, quien lo ha descrito como el factor generador de la vida que
está en el centro del mecanismo del mundo y de su diseño.
No es casual la utilización del término diseño
ya que éste está emparentado etimológicamente con designio. Desde el principio
de la historia se ha reconocido un designio en el mundo; el designio divino es el
contenido de los cientos de relatos de la creación que forman la base de las religiones.
Tanto en la visión de las estrellas como el Sol, y en otra cualquiera no habría
vida inteligente para medir esas constantes físicas, de modo que la coincidencia tenía
que darse simplemente por el hecho de que sólo existiría vida inteligente en el momento
en que hubiera esta coincidencia.
Esa versión débil registra solamente el
hecho de que para que nosotros, seres humanos dotados de inteligencia, estemos aquí
preguntándonos acerca del origen del universo, ha sido necesaria una sucesión
vertiginosa de casualidades favorables; esa versión débil ha dado paso rápidamente
y, como dice Heidmann, a veces sin la debida cautela, a una versión fuerte que dice que
nuestra existencia es la responsable de la estructura espacial del universo; es decir, que
la aparición del hombre se convierte en la finalidad, el punto de llegada, el destino del
universo.
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El principio antrópico fuerte sostiene que el universo debe ser como es para
permitir la existencia de la vida. Según Hawking, la versión fuerte dice: Hay
muchos universos diferentes, o muchas regiones diferentes de un único universo, cada uno
con su propia configuración inicial y, tal vez, con su propio conjunto de leyes. En la
mayoría de estos universos las condiciones no serían apropiadas para el desarrollo
de organismos complicados; solamente en los pocos universos que son como el nuestro se
desarrollarían seres inteligentes que harían la pregunta: ¿por qué es el universo como
lo vemos?
La respuesta, entonces,
es simple: si hubiese sido diferente no estaríamos aquí.
Por su parte, Penrose
también relaciona la versión fuerte con distintos universos: la versión fuerte se
interesa no sólo en la localización espacial o temporal de este universo sino en una
infinidad de universos posibles; desde allí, dice, se pueden sugerir respuestas a
las preguntas de por qué las constantes de la física parecen estar diseñadas
especialmente para que pueda existir vida inteligente: si tales constantes fueran
distintas no estaríamos en este universo sino en otro. Pero, ¿para qué proponer varios
universos?, se pregunta Hawking: Si están separados, lo que ocurra en uno de
ellos no tiene consecuencia en otro; se debe usar un principio de economía y eliminarlos
de la teoría. Por otro lado, si hay varias regiones de un único universo, las leyes
tendrían que ser las mismas en cada región.
Esto reduce el
principio antrópico fuerte al débil.
Pero no sólo se ve
esta postura teleológica (todo tiene un propósito, un fin) en lo relativo al
origen del universo sino que también se pretende ir más all. El principio antrópico, al
menos como algunas personas lo ven, sostiene, basado en algunas conclusiones de la
mecánica cuántica, que los seres humanos, como observadores, son necesarios para la
existencia misma del universo.
Según la teoría
cuántica, las cosas tal como las entendemos cotidianamente han desaparecido; lo
que encontramos son patrones de relaciones que se comportan de manera diversa: en un
momento son partículas, en otro son ondas; en un momento son masa, en otro son energía.
En el mundo cuántico las relaciones son lo que importa; es más, para algunos
físicos éstas son la realidad. De allí que la predicción y la uniformidad absolutas
sean imposibles, todo se convierte en algo fluido. Una fuente de esta condición de difuso
viene del hecho de que la materia elemental tiene dos caras, dos manifestaciones
diferentes: la materia puede ser en la forma de partícula, en un punto localizado del
espacio, o bajo la forma de onda, como energía dispersa en un volumen finito.
La
identidad de la materia, como paquete de ondas (la expresión se utiiza para
comprender la doble naturaleza de la materia: paquete relativo a su posibilidad
como partícula, o masa, y onda por su potencialidad ondulatoria, o como
energía), incluye potencialidades de ambas formas, partículas y ondas, y estos dos
aspectos no pueden estudiarse como un todo unificado, lo cual se enlaza aquí con otro
principio fundamental de la física cuántica: el principio de incertidumbre de
Heisenberg, que establece que podemos medir la posición de una partícula, o podemos
estudiar su momento y observar la onda, pero no podemos medir simultáneamente sus dos
aspectos pues siempre queda una incertidumbre.
