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En
1926
en Puttaparti, al sur de la India,
nacía Sathya Sai Baba, mostrando ya desde temprana edad
extraordinarias cualidades.
He venido para
encender la lámpara del amor en sus corazones,
declara como nuevo avatar,
velando para que brille cada día con mayor
luminosidad. No he venido para hablar en favor de una enseñanza,
credo o causa alguna, ni tampoco con el
fin de conseguir seguidores para ninguna doctrina. He venido para
hablarles de esta fe unitaria, de este deber, de
esta obligación de amar.
A través de la Prashanti Nilayam (La Morada de
la Paz Suprema) ha
desarrollado un programa de transformación
que debe realizarse, en sus propios términos, en
el nivel humano y por medios humanos.
Baba ha
dicho que son cuatro los tipos de hijos que nacen del hombre. La
distinción reside en el impulso que haya motivado el nacimiento. En tres
de ellos opera la ley del Karma. El primero es aquel en que uno ha
incurrido en deudas durante vidas anteriores y ha dejado de pagarlas. El
acreedor nacerá como hijo para exigir el pago y abandonará para siempre
el hogar tan pronto haya obtenido el total de lo adeudado. Puede que se
reviertan los papeles y que los padres representen a los acreedores que
han dejado sus cuerpos carnales antes de haberse saldado la deuda. En
este caso recibirán como hijo al que debe pagar, el cual partirá, libre
de sus grilletes kármicos, tan pronto sea devuelta hasta la última gota
de lo adeudado. La tercera categoría está representada por la progenie
que nace únicamente como un don, por la Gracia de Dios.
Dios
otorga un hijo y le confía a los padres la tarea de su cuidado y
protección para el cumplimiento de su misión humana. El cuarto y
primerísimo tipo de hijo, no obstante, es aquel que es un Avatar. En
este caso, la Conciencia Cósmica decide un rol humano y elige el tiempo
y el lugar, a las personas que han de ser consideradas como sus padres y
el útero en el que va a iniciar su carrera como un feto conformado por
su infinita potencia.
A los dos
años de casada, Eswarama concibió, para gran alegría de su suegra. Su
primer hijo fue un varón y, unos años más tarde, dio a luz una niña;
luego siguió otra hija. Los Raju eran felices con la casa llena de
risas, cantos y oraciones. Mas también los pesares hicieron su
aparición. Eswarama tuvo una serie de embarazos que terminaron en
abortos. Los mayores lo atribuyeron a magia negra. Se consultó a una
serie de exorcistas y se echó mano a numerosos talismanes. Se arregló
que se llevaran a cabo ceremonias propiciatorias en los templos locales
y en lugares sagrados como Kadiri. Cuando Eswarama comenzó su octavo
embarazo, su suegra prometió un número de ofrendas a Sathya-Narayana,
para lograr ser bendecida con un nieto. ¡También Krishna fue el octavo
hijo de sus padres!
Años más
tarde, un día que Swami se encontraba sentado en medio de un círculo de
devotos, se produjo una abrupta intervención. Un erudito muy versado en
los sagrados Puranas (escrituras) sintió un súbito impulso por plantear
la siguiente pregunta: Swami, ¿tu encarnación fue un milagro o una
concepción? Personalmente no pude entender la importancia de la
interrupción, que a todos los sobresaltó como para hacerles perder el
ánimo festivo que reinaba hasta el momento en la conversación, pero
Swami sabía la razón. Volviéndose hacia Eswarama, sentada al frente, le
dijo: Cuéntale a Rama Sarma lo que sucedió aquel día cerca del pozo,
después de que tu suegra te hubiera puesto sobre aviso. La madre
dijo: Ella había soñado con Sathyanarayana Deva y me advirtió que no
me asustara si llegaba a sucederme algo por la voluntad de Dios. Esa
mañana me dirigí al pozo y, cuando estaba junto a él sacando agua, una
gran bola de luz azul vino rodando hacia mí y sentí que me desmayaba,
cayendo al suelo. Luego sentí que se deslizaba dentro de mí. Swami
se volvió hacia Rama Sarma con una sonrisa: ¡Ahí tienes la respuesta!
No fui concebido. Fue un milagro, no una concepción…
Hay una
muy antigua devota conocida como Shirdi Ma por el hecho de haberse
encontrado en Shirdi cuando vivía Sai Baba. También se la llamaba Pedda
Bottu, debido al gran punto de kumkum, polvo generalmente de color rojo,
que llevaba marcado en el entrecejo. Entre sus recuerdos, cuenta que en
todo momento urgía a Eswarama para que le relatara algunos de los
milagros de Swami cuando era niño. La mayoría de las veces Eswarama
eludía sus preguntas, diciendo que no había observado ninguno o que no
los recordaba. Sin embargo, un día reveló una experiencia profundamente
conmovedora que había mantenido en secreto por más de treinta años,
debido a que se le había dicho que no hablara al respecto.
Swami
tenía nueve meses entonces -dijo Eswarama-,
puedo recordar claramente el incidente y lo tengo fresco en la memoria.
Yo recién lo había bañado y vestido, y le puse un colirio refrescante en
los ojos, luego le puse algo de vibhuti del templo de Shiva y un poco de
kumkum del templo de Sathya Ma en el entrecejo. Lo acosté en la cuna y
la impulsé para que se balanceara mientras me dirigía al fogón porque la
leche había comenzado a hervir. De pronto lo oí llorar. Esto me
sorprendió muchísimo, porque desde que naciera, no había llorado nunca
por ninguna razón, ni de hambre, ni por sentirse incómodo, ni por algún
dolor. Lo saqué de la cuna y lo puse en mi falda. Dejó de llorar.
Entonces vi que lo rodeaba un halo de luz brillante, un círculo de luz
que irradiaba de él. Pero esa luz no me lastimaba, era tan fresca, pese
a su brillo y a su proximidad. Me quedé sentada allí, quieta, sumida en
un maravilloso encanto.
La luz
se mantuvo allí por largo tiempo, antes de ir desapareciendo poco a
poco. Cerré los ojos y probablemente perdí la conciencia de todo lo que
me rodeaba, hasta que llegó mi suegra y me hizo volver a la realidad. El
niño estaba dormido, aparentemente. Ella me preguntó qué había sucedido
y le conté lo del halo de luz que aún entonces podía ver claramente
delineado. Mi suegra se llevó un dedo a los labios y me dijo: No le
hables a nadie de esto, ya que no lo entenderán. Lo único que harían
sería difundir toda clase de historias.
El Niño Divino
Bhagavan Sri Sathya Sai Baba nació el 23 de Noviembre de 1926 en
Puttaparti, en una pequeña aldea del sur de la India. Desde pequeño
mostró extraordinarias cualidades y aptitudes que claramente lo
distinguían de los demás niños. Su compasión, benevolencia, sabiduría y
generosidad hacia todos los seres vivientes produjeron en todos los que
lo seguían, aún desde su juventud profundos cambios de carácter y
conducta.
Luego de anunciar al mundo su realidad diciendo
soy Sai Baba, los jueves se convirtieron en grandes acontecimientos en
Uravakonda. Sathya asombró a todos cuando comenzó a materializar
retratos de Sai Baba de Shirdi, retazos de la tela de gerua que llevaba
este primer Sai, dátiles, que eran las ofrendas que se acostumbraban
hacer en Shirdi, así como flores, frutas, trozos de azúcar blanca y
ceniza (udi), sacados también de la nada y no de la hoguera, como lo
hacía Baba de Shirdi.
Un buen
día, los maestros de la escuela superior llegaron en grupo, decididos a
probarlo con una serie de preguntas respecto del Vedanta, la disciplina
espiritual, etcétera, que habían seleccionado y preparado con este
propósito. Se las plantearon directamente, lanzándoselas desde todos los
ángulos, sin orden ni concierto. Cuando terminaron, El les entregó las
respuestas en el mismo orden en que le habían sido planteadas las
preguntas, dirigiéndose en cada caso al profesor que la había hecho y
pidiéndole que pusiera atención a la respuesta que le daría. Aparte de
lo correcto y adecuado de las contestaciones que fue dando, su precisión
al recordar a cada uno de sus interrogadores con sus respectivas
preguntas, ya constituía una proeza intelectual.
Fue
entonces que se recibió una invitación de algunos prohombres de Hospet,
la cual le dio una idea a Seshama Raju. El asistente del inspector de
escuelas, el oficial de salud, el ingeniero y algunos consejeros
municipales y comerciantes deseaban que Sathyanarayana fuera a verlos.