El principio de
dualidad onda/partícula junto con el principio de incertidumbre cambian nuestra relación
con la observación y la medición pues si la materia desarrolla una relación con el
observador y cambia al encontrarse con la expectativa de éste, ¿dónde queda la famosa
objetividad científica de la realidad? Si el científico estudia propiedades
ondulatorias, la materia se comporta como onda; si estudia propiedades de partícula se
comporta como partícula; o sea que el acto de observación hace que la potencialidad del paquete
de ondas se colapse en un aspecto, como partícula o como onda en un momento dado.
Dicho en otras palabras, es imposible saber el estado de una partícula dada hasta que se
observa; hasta ese momento esa partícula no es más que una onda de probabilidad
(la expresión igualmente elegida quiere comprender la ambiguedad referida en cuanto a su
naturaleza, teniendo en cuenta que hasta colapsarse como onda o como particula no es más
que una probabilidad).
Con la observación se
colapsa la función de onda o de partícula y se actualiza una de las probabilidades. De
allí que algunos científicos interpreten que el universo sólo existe si hay alguien que
lo observe. Ya no es posible estudiar algo separado de nosotros mismos pues nuestro acto
de observación del proceso hace aparecer lo que estamos observando. Las partículas
permanecen en un estado difuso, como posibilidad, hasta que se observan; sólo entonces se
convierten en una cosa. De allí que J. Archibald Wheeler postule que el
constituyente último de todo lo existente sea el etéreo acto de observación;
el universo es un universo participativo. No es que el observador produzca la realidad
pero sí es esencial en su aparición, evoca un potencial que está ya presente.
Wheeler ilustra lo
anterior con un experimento mental referido a la doble naturaleza de la luz, corpuscular y
ondulatoria; para ello asume la presencia de un instrumento para verificar la existencia
de luz proveniente de una lejana estrella. Los fotones entran por la abertura en un
extremo y chocan con una placa fotográfica situada en el otro extremo. Si la placa
es rígida y fija, el resultado de la observación es que el fotón es una partícula;
pero si la placa es muy sensible y está en movimiento, entonces el resultado de la
observación es que el fotón es una onda.
Si el observador pudiera cambiar a voluntad de
un tipo de placa al otro, entonces podría decir al apuntar hacia una estrella: Esta
estrella está a diez millones de años; esto significa que si el fotón que voy a
observar y verificar su presencia dejó la estrella hace diez millones de años como
partícula, ha sido partícula diez millones de años. Si la dejó como onda, ha sido onda
todo ese tiempo. Yo, como físico, al cambiar de una placa a la otra puedo determinar
la naturaleza del fenómeno: regreso diez millones de años y determino la naturaleza del
fotón.
La postura de Wheeler
proviene de una interpretación literal del principio de incertidumbre puesto que este
principio hace participar de algún modo al observador en la creación de la realidad
física; de alguna manera extraña dice el principio cuántico establece que
estamos tratando con un nuevo universo participante. Según él, los seres humanos y los
instrumentos con los cuales observamos el universo, son los responsables del mundo
fenoménico. Con esta aseveración el hombre es desplazado otra vez hacia el centro, o al
menos así lo parece en una primera aproximación.
En realidad, lo que hace Wheeler es
asumir de forma explícita que el objeto de la física es el mundo de los fenómenos, y
éstos no son las cosas y acontecimientos en estado bruto sino su construcción, producto
de la observación y de la verificación. Sólo después de que cosas y acontecimientos se
entienden como fenómenos puede iniciarse la investigación científica. Sin embargo,
cuando se trata de fenómenos no accesibles a ojo desnudo, por ejemplo cuando están muy
distantes o son muy pequeños, la observación requiere de instrumentos y ello hace más
crítica la situación puesto que los resultados del uso de instrumentos difieren de uno a
otro. Esto va en contra del dictado del sentido común de que la naturaleza de la realidad
no depende de los instrumentos con los cuales se observa.
La larga tarea iniciada
por Copérnico, seguida por Galileo y Newton, y que concluye con Darwin y Freud tuvo como
resultado sacar al hombre del centro, quitarle su etiqueta de rey de la creación, de
ocupante por derecho propio del lugar privilegiado en el universo. El resultado de
todo ese largo recorrido es que el hombre pasó a ser considerado como una especie más
entre otros miles, resultado de una lenta evolución, que vive en un muy ordinario planeta
que gira alrededor de una estrella también muy ordinaria en el extremo de una muy
ordinaria galaxia.
En el último cuarto de
siglo, sin embargo, cuando los parámetros básicos del universo y las constantes
fundamentales de la física pueden ser calculados, incluso medidos directamente, muchos
científicos (astrónomos y físicos...) comienzan a reconocer
ciertas conexiones entre estas constantes y la existencia de la vida en nuestro planeta;
sobre todo comienzan a pensar que los valores de tales constantes y parámetros deben ser
precisamente los que son ya que de otra manera la vida sería imposible. Es decir, ya no
con argumentos místicos o religiosos sino con datos provenientes de la observación, del
cálculo, de la experimentación, de la medición de los parámetros fundamentales del
universo, las relaciones con la existencia de la vida son interpretadas como prueba que la
vida misma del hombre de algún modo determina el diseño actual del universo.
Aunque se sigue
sintiendo en ellos un dejo de misticismo del cual no han podido escapar, los datos
obtenidos en ese último cuarto de siglo no dejan de ser perturbadores.
Desde los años sesenta
algunos astrónomos intentaron estimar el número de planetas en el universo con un
ambiente favorable para la vida; reconocieron que sólo un cierto tipo de estrella con un
planeta a una determinada distancia proporcionaría las condiciones necesarias para
la vida. Sobre esta base hicieron algunos cálculos más bien optimistas sobre la
probabilidad de encontrar vida en algún lugar del universo. Shklovsky y Sagan, por
ejemplo, determinaron que sólo el 0.001% de todas las estrellas tendrían un planeta con
posibilidad de tener vida; sin embargo, sobrestimaron el rango de estrellas y el de las
distancias planetarias permisibles puesto que incluso ese bajo porcentaje daría un
número posible de planetas habitados o susceptibles de serlo superior a 10 16 . Algunas de las determinaciones que tendrían
que tomarse en cuenta junto con las constantes físicas y los parámetros fundamentales
para la aparición y mantenimiento de la vida tal como la conocemos se muestran a
continuación.
Enumeramos primero los
relativos al sistema formado por el Sol, la Tierra y la Luna:
En primer lugar, la
antigüedad del Sol: si fuera más joven de lo que es no habría alcanzado la fase estable
de combustión; si fuera más antiguo, el sistema no contendría suficientes elementos
pesados que son necesarios para nuestra propia constitución. Si el Sol fuera más joven,
su luminosidad no se habría estabilizado, y si fuera más viejo ya no sería
suficientemente estable. En segundo lugar, la masa del Sol: si fuera mayor de lo que es,
las fuerzas de la marea en nuestro planeta afectarían su periodo de rotación; si la masa
fuera menor, el rango de distancias apropiadas para la vida sería muy estrecho.
En
tercero está la localización en la galaxia: si el Sol estuviera más cercano al centro
de la galaxia, la densidad y la radiación serían muy grandes; si la distancia al centro
fuera mayor de la real no habría suficientes elementos pesados para construir planetas
rocosos. En cuarto está el tipo de estrella: si el Sol fuera más rojo o más azul de lo
que es, habría en la Tierra una insuficiente respuesta a la fotosíntesis.
Los siguientes puntos
tienen que ver específicamente con el planeta, en este caso la Tierra: si estuviera más
alejada del Sol, sería muy fría para el ciclo estable del agua y si estuviera más cerca
sería demasiado caliente. Si tuviera más masa, la gravedad sería mayor y la atmósfera
retendría fuertes cantidades de metano y amoniaco, letales para la vida; si la
gravedad fuera menor la atmósfera perdería mucha agua. Si la corteza fuera más gruesa
captaría demasiado oxígeno de la atmósfera, y si fuera más delgada la actividad
tectónica y volcánica sería muy intensa. Si su periodo de rotación fuera mayor, las
diferencias de temperatura serían demasiado grandes; si fuera menor, sería muy fuerte la
velocidad de los vientos atmosféricos.