Hospet queda a algunos kilómetros de distancia de las ruinas de Hampi,
la capital del antiguo imperio de Vijayanagara. El hermano pensó en
aprovechar esa oportunidad para un paseo campestre que podía ayudar a
mejorar las condiciones mentales del niño. La fecha era propicia, ya que
coincidiría con el feriado de Dasara (festival que celebra la victoria
del bien sobre el mal).
Acamparon
en medio de las ruinas. Se pasearon por las calles, alguna vez
flanqueadas por tiendas de joyeros y floristas, recorridas por hombres y
mujeres de todas las naciones de Oriente y por viajeros y comerciantes
del Medio Oriente y el Mediterráneo. Visitaron los establos de los
elefantes, el Palacio de las Reinas, el monte Vijayadasami, y luego se
dirigieron al templo de Vittalanataswami. Miraron el cerro de piedra, el
monolítico Narasimha y el gigantesco Ganapati. Finalmente, llegaron
hasta el templo del Señor Virupaksha, el dios patrono de los emperadores
Vijayanagara, quienes habían venerado y protegido la cultura hindú por
casi tres siglos, desde 1336 hasta 1635.
Todos
notaron que, durante la mañana, Sathya caminó entre las ruinas como si
anduviera en un sueño. Un venerable sabio, que estaba sentado frente a
uno de los templos, comentó sobre él: Créanme, este niño es divino.
Cuando el grupo se dirigió al templo de Virupaksha, Sathya se unió a
ellos, pero se mostró más interesado en la altura y majestuosidad del
Gopuram que en participar en el culto en el altar, de modo que se quedó
afuera y nadie insistió en que entrara con los demás. En la ceremonia,
luego de que balanceó la llama de alcanfor frente al altar del lingam
(símbolo oval de la Creación), el sacerdote les indicó a los peregrinos
que podían acercarse para mirar la imagen sagrada, ya que las llamas la
iluminaban. ¡Para gran asombro de todos, vieron a Sathya dentro del
altar! Estaba de pie en el lugar del lingam, inmóvil y sonriente,
aceptando sus reverencias. Todo se estaba volviendo tan extraordinario e
inesperado en torno del niño, que Seshama Raju fue en su busca
para cerciorarse de que no se había escondido en el santuario sin que
nadie se diera cuenta. De modo que salió rápidamente sólo para encontrar
a Sathya afuera, apoyado en un muro y con la mirada perdida en el
horizonte... |
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Ese día
realizaron un ritual especial para Sathya, aunque no era jueves, porque
sentían que se confirmaba el hecho de que era una manifestación divina.
El relato de que Sathya había sido visto como Virupaksha ya había
llegado hasta allá, antes de la llegada del grupo. Al día siguiente, un
jueves, Sathya como Sai Baba, sanó a un tuberculoso crónico con un mero
toque de su mano y lo hizo levantarse y caminar más de un kilómetro.
Para los devotos, materializó una gran variedad de objetos, con lo cual
el entusiasmo de la gente era desbordante. Los cantos devocionales se
prolongaron hasta altas horas de la noche, ya que nadie mostraba ánimos
de terminar.
La Declaración
El 8 de marzo de 1940, siendo aproximadamente las
7 de la tarde, Sathya saltó repentinamente, sujetando entre sus manos el
pie derecho. En todo el pueblo se corrió la noticia de que un inmenso
escorpión negro había picado a Sathya; no obstante ¡no se descubrió
escorpión alguno!
Pero al
día siguiente Sathya cayó en un estado de inconsciencia total que alarmó
a su familia. Luego de que fuera revisado por un médico y cuando
finalmente recobró el conocimiento, comenzó a manifestar una completa
transformación de la personalidad que se evidenció en conductas tales
como no contestar a las preguntas que le hacían, recitar largas estrofas
en sánscrito sobre el más elevado Vedanta, predecir hechos que estaban
por ocurrir y abandonar su cuerpo, mostrándose ausente. Estas
conductas misteriosas angustiaron a sus padres, quienes comenzaron un
penoso peregrinar por médicos, curanderos, hechiceros y hasta un sádico
exorcista, para que lograran volver a Sathya a la normalidad, mas
todo fracasó.