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Si la interacción de la Tierra con la Luna fuera
más intensa, los efectos de la marea en la atmósfera, los océanos y el periodo de
rotación serían muy severos; si fuera más débil, la órbita sería más oblicua con
grandes inestabilidades climáticas. Hay otras variables tales como el campo magnético o
la inclinación del eje que no tomaremos en cuenta, pero desde ahora se puede ver que,
según este criterio, la Tierra, el Sol y la Luna están articulados de la manera justa
para que existan todas las condiciones para la vida. Lo que este argumento no toma en
consideración es que la vida ha surgido y evolucionado en este planeta y por eso está
adaptada a las condiciones prevalecientes; en lugar de pensar que el mundo está hecho a
nuestra medida tendríamos que convencernos de que somos nosotros los construidos a su
medida.
Con respecto a los
parámetros del universo en general, damos a continuación algunos datos. Primero, que la
edad del universo determina los tipos de estrellas que existen. Las primeras se formaron
unos tres mil millones de años después del nacimiento del universo. Para que las
supernovas comenzaran a distribuir elementos pesados que hicieron posible las estrellas
como el Sol pasaron unos diez mil millones de años. Otros mil millones para que éstas se
estabilizaran y pudieran soportar vida en sus planetas. Si el universo fuera unos dos mil
millones de años más joven, no estaría en condiciones de tener estrellas como el Sol en
fase estable de combustión. Si fuera unos cinco mil millones más viejo, tales estrellas
ya no estarían en esa fase.
En segundo lugar está
la tasa de expansión del universo, que afecta a los tipos de estrellas que se forman. Si
esa tasa de expansión fuera mayor, el universo total podría haberse colapsado antes que
una estrella como el Sol llegara a su fase estable. Pero si se hubiera expandido más
rápidamente no se condensarían las galaxias y no habría estrellas.
En tercero, la
entropía del universo, que afecta la condensación de los sistemas masivos. El universo
contiene 10 8 fotones
por cada barión (partículas que participan de las fuerzas nucleares fuertes, el protón
y el neutrón). Esto lo hace muy entrópico, es decir, muy eficiente como radiador
pero muy pobre como máquina. Si la entropía fuera mayor, no se formarían los sistemas
galácticos ni las estrellas; si fuera menor, tales sistemas atraparían la radiación y
no permitirían la fragmentación de los sistemas en estrellas.
En cuarto lugar está
la masa del universo (la masa más la energía), que determina cuánta combustión nuclear
ocurre a medida que el universo se enfría. Si la masa fuera mayor se formaría demasiado
deuterio durante el enfriamiento; el deuterio es un poderoso catalizador para la
combustión nuclear en las estrellas, por lo que el exceso haría que las estrellas se
quemaran más rápido, pero si no se hubiera generado una cantidad suficiente no se
habría producido helio al enfriarse y sin helio las estrellas no habrían podido producir
elementos más pesados. Por ello el universo es grande; si fuera más pequeño ni siquiera
se habría formado un planeta como la Tierra.
En quinto lugar está
la uniformidad del universo, lo cual determina sus componentes estelares. El carácter
uniforme del universo surge del breve periodo de expansión inflacionaria muy cerca del
inicio del universo. Si fuera menos uniforme habría muchos hoyos negros separados
por espacio vacío, pero si fuera más terso no se habrían formado las galaxias.
En sexto, la constante
gravitatoria del universo, que determina qué clases de estrellas son posibles. Si la
fuerza de gravedad fuera mayor, la formación de estrellas sería más eficiente y todas
serían más masivas que el Sol al menos 1.4 veces. Las estrellas grandes son
importantes porque fabrican los elementos pesados que se dispersan en el medio
interestelar donde forman los planetas y las cosas vivientes en cualquier forma. Sin
embargo, estas estrellas se queman muy rápido y no pueden mantener las condiciones de
vida en los planetas que las rodean. Para ello se requieren estrellas del tamaño del Sol.
Pero si la gravedad fuera ligeramente menor, todas las estrellas tendrían menos masa que
el Sol, y aunque tardan mucho tiempo en quemarse y pueden mantener planetas con vida, no
habría elementos pesados para construirlos.
En séptimo lugar
aparece la distancia entre las estrellas, que afecta las órbitas e incluso la existencia
de los planetas.
La distancia promedio
entre estrellas en esta zona de la galaxia es de poco más de unos cinco años luz. Si
esta distancia fuera menor, la interacción gravitacional entre ellas sería tan fuerte
que desestabilizaría las órbitas planetarias, lo cual crearía variaciones de
temperatura en el planeta. Si fuera mayor, los elementos pesados provenientes de las
supernovas estarían tan finamente distribuidos que nunca se formarían planetas como la
Tierra. La distancia promedio entre estrellas es la justa para hacer posible un sistema
planetario como el nuestro.
También están los
parámetros atómicos, entre los cuales está, en primer lugar, la fuerza nuclear fuerte
que mantiene unidas las partículas en el núcleo del átomo. Si fuera ligeramente más
fuerte, no sólo el hidrógeno sería raro sino que también la fuente de elementos
esenciales más pesados que el hierro, resultante de la fisión de elementos muy pesados,
sería insuficiente. En segundo, la fuerza nuclear débil, que afecta el comportamiento de
los leptones (partículas elementales que no participan de las reacciones nucleares
fuertes, como los neutrinos y los electrones).
La disponibilidad de neutrones a medida que
el universo se enfría y permite la fusión nuclear determina la cantidad de helio que se
produjo durante los primeros segundos después del big bang. Si la fuerza nuclear débil
fuera mayor, los neutrones habrían disminuido rápidamente y menos estarían disponibles;
por tanto, muy poco helio, o nada, se habría producido. Sin helio no se habrían
fabricado suficientes elementos pesados en los hornos internos de las estrellas. Si fuera
más débil, el big bang habría transformado todo, o casi todo, el hidrógeno en helio,
con una sobreabundancia de elementos pesados, lo cual haría imposible la vida.
En tercer
lugar, la constante electromagnética que liga los electrones con los protones. La
característica de las órbitas de electrones determina a qué grado los átomos se unen
para formar moléculas. Si tal constante fuera ligeramente menor, los electrones no se
mantendrían en órbitaalrededor del núcleo. Si fuera mayor, un átomo no podría
compartir un electrón con otro átomo. En cualquier caso no podrían formarse moléculas.
En cuarto, la relación de masas entre el electrón y el protón que determina las
características de las órbitas de los electrones. Un protón es 1836 veces más masivo.
Si fuera menor, las moléculas no se formarían. En quinto, la estabilidad del protón,
que afecta la cantidad de materia en el universo y el nivel de radiación.
La vida del protón es
muy larga pero no infinita (10 32 años).
Si fuera menor, las consecuencias para la vida serían inmensas porque su
descomposición libera dosis letales de radiación.
Pero si fuera aún más
estable habría emergido menos materia durante los acontecimientos del primer segundo, no
habría materia suficiente para sostener la vida. Finalmente, la velocidad de la luz, que
afecta las fuerzas fundamentales de la física; el más ligero cambio hacia arriba o
hacia abajo niega cualquier posibilidad de vida en el universo.
Estos tres grupos de
coincidencias en los parámetros fundamentales del universo que los científicos han
descubierto no dejan de ser inquietantes, a pesar de que no podemos dejar de pensar que
estas ideas están fuertemente influidas por el misticismo propio del cambio de
milenio. Una conclusión como la de Heidmann nos da una tranquilidad, aunque sea
provisional pues nos permite diferir el momento de la opción por una de las dos posturas
que están detrás de estos principios.
Dice: Para conocer el universo, para
emocionarse con su grandeza y embargarse de su belleza, sería preciso arrojar por la
borda los tabúes, el sentido común y los prejuicios. Visto así, el hombre no aparece ya
como la cima de la odisea cósmica, el ser cuya existencia desvelaría el sentido, sino
como el fruto infinitamente precario y frágil de una grandiosa aventura de destino
fantástico, como un delgado arabesco trazado sobre un cristal cubierto de escarcha, un
trazo débil a merced de fuerzas inmensas que le sobrepasan y que disponen de él, una
leve espuma sobre aguas turbulentas.
IMAGENES
01: Brandon Carter,
postulador del del Principio Antrópico. | 02:
Recreación
artística del Big Bang.
| 03:
La Creación, evolución hacia la Consciencia.
| 04:
El equilibrio orbital del Sistema Solar. | 05: La Vía Láctea y la creación de
las galaxias. |