El 23 de
mayo de 1940, Sathya se levantó como de costumbre, pero después de unos
momentos llamó a todos los miembros de la familia, los reunió en torno
suyo y les ofreció caramelos y flores sacados de la nada. Al poco
rato comenzaron a llegar los vecinos, y a cada uno le dio una bola de
arroz cocido en leche, dulces y flores, que materializaba con un mero
movimiento de su mano. Sathya parecía estar de muy buen ánimo, y
entonces alguien fue a llamar a Venkappa Raju para que fuera a ver a su
hijo. Venkappa llegó y se abrió paso entre el gentío que se había
reunido; muchos le indicaron que debía ir a lavar sus pies, manos y
rostro antes de acercarse al Otorgador de Dones. Esto lo enojó. No se
sentía en absoluto impresionado; pensó que se trataba de algún truco,
que Sathya escondía los objetos y los hacía aparecer con un juego de
manos...
Esto fue
lo que me confesó al hablar sobre aquel día. Lo único que deseaba era
concluir ese enojoso asunto antes de que terminara en alguna tragedia.
Con una sonrisa de amargura enfrentó a su hijo y le dijo en voz alta,
para que lo escucharan todos: ¡Esto ya ha ido demasiado lejos y le
vamos a poner fin!. Tomando un palo, avanzó un paso hacia el niño y
amenazó con golpearlo, gritándole al mismo tiempo: ¿Qué es lo que
eres: un dios, un espíritu o un loco? ¡Dímelo!. La respuesta, el
anuncio contenido por tanto tiempo, no se hizo esperar: Yo soy Sai
Baba.
Ante
esto, cualquier argumento se volvió imposible. Venkappa Raju quedó tan
atónito que perdió el habla; el palo cayó de su mano. Se quedó allí,
mirando fijamente a Sathya, tratando de comprender las implicaciones de
este anuncio: Yo soy Sai Baba. Pero Sathya continuó:
Pertenezco al linaje de Apasthamba; soy del clan de Bharadwaja; soy Sai
Baba; he venido para protegerlos de todo problema; mantengan sus casas
limpias y puras. Toda esa tarde repitió varias veces los nombres del
linaje y del clan o grupo religioso. El hermano mayor, Seshama Raju, se
le acercó y le preguntó: ¿Qué quieres decir con Sai Baba?.
Sathya no le contestó, sólo le dijo: Venkavaduta elevó sus plegarias
para que Yo naciera en su familia, y por eso he venido.
¿Quién
era este Venkavaduta? Cuando le pregunté a Seshama sobre él, me informó
que en la familia había una historia acerca de un gran sabio antepasado
que se llamaba Venkavaduta, considerado como Gurú por cientos de
aldeanos en kilómetros a la redonda, y que había terminado sus días en
Huseinpura, en el estado de Mysore. El padre tuvo la idea de que Sai
Baba era un musulmán que hablaba por la boca del niño, de modo que le
preguntó: ¿Qué es lo que tenemos que hacer contigo?. La respuesta
que recibió fue la siguiente: ¡Adórenme! ¿Cuándo? ¡Todos los jueves!
¡Mantengan puras sus mentes y sus casas!.
Los
aldeanos oyeron con temor y extrañeza el nombre de Sai Baba. Cuando
empezaron a indagar al respecto, dieron con un anacoreta que se decía
ardiente devoto de un faquir llamado Sai Baba. Se propuso que Sathya
fuera llevado ante él, pues era reconocido por saber todo lo
concerniente a Sai Baba, y podía ser que descubriera el mal que sufría
Sathya y sugiriera una solución. El anciano condescendió en ver al niño,
pero no se mostró de humor para examinar sus méritos. Dictaminó que se
trataba de un caso claro de desorden mental y aconsejó que se lo
internara en una institución apropiada. Sathya lo interrumpió diciendo:
¡Claro que es un desorden mental!, pero, ¿de quién? ¡No eres sino un
sacerdote familiar y eres incapaz de reconocer al mismo Sai a quien
estás adorando! Y mientras decía esto comenzó a sacar puñados de
vibhuti (ceniza sagrada) de la nada y a esparcirlos en todas
direcciones, en la habitación en que se encontraban.
Un jueves
después, alguien desafió a Sathyanarayana y le dijo en el mismo modo en
que los campesinos se dirigían al sacerdote del templo del pueblo cuando
bailaba en éxtasis al estar, aparentemente, poseído: Si eres Sai
Baba, danos alguna prueba ahora. Baba le respondió: Sí, lo haré,
y todos se acercaron más. El ordenó: Pongan en mis manos esas flores
de jazmín. Así se hizo. Con un rápido ademán, las lanzó al suelo y
dijo: Miren. ¡Todos vieron que al caer, las flores habían formado
unas letras en idioma telegu que decían: Sai Baba!
Inicio de la Misión
A los
14 años, el 20 de Octubre de 1940, les comunicó a sus familiares y
seguidores que desde ese momento sería conocido como Sai Baba y que su
misión era promover la regeneración espiritual de la humanidad,
demostrando y enseñando los elevados principios, como verdad, rectitud,
paz, no violencia y amor divino.
Sathya
partió hacia la escuela como era habitual. Sri Anjaneyulu, el inspector
de impuestos del lugar, que quería mucho al pequeño Baba, lo acompaño
hasta la puerta de la escuela y siguió su camino con cierto pesar. Le
había parecido ver un maravilloso halo en torno del rostro de Sathya ese
día y no podía apartar la mirada de aquel resplandor. A los pocos
minutos, Baba volvió a su casa. Parado en la puerta de entrada, dejó
caer los libros que traía y, levantando la voz, dijo: Ya no soy más
Sathya, ¡soy Sai!. Su cuñada salió de la cocina al escucharlo y
quedó cegada por el resplandor del halo que vio en torno de la cabeza de
Baba. Se cubrió los ojos y empezó a gritar. Baba se dirigió a ella y le
dijo: Me voy. No les pertenezco; Maya (la ilusión) se ha ido. Mis
devotos me llaman. Tengo que realizar mi labor. No puedo quedarme más.
Y diciendo esto, giró sobre sus talones y se marchó, pese a las súplicas
de ella.
Al saber
lo sucedido, el hermano volvió de prisa a la casa. Lo encontró y éste le
dijo: Renuncia a tus empeños por curarme. Yo soy Sai, no me considero
emparentado contigo. Sri Narayana Shastri, uno de los vecinos,
escuchó el alboroto y al oír lo que se decía, se dio cuenta de que era
algo serio; de modo que entró corriendo, vio el resplandor del halo que
rodeaba a Baba y cayó a sus pies. Fue uno de los que escuchó la
histórica declaración: La ilusión ha desaparecido. Me voy. Mi labor
me espera.
Seshama
Raju quedó estupefacto, no sabía qué hacer para enfrentar esa nueva
situación. Un muchachito de apenas catorce años, que hablaba de devotos,
de trabajo, de ilusión y de la filosofía del pertenecer... Sólo pudo
pensar en una cosa: Sathya le había sido confiado por sus padres y, por
lo tanto, era su deber informarles; Sathya podría abandonar la casa
únicamente después de que ellos vinieran a Uravakonda. Pero Sathya no
quiso volver a entrar en la casa, sino que se fue al jardín del
inspector de impuestos y se sentó sobre una roca en medio de los
árboles. De todas partes comenzó a llegar gente que llevaba flores y
frutas; toda el área resonaba con las voces de cientos de seres que
cantaban a coro las líneas que Sathya Sai les enseñaba. La primera
oración que les enseñó aquel día, como muchos recuerdan aún, fue El
llamado: Manasa Bhajare Gurucharanam Dusthara Bhava Sagara
Tharanam. Medita en tu mente a los pies del Gurú,
por que ellos te pueden llevar a través del tormentoso mar del mundo
físico.
Sus
compañeros de clase lloraron amargamente cuando supieron que Sathya ya
no seguiría asistiendo al colegio, que estaría fuera de alcance y que de
ahí en adelante, su compañía sería únicamente para aquellos sobre los
que derramara Su Gracia. Muchos de ellos llegaron hasta el jardín con
incienso y alcanfor para adorarlo. Algunos venían a expresar su
comprensión condolida a la familia y otros a felicitarlos. Algunos
venían a aprender, y otros, obviamente, a burlarse. Así pasaron tres
días en aquel jardín: tres días de cantos devocionales y de ceremonias.
Vino un
fotógrafo con su cámara. Mentalmente pidió a Baba que quitara una roca
que había enfrente de él, pero Baba no respondió a su plegaria. De todos
modos, apretó el disparador y, ¡he aquí que la roca se había
transformado en una imagen de Sai Baba de Shirdi! Pero solo en la
fotografía, no para todos los que estaban reunidos allí. |
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Una
tarde, durante el transcurso de los cantos devocionales, Baba dijo
repentinamente: ¡Oh, Maya (la ilusión) ha venido!, he indicó
hacia Eswarama, su madre, que había llegado en esos momentos, en un
apresurado viaje desde Puttaparthi.
Cuando
sus padres se acercaron a El para rogarle que volviera a casa, contestó:
¿Quién le pertenece a quien? La madre lloraba y rogaba, pero no
pudo cambiar la resolución del niño. El no hacia sino repetirle:
¡Todo es ilusión! Por último, le pidió que le sirviera comida.
Cuando le sirvió algunos platos, El mezcló todo y luego procedió a
amasarlo para formar algunos bollos. Su madre le dio tres de ellos y
luego de ingerirlos, El dijo: Sí, ahora Maya se ha ido. Ya no hay
necesidad de preocuparse, y retornó al jardín. Pocos días después,
Baba abandonó Uravakonda. Sus padres lograron persuadirlo para que
volviera a Puttaparthi, asegurándole que no lo importunarían más ni
intervendrían en su actividad de reunirse con devotos.
Sri
Anjaneyulu adoró sus pies. Sri Subama y Ramaraju de Kamalapur
supervisaron todos los arreglos. Los aldeanos organizaron una procesión
con música hasta los límites del pueblo y en muchos lugares se le
ofreció el Arathi durante el recorrido. En Puttaparthi, Subama fue la
primera persona en darle la bienvenida en su casa. Baba se quedó por
algún tiempo en la casa de Pedda Venkappa Raju y más tarde se mudó a la
residencia de Subaraju, el hermano de Eswarama. Sin embargo, muy pronto
se cambió a la casa de Subama, quien lo atendía con amor y afecto, y
recibía a todos los devotos en su espaciosa casa; no escatimaba ningún
esfuerzo para hacer que su estadía fuese feliz y fructífera.
El 23 de Noviembre de
1950 se inauguró el ashram que sus seguidores construyeron cerca de su
pueblo natal.
Es conocido como
Prashanti Nilayam (La Morada de la Paz Suprema) y con el paso de los
años se ha convertido en el sitio de reunión de millones de personas
procedentes de todo el mundo, que buscan la elevación espiritual. Sathya
Sai Baba habitualmente se mezcla con sus devotos, orientándolos,
consolándolos y animándolos en sus vidas, problemas y aspiraciones. Sus
poderes sin límites trascienden la experiencia mundana y científica, así
que Sathya Sai Baba está más allá de la comprensión humana.
En la
tradición antigua de la India, hay una palabra para describirlo:
Avatar, que significa una manifestación directa de la Gracia Divina.
La misión de Sai Baba no incluye la creación de una nueva religión,
secta o culto; pretende estimular y motivar al individuo en la búsqueda
de la autorrealización. Las personas que tienen su propia fe deben
profundizar en ellas sin que se le perturbe. Su inspiración y guía han
logrado la formación de miles de Centros Sai en todo el mundo, ha
fundado colegios, escuelas técnicas, centros de educación en valores
humanos, universidades y hospitales. El carácter universal de su misión
está representado en el emblema que simbólicamente engloba los valores
humanos.
Los
miembros de los Centros Sai se hallan unidos trabajando en la
transformación que debe realizarse en el nivel humano y por medios
humanos. Con este fin Sai Baba ha trazado un programa de gran alcance;
servicio desinteresado al prójimo, círculos de estudios, meditación,
educación en valores humanos, etc. Sus miembros provienen de todas las
clases sociales y de diversos credos y culturas.
La Misión*
La misión de Sathya Sai Baba comienza con nada
menos que la reforma del carácter del Hombre. Es muy parecida a la
misión de Jesús, salvo que el peligro del cual habrá de ser rescatado
ahora el Hombre es mucho más grave y que la extensión del mal sobre la
Tierra es mucho mayor.
Dice
Baba: La pereza innata que les domina impide que realicen el
ejercicio espiritual necesario para entender a Dios. Esta pereza debería
desaparecer. Habrá de ser expulsada de la naturaleza del hombre,
cualquiera que sea la forma en que se presente. Esta es Mi misión. Mi
tarea no es meramente la de curar, consolar y eliminar la desdicha
individual. Es algo muchísimo más importante. La eliminación de la
desdicha y la angustia no es sino incidental en ella.
Mi tarea principal es el
restablecimiento de las Sagradas Escrituras y el revelarle a todas las
gentes su conocimiento. Esta tarea tendrá éxito. No se verá limitada. No
se verá frenada. Cuando el Señor decide y quiere, Su Divina Voluntad no
puede ser obstaculizada.
La misión
de Sathya Sai Baba es la de salvar a todo el género humano,
restableciendo el Amor, la Verdad, la Paz y la Rectitud. La declaración
de su misión parece ser el eco de la expresada en el Bhagavad Gita, la
magna Escritura Sagrada de la India: Para la protección de los
virtuosos, para la destrucción de los malvados y para establecer sobre
una base firme la Rectitud, Yo encarno de era en era.
Ampliando
estos conceptos, Baba dice: Cada vez que el Ashanti (discordia,
inquietud) domina el mundo, el Señor encarnará en forma humana a fin de
establecer los medios para alcanzar el Prashanti (paz suprema) y
reeducar a la comunidad humana en las formas de la paz. En el momento
actual, el conflicto y la discordia han despojado de paz y unidad a la
familia, la escuela, la comunidad, la sociedad, las aldeas y al Estado.
La llegada del Señor ha sido suplicada y ansiosamente aguardada por
sabios y santos. Todos ellos han rogado y Yo he venido. Mis tareas
principales son las de promover las Escrituras y el acrecentamiento de
los devotos. Las virtudes de ustedes, su autocontrol, su fe y su
constancia: estos son los signos por los cuales la gente puede leer Mi
Gloria.
Pueden
declarar ser Mis devotos sólo cuando se hayan puesto plena y
completamente en Mis manos, sin traza alguna de ego. Pueden gozar de la
dicha a través de la experiencia que confiere el Avatar. El Avatar se
comporta de manera humana como para que el género humano pueda sentir
afinidad con El, mas se eleva hasta alturas suprahumanas para que el
género humano pueda aspirar a alcanzarlas y, a través de esa aspiración,
realmente sea capaz de llegar hasta El.
El
realizar al Señor dentro de ustedes como el motivador es la tarea para
la cual El viene en forma humana. Avatares como Rama y Krishna tuvieron
que matar a uno o más individuos que podían ser identificados como
enemigos de la forma de vida dhármica (recta) para restablecer la
práctica de la virtud. Ahora, sin embargo, no existe nadie completamente
bueno. Entonces ¿quién merece la protección de Dios? Todos están
manchados por la maldad, de modo que ¿quién sobreviviría si el Avatar
decidiera desarraigar la maldad?
Uno de
los más hermosos resúmenes de la misión de Sathya Sai Baba lo expresa El
mismo en las siguientes palabras: He venido para encender la lámpara
del amor en sus corazones, velar para que brille cada día con mayor
luminosidad. No he venido para hablar en favor de una enseñanza en
especial, como la hindú, por ejemplo. No he venido para ninguna misión
de publicidad a favor de secta, credo o causa alguna; ni tampoco con el
fin de conseguir seguidores para ninguna doctrina. No tengo planes para
atraer discípulos o devotos a mi rebaño o a cualquier otro. He venido
para hablarles de esta fe unitaria, este principio Atmico, esta senda
del amor, este deber, esta obligación de amar.
En otros
discursos, señala que el establecimiento de valores espirituales no
marcaría sino el comienzo de Su misión. La raza humana ha alcanzado una
etapa en su evolución en la cual muchas más personas están prontas para
realizar su Divinidad y retornar a Dios en forma espiritual, del mismo
modo en que lo hizo Jesús. Dice Juan, en 1:9-13: Aquella luz
verdadera que ilumina a todo hombre venía a este mundo... Mas a todos
los que la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad
para llegar a ser hijos de Dios, no nacidos de sangre, ni de voluntad de
la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios.
Algunos
estudiosos de la espiritualidad han señalado que después de la época de
Jesús se produjo un incremento en el nivel de conciencia de la raza
humana, junto a una mayor inteligencia y comprensión de las leyes de la
naturaleza. Podemos esperar un desarrollo aun mayor en la conciencia
humana, como resultado del Advenimiento de Sathya Sai Baba.
Nuestro
destino es el de desarrollar la conciencia de Dios, completando así el
ciclo evolutivo. Representa nada menos que un masivo salto en la
evolución de la raza humana y es lo que ha venido a facilitar Sathya Sai
Baba, consiguiendo nuestra ayuda para lograrlo. Estamos llamados a
participar nada menos que en un magno avance en la evolución del Género
Humano. ¡Esta es, en verdad, una idea grandiosa! |
